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¡Sonríe, Panamá!
Hace algunas semanas Panamá experimentó una situación de esas típicas en los países tercermundistas. A “alguien” se le ocurrió que había que vacunarse contra la fiebre amarilla o no se podría viajar a ningún lado. Como era de esperarse, cundió el pánico y miles de personas corrieron despavoridas al único lugar que en ese momento habilitaron para recibir la vacuna..., la Dirección Metropolitana de Salud en Cárdenas.
Lo sucedido es historia. Filas interminables de miles de personas que esperaron pacientemente hasta seis horas para conseguir la vacuna. Al cabo de unas semanas a “alguien” se le ocurrió que ya no era necesaria la famosa vacuna. Decidí que era mejor tenerla, que no. Y fue así como llegué el lunes por la mañana, a las 7:00 en punto, pese a que me habían advertido que ya no sufriría el suplicio de las largas filas. He aquí un relato breve de lo que me encontré. La caja para pagar abrió con 20 minutos de retraso. Luego de pagar $5.00 me indicaron que tendría que pasar a otra oficina para recibir la vacuna. Al llegar noté que no había nadie atendiendo al público, por lo que nos sentamos pacientemente, no más de 20 personas, desde las 8:00 a.m. El servicio de vacunación debía iniciar a las 7:30 a.m. Pasó media hora y el grupo comenzó a inquietarse. Funcionarios entraban y salían, de un lado para otro. “Buenos días”, dijeron casi todos. Se escuchaban voces y risas en las oficinas de al lado. Un par de enfermeras se presentaron al lugar con esas neveritas refrigeradas, como las que se utilizan para llevar medicamentos o vacunas. Pensamos que la anhelada vacuna estaba próxima a llegar. Pero no fue así. Una de las enfermeras salió y se fue a la oficina de donde provenían las risas. Pasaba el tiempo y no pude aguantar. Entré a la oficina y la enfermera estaba tranquilamente desayunando al lado del escritorio de quien aparentaba ser algún funcionario con cierta autoridad. Le pregunté cortésmente a qué hora pensaban iniciar con el servicio, pues tenían una hora de atraso. Respuesta. “Falta el libro donde se deben anotar los nombres de las personas que reciben la vacuna”. El famoso libro está bajo la custodia de la enfermera jefe, según el funcionario que, al menos, ante mis quejas, tuvo la cortesía de salir de la oficina-comedor para explicar que debido a las inundaciones la enfermera responsable de la custodia del “libro” probablemente estaría muy cansada por la faena del día anterior. Finalmente llegó “el libro”. Para nuestra sorpresa no vino de la mano de la enfermera jefe. Lo trajo una funcionaria en chancletas. Se sentó con un joven funcionario que lucía un arete y siendo casi las 8:45 a.m dijo, sin dar ninguna excusa por la tardanza, que teníamos que tener la cédula en mano. Después dijo que el papel azul sería para ella y nosotros nos quedaríamos con el blanco. Nada más. Un trato parco y poco servicial. Esta experiencia me lleva a una reflexión. Perdí dos horas de tiempo valioso para recibir un servicio mediocre, lento y plagado de trámites burocráticos, firmas, sellos y muchos funcionarios de esos que saben que igual reciben su cheque a fin de mes, sin importar la calidad del servicio que prestan. Y así es Panamá. En todas las oficinas públicas nos encontramos con la misma situación. Para todo hay que esperar, la burocracia es monumental, la atención es mediocre y, en algunas oficinas, el trato muy grosero. Pareciera que el sistema ha colapsado. Te encuentras con gente frustada en largas filas para recibir un mal servicio o, lo que es peor, para no recibirlo del todo. Porque eso también pasa con frecuencia. “No está el jefe”, “el que firma”, “no hay más cupos ni citas”... hasta el otro mes. Y el pueblo panameño aguantando. ¿Hasta cuándo? Felicito a Lucy Molinar y a Edwin Cabrera. Somos congos..., pero no para toda la vida. Publicidad
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