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Utopía del libre mercado
La nefasta espiral que se cierne sobre los mercados financieros a nivel mundial, afortunadamente, fue un acontecimiento inteligible en el comportamiento negativo del sector hipotecario, el vertiginoso aumento de la inflación y la marcada deflación del dólar, lo que atenuó los efectos negativos de un fenómeno gestado en la toma de decisiones imprecisas, subjetivas y a destiempo que procurando resolver la problemática de un sector en particular, sumieron en el caos e inestabilidad los principales actores económicos de todo un país.
Hoy, ya son palpables las primeras señales de desgastes sobre las diferentes economías en múltiples latitudes, lo que parece indicar que tanto del control que se pueda ejercer sobre la especulación, como del grado de confianza reinante en el sistema financiero y la aplicación de medidas efectivas y oportunas para el rescate y fortalecimiento de las instituciones directamente impactadas por el percance; no sólo va a depender la pronta salida a la crisis, sino también la mitigación de las secuelas que este fenómeno de orden global pueda abonar en los ciclos económicos de las regiones mayormente vinculadas a las turbulentas plazas y es precisamente allí donde entra Panamá. La vorágine de acontecimientos que envuelve a nuestro principal socio comercial pareciera no dar razones suficientes a quienes falazmente defienden la tesis de que los impactos de la crisis serán de carácter imperceptible sobre nuestra creciente economía y el sólido, y trato de asumir que independiente o autónomo, centro bancario nacional. Quizás no ha llegado el momento de asumir medidas intervencionistas sobre el mercado financiero local y tal vez las mismas no sean necesarias; sin embargo es mandatario un seguimiento minucioso del desempeño del mismo, a fin de establecer controles y alertas que propugnen la puesta en marcha de acciones tendientes a procurar la confianza y seguridad de los depositarios e inversionistas del sistema, incentivando desde el gobierno hasta en el ciudadano común la reducción del gasto y la promoción del ahorro. Esta es la lección primordial que debemos aprender de nuestros vecinos, pues irónicamente siendo ellos los principales defensores de la no intervención, son los que hoy de forma “pasiva” como particularmente la catalogan, terminaron nuevamente abogando por la aparición del conveniente brazo del Estado para que interpusiera sus buenos oficios en pos de mantener la calma y estabilidad de sus míseros intereses, demostrando una vez más al mundo la utópica realidad de un libre mercado que se muestra inconmovible ante el crecimiento geométrico de la pobreza mundial; pero que sale al paso en defensa del menoscabo de la riqueza y los intereses de aquellos que más tienen. Vale la pena dejar sentado que la adopción de medidas regulatorias en nuestro país, como las recientemente ensayadas sobre el mercado de hidrocarburos, también deben extenderse sobre el sector alimentario y eléctrico por mencionar algunos de los más agobiados, sin que esto sea interpretado provechosamente como una violación a la seguridad jurídica; más bien es una respuesta social, responsable, certera y oportuna a las imperfecciones y desequilibrios de cualquier sistema o mercado donde amenace una crisis como la que se ha dado en esta ocasión. Publicidad
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