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Panamá, 17 de enero de 2009
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LAS TINIEBLAS Y LA LUZ
Guerra por la noche y las estrellas


YA NO EXISTE LA NOCHE. Las luces de las ciudades la han iluminado

SEMANA

BOGOTÁ. En la época de Galileo Galilei, la gente que miraba al cielo durante la noche se encontraba con más de 4. 000 estrellas y a simple ojo podía ver el arco que la Vía Láctea formaba en el cielo.

Se cree que las noches eran tan estrelladas que la luz de la galaxia, así no hubiera Luna, era suficiente para proyectar sombras en la Tierra.

Hoy, 400 años después, las cosas han cambiado. La polución ha vuelto la atmósfera densa y reflectante, y la contaminación lumínica por el crecimiento de las ciudades ha dejado a buena parte del mundo sin estrellas.

Eso ha llevado a que se produzcan iniciativas para recuperar los cielos oscuros, que en este, el Año Internacional de la Astronomía, cobrarán especial importancia. Un atlas satelital nocturno que muestra las luces artificiales alrededor del globo, y que fue publicado en 2001, deja ver cómo en Estados Unidos, toda Europa, India y Japón los cielos oscuros prácticamente desaparecieron.

Según los científicos italianos que realizaron la investigación, la cantidad de luz artificial se ha triplicado desde 1979 y dos de tres personas en el planeta simplemente no pueden ver las estrellas.

Colombia no es la excepción. Según Raúl Joya, director del Observatorio Astronómico de la Universidad Sergio Arboleda, en las ciudades principales e intermedias el alumbrado no permite la observación casual del cielo.

Además, “el resplandor de una ciudad como Bogotá es apreciable desde sitios alejados como Girardot o Villavicencio”

El astrónomo Alberto Quijano Vodniza, director del Observatorio Astronómico de la Universidad de Nariño, explica que “la luz de una ciudad queda impresa en las fotografías de cuerpos lejanos, le quita contraste a la figura e imposibilita detectar cuerpos débiles”

Cada vez se requiere ir a lugares más remotos para ver cielos oscuros como hace cuatro siglos, porque además se necesitan condiciones climáticas favorables. Richard Wainscoat, astrónomo de la Universidad de Hawái y presidente de una comisión de la Unión Astronómica Internacional para proteger los sitios de observación, le dijo a SEMANA que “los mejores observatorios están en Chile, Hawái, Arizona y las Islas Canarias.

También hay buenos sitios en Suramérica, África, Australia y las zonas menos habitadas de Asia y Canadá”.

Pero la contaminación por luces mal planeadas no sólo preocupa a los astrónomos. Muchas especies animales están siendo afectadas, pues como ocurre siempre que se mueve una sola pieza del rompecabezas biológico, ecosistemas enteros quedan en peligro. Por ejemplo, en el estado de Florida, Estados Unidos, miles de tortugas marinas recién nacidas en las costas se confunden y mueren sin haber alcanzado el mar.

“El problema es que instintivamente se mueven hacia la parte más brillante del horizonte que por millones de años no habían sido los centros comerciales ni las casa de playa, sino el cielo nocturno sobre el mar abierto”, escribió David Owen en un artículo de The New Yorker.

También se han visto consecuencias en insectos que abandonan sus hábitats atraídos por la luz, así como en aves migratorias que son cegadas, se desvían de sus rutas originales y mueren estrelladas contra edificios altos, o de cansancio, después de volar en círculos por horas.

JORNADA ARTIFICIAL

Según un reciente artículo sobre el tema publicado en National Geographic, “los días artificialmente largos –y las noches artificialmente cortas– provocan reproducción temprana en una amplia variedad de aves.

Y dado que los días más largos causan periodos de alimentación más extensos, también pueden trastornar los patrones de migración”. Ejemplo de esto es una población de cisnes que hibernaba en Inglaterra y adelantó su migración a Siberia después de acumular grasa más rápido de lo habitual.

Aunque aún están por estudiarse a profundidad los efectos de las luces artificiales sobre los humanos, se cree que alterar los ciclos del día y la noche (el llamado ritmo circadiano) puede producir trastornos del sueño, desórdenes psiquiátricos y neurológicos, y problemas fisiológicos. ©PUBLICACIONES SEMANA

 
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