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Panamá, 5 de marzo de 2009
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Cuando la muerte llama...


RAÚL E. RODRÍGUEZ A.

En esta entrega abordamos el tema de la muerte, tanto desde el punto de vista de la desaparición física, como también desde el cómo y las circunstancias en que se da el fenómeno. Nos ha motivado la reflexión el accidente de tránsito en que perdió la vida el colega, amigo y copartidario Tomás Gabriel Altamirano—Duque Mantovani, hecho sucedido el pasado sábado 28 de febrero.

Implacablemente algunos sectores de la sociedad cuestionan, critican y vierten epítetos y opiniones, generalmente negativas, hacia quienes ejercemos como diputados y diputadas de la República. Aquellos que indican que solamente estamos para hacer leyes están equivocados, porque aquel que no atienda a sus electores, a su pueblo, se le catalogará de ingrato y se le negará el voto.

El diputado o diputada es el servidor o servidora pública que no tiene minutos, horas, días, meses o años libres. No hay vacaciones o cualquier otro tipo de asueto, porque nos debemos a los electores a cada momento de la vida, no importa si estamos con la familia o amistades. En el caso de quienes representamos a los circuitos electorales distantes de las zonas urbanas, la interactuación con los electores requiere del traslado hacia áreas rurales, algunas de acceso muy difícil, con los consabidos riesgos, ya sea que nos desplacemos en automóvil o por otros medios.

Producto de esa entrega que tenemos los diputados y diputadas en pro de la labor comunitaria, siempre en la búsqueda de la mejor calidad de vida para nuestros conciudadanos, se dan los sucesos lamentables, como lo ha sido la muerte prematura del colega Altamirano—Duque Mantovani, quien había asistido a una reunión de trabajo con un grupo de sus electores y luego se dirigía a otra cita con gente del circuito 8—4.

Hay quienes aún mantienen en la mente la versión de los, dizque exorbitantes emolumentos, de supuestas prebendas y minas inagotables de riquezas de las que disfrutamos los diputados y diputadas. Nada más alejado de la realidad. Somos los funcionarios públicos, elegidos por votación, que compartimos los salarios con los electores, simpatizantes y con diversos grupos de la sociedad, una práctica que se ha institucionalizado y que, pese a las críticas, ha contribuido a solucionar pequeñas y grandes necesidades de nuestro pueblo.

Definitivamente que esa movilización que día tras día emprendemos los diputados y diputadas dentro del circuito electoral y a nivel nacional, en cumplimiento de las responsabilidades asumidas desde el momento en que decidimos aceptar una candidatura, tiene sus riesgos, hasta de la propia vida, como lo sucedido recientemente con el colega Altamirano—Duque Mantovani.

Nuestro interés es el de resaltar la mística y el compromiso de quienes integramos la Asamblea Nacional, toda vez que muchas veces dejamos a un lado la profesión, la dirección de una empresa o cualquier otra actividad, probablemente que compensa más, por seguir la meta legislativa, con el fin de contribuir directamente a hacer de Panamá un mejor país, una nación más competitiva y alineada con los requerimientos del mundo de hoy.

Lamentamos profundamente lo sucedido al amigo Tomás Gabriel Altamirano—Duque Mantovani, un hombre realmente comprometido con su trabajo y con la Asamblea Nacional, leal a su gente y por quien murió en la plenitud de su existencia.

-El autor es presidente de la Asamblea Nacional.rrodriguez@asamblea.gob.pa

 
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