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Convirtiendo Gaza en Somalia
Israel ha perdido su tejido moral, y se ha presentado al mundo como un país abusador, violento y arrogante
ANGEL R. MARTINEZ
amartinez@laestrella.com.pa Varias cosas me perturban acerca de la situación en la Franja de Gaza. La primera tiene que ver con el hecho de que, desde hace mucho tiempo, Gaza es una prisión. Desde que Hamás controla la Franja, Israel ha impuesto un férreo bloqueo que ha sido calificado por Richard Falk, enviado de la ONU, como “castigo colectivo” contra la población de Gaza. El que Israel bombardee una prisión es escalofriante porque nadie puede salir de ella. Niños, mujeres, ancianos, adolescentes.. el millón y medio de palestinos que se hacinan en la Franja están completamente expuestos a las bombas y tanques israelíes, y convierten la situación en Gaza en una catástrofe humanitaria de magnitudes mastodónticas.
Otro macabro aspecto de esta operación es la retórica israelí. El Ejército hebreo ha matado a unos 700 palestinos, de los cuales el embajador de Israel en Panamá, Menashe Bar-On, me aseguró que “90% son terroristas de Hamás”. Más allá de su flagrante inexactitud, esta afirmación lleva en sí la mentira más peligrosa de todas: que el palestino que pertenece a Hamás es un terrorista y, por ende, merece ser asesinado. Después de todo, parece que hemos olvidado que Hamás lleva más de un año gobernando en la Franja y poseía una infraestructura que abarcaba todos los aspectos de la vida cotidiana, como cualquier Gobierno del mundo. De hecho, Australia y el R. Unido consideran solamente a su brazo armado, las brigadas al-Qassam, como una organización terrorista. Sin embargo, Israel quiere vender la idea de que los funcionarios y policías de Gaza son todos terroristas, en un intento de maquillar las cifras del bombardeo indiscriminado sobre un millón y medio de seres humanos. Pero lo que pone los pelos de punta es algo que va más allá de cualquier intento israelí de “defender” su obsesivo “derecho a existir”. Recientemente el diario Haaretz reportó que la operación “Plomo Fundido” llevaba seis meses cocinándose, y que la tregua con Hamás había sido solamente un pretexto para ganar tiempo y reunir inteligencia. Durante esos seis meses Israel endureció su bloqueo de manera brutal, negando la entrada de alimentos, combustible, medicamentos y hasta de periodistas. Bombardear un lugar en donde premeditadamente se ha impedido la entrada de, por ejemplo, medicamentos para atender a los heridos, excede cualquier estándar humanitario y viola todas las leyes internacionales. Es simple y sencillamente una masacre. Pero todas estas cosas son sólo muestras del bárbaro abismo moral al que ha descendido Israel, y con él todos los que apoyan o justifican lo que está sucediendo en la Franja de Gaza, un lugar en el que las familias comen hierba, en el que los niños no quieren vivir, en el que no hay mañana, en el que no hay derechos ni dignidad. Un lugar en donde vive un millón y medio de “subhumanos”, que llevan años, muchos años antes de que Hamás existiera, siendo humillados a diario por Israel, ante el cómplice y pútrido silencio de todos nosotros. Ni un millón de cohetes artesanales al día pueden justificar la destrucción de un pueblo. Ni aunque todos los niños de Sderot quedaran tartamudos y sufriendo de estrés agudo se justifica el asedio al guetto más grande del planeta, un lugar en el que el 80% de la población habitó o es descendiente de los habitantes de lo que ahora es Israel, gente cuyas raíces están en lugares como al-Majdal, ahora “Ashkelon”, o cualquiera de los más de 400 pueblos árabes que fueron borrados del mapa. Gente que fue echada de esa tierra y encerrada en la prisión de Gaza. Hamás es solo el enemigo de turno, como en su momento lo fue el Fatah de Arafat. Es la excusa necesaria para que Israel pueda seguir justificando su violencia y que lo mantiene alejado del espejo en donde le aguarda el monstruo en el que se ha convertido. Un monstruo que habla el lenguaje de las bombas y de la humillación. Un país en donde el sufrimiento palestino se utiliza como propaganda electoral. No sé cuál será el resultado de esta catástrofe, pero una cosa tengo clara: Israel ha perdido su tejido moral, y se ha presentado al mundo como un país abusador, violento y arrogante. Y, por encima de todo, ha demostrado que lo único que lo diferencia de Hamás, Hizbollah o quien sea que escoja atacar es que usa “juguetes” más caros y goza de una escandalosa impunidad, otorgada por un mundo que mira indiferente mientras los israelíes, en palabras del corresponsal Juan Miguel Muñoz, convierten Gaza en Somalia. Publicidad
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