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¡De esa mazorca ni un solo grano!
Cuando pensé que la tórrida y funesta campaña electoral había alcanzado el clímax de su efervescencia ante la mirada de los más de un millón de electores inmersos en el estéril, denigrante y oneroso bombardeo publicitario incapaz de abrir espacio a las propuestas y el debate de altura que permita enfrentar efectivamente los problemas socio—económicos que nos ocupan, aparece otro detonante que abre un nuevo capítulo y da continuidad al convulsionado escenario político—electoral: las comprometedoras declaraciones del controversial “David Murcia Guzmán”.
Sin embargo, lo que nos debe ocupar no es la veracidad de los aportes, montos u otros detalles que en su confesión señala haber colocado a título de inversión el Sr. Murcia Guzmán en la campaña de los candidatos oficialistas a la Alcaldía capitalina y la Presidencia de la República. A fin de cuentas ni la justicia colombiana, ni la nuestra, ni mucho menos los miles y miles de ahorristas que decidieron voluntariamente participar en el esquema de negocio propuesto por Murcia han podido corroborar o probar alguna acción fraudulenta o de incumplimiento de compromisos en la relación comercial establecida hasta antes de la aparatosa intervención de los núcleos operativos de David Murcia Guzmán. Más bien, en el evento en que las supuestas aportaciones se hubiesen consumado, lo que como panameños debiésemos exigir a las autoridades es esclarecer si dichos haberes respondieron a un desembolso voluntario y unilateral de campaña o si fueron producto de la negociación o adquisición de acuerdos previos que comprometieron la cosa pública. Un hecho que sin llamarnos a engaños y desde el punto vista legal — aun existiendo evidencia de los pagos — sería casi imposible de corroborar, por la naturaleza y modalidad en que se discuten estos acuerdos. Estamos frente a una realidad construida sobre supuestos y suspicacias que han despertado el morbo en un electorado ávido de credibilidad, que además de lidiar con alianzas electoreras de ocasión y dobles discursos, ahora debe digerir el testimonio ambivalente de una representativa figura que después de haber negado categóricamente durante algunas semanas cualquier tipo de encuentro con el personaje que hoy lo evoca en calidad de socio, termina aceptando su inadvertida vinculación con el mismo. Ante la coyuntura, nos toca cerrar este ejercicio democrático de forma imparcial, ratificando esa condición de alfareros de nuestros propios destinos; una tarea que de ninguna manera puede desarrollarse bajo el paraguas de la incertidumbre y la desconfianza, pero que tampoco puede quedar a expensas de elementos foráneos que no han aportado más que testimonios como evidencia a su causa. La lección debe valernos en lo sucesivo para introducir cambios en nuestra legislación que exijan hacer públicos los listados de los mentores de campañas e imponer severas sanciones a cuantos insistan en saldar sus compromisos electorales a través de instrumentos o regalías que emanen del Estado. Mientras tanto, nos tocará otorgar el beneficio de la duda a quienes en otras ocasiones han utilizado la mesa para nutrir de fondos sus campañas y que, como buenos comensales, deberán convencernos de que en esta ocasión: de esa mazorca, ni un solo grano han comido! -El autor es financista, docente.alfasa13@cwpanama.net Publicidad
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