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Panamá, 20 de enero de 2009
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El comienzo de una nueva era


EEUU cierra un círculo. De haber nacido dos siglos atrás, Obama habría trabajado como esclavo en la Casa Blanca. Hoy, entra en ella por la puerta grande

ÁNGEL RICARDO MARTÍNEZ
amartinez@laestrella.com.pa

PANAMÁ. En septiembre de 1774, Abigail Adams escribía a su marido John que “siempre me pareció la intriga más inocua luchar por lo que le robamos a diario a aquellos que tienen tanto derecho a la libertad como nosotros”. Veintirés años después, John Adams se convertiría en el segundo presidente de los Estados Unidos, y en noviembre de 1800 ambos serían los primeros inquilinos de la Casa Blanca, que simbolizaba la contradicción que la primera dama había observado. Al llegar, Adams y su mujer se encontrarían con decenas de esclavos trabajando a marchas forzadas para construir el Palacio Presidencial de la nación que se hacía llamar a si misma “la tierra de la libertad”.

Hoy, Abigail Adams estaría feliz. Con Barack Obama, Estados Unidos cierra un círculo, sana heridas, ilusiona al mundo. Y a pesar de que muchos apuntan –con razón— que Barack no es descendiente de los esclavos que construyeron la Casa Blanca, sí lo es su mujer, Michelle, y por ende, los son sus hijas, Sasha y Malia.

Cuesta recordar una situación más desesperada, un mundo más desahuciado, más caótico, más desconfiado, más disgregado que el de hoy. Y cuesta, a la vez, recordar un momento más ilusionante, más esperanzador, un momento que hiciera sentir tantas mariposas en el estómago. Porque Obama parece haber venido a borrar de un solo plumazo todas las decepciones de la era Bush. Hasta Israel y Hamás bajan las armas en Gaza para no arruinar la magia de este momento. En Latinoamérica, los Castros, Chávez, Correas, Morales y Lugos contienen la respiración, y esperan que, de una vez por todas, la América del Cóndor y del Águila empiecen a volar juntas. Es el efecto Obama, el que hace que todos, desde Ahmadinejad a Putin, de Mugabe a Meshal, tengan esperanzas en un mundo mejor, independientemente de lo que cada uno entienda por eso. Hoy, Estados Unidos tiene licencia para olvidarse de Irak, de Afganistán, de Abu Ghraib y Guantánamo. Hoy, se puede ignorar el Patriot Act, la crisis financiera y el desastre de Katrina. Pero sólo hoy, pues el daño de estos hechos tardará en ser reparado.

Ya habrá tiempo para analizar su Gabinete, ya habrá tiempo para recordar que no ha hecho o dicho nada que lo identifique como el pacifista que todos creen que es. Habrá tiempo de sobra para recordar que mandó a quitar a dos mujeres musulmanas de detrás suyo durante un discurso; para criticar que hablara de una Jerusalén 'eterna e indivisible' a los encargados del “lobby” israelí; para reprocharle su silencio durante la crisis en Gaza. Pero hoy es momento de celebrar. Hoy es momento de unirse a su fiesta, de abrazarse, de recordar a Martin Luther King, a Rosa Parks, a Abe Lincoln y John Kennedy. Es momento de recordar que es mejor encender una vela que maldecir en la oscuridad. En fin, hoy, es momento de soñar en que el 'wonderboy' de Illinois, Kansas, Hawaii, Jakarta y Kenia inaugurará una era de paz, prosperidad y entendimiento global.

Decía Martin Luther King que el hombre moderno sufría de una “pobreza de espíritu” que, a pesar de haberle permitido volar como los pájaros y nadar como los peces, le impedía aprender a caminar por el mundo con los demás, como hermanos y hermanas. Hoy, al ver a Obama asumir la presidencia, estamos un poquito más cerca de superar esa pobreza. Martin Luther King debe sonreír en algún lugar.

 
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