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Panamá, 2 de junio de 2009
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Temporada de huracanes


Estos eventos no tienen precedentes, pero no son sucesos inesperados. Son la “nueva normalidad” de este mundo


Dado que la temporada de huracanes comienza, para la mayoría de los países en el Caribe y Centroamérica que se encuentran en el cinturón de huracanes, estar avisados de antemano no equivale a estar preparados de antemano. Cada temporada se pierden vidas y los daños son elevados, y no existe razón para pensar que este año será diferente.

Consideremos primero la ferocidad y la frecuencia de las tormentas que han golpeado la región. En 2005, cuando el huracán Wilma rompió todos los registros para convertirse en el huracán más intenso registrado en la historia, muchos pensaron que esta situación no se podía repetir. Estaban equivocados pues, dos años después, dos huracanes categoría 5 azotaron la región en la misma temporada. Nicaragua sufrió las consecuencias en esa ocasión. El año pasado hubo fuertes tormentas cada mes durante seis meses. Haití fue abrumado por cuatro grandes sistemas de tormentas en igual número de semanas. El sufrimiento humano y los daños que consiguieron fueron inmensos. La ciudad de Gonaives, donde 3,000 personas fallecieron en el 2004 durante la tormenta tropical Jeanne, fue nuevamente la más afectada. El Banco Mundial estima que 900 millones de dólares de los logros en desarrollo que obtuvo Haití desaparecieron en el 2008. También en el 2008, en las Islas Turcas y Caicos, el 80% de las casas fueron dañadas, y el gobierno de Cuba estima que su país perdió más de 9 mil millones dólares por daños causados por las tormentas, la cifra más alta en la historia del país.

Estos eventos no tienen precedentes, pero lamentablemente, no los hace ser sucesos inesperados. Son la “nueva normalidad” en un mundo en que los efectos del cambio climático ya se están sintiendo. Tenemos suficientes datos para saber que los desastres naturales están matando y causando el desplazamiento de más personas y causando más destrucción. Toda la evidencia sugiere que esta tendencia va a continuar e incluso a crecer. El cambio climático no es sólo una amenaza futura, sino que es un peligro actual y real para millones de personas. Desde una perspectiva humanitaria, el problema es la acción humana –o la falta de la misma. No podemos impedir que estos desastres ocurran. Pero sí podemos reducir su impacto, si tomamos las precauciones con antelación. La combinación de un evento significativamente peligroso con una comunidad expuesta y poco preparada, es lo que hace que una amenaza natural se convierta en un desastre humanitario. Inevitablemente, las personas más pobres y vulnerables en los países menos desarrollados serán las que se verán más afectadas durante este año y los siguientes. El Caribe y Centroamérica se verán afectadas por huracanes y tormentas cada vez mayores y más frecuentes. Muchos países aún tienen poca o ninguna capacidad para adaptarse a estas nuevas amenazas, o para recuperarse de las pérdidas de miles de medios de subsistencia y hogares.

En lugar de reaccionar después de las emergencias, debemos empezar ahora a actuar cuanto antes y con inteligencia: practicando la prevención y no la cura. Muchas vidas podrían salvarse si las regulaciones que prohíben la construcción de edificaciones en zonas propensas a inundaciones fueran promulgadas y cumplidas. Mejorando los sistemas de asentamiento poblacional y dotando de tierra e infraestructura a las poblaciones de áreas urbanas pobres, tendríamos a miles de personas fuera de peligro. Restablecer las barreras naturales de nuestras costas, desarrollar sistemas de alerta temprana e implementar normas para la construcción de infraestructura pública como escuelas y hospitales, son medidas que podemos aplicar. También necesitamos nuevas formas de compartir el riesgo.

En los países de bajos ingresos, sólo el 4% de las pérdidas relacionadas con el clima están cubiertas por algún tipo de seguro. Se requiere una mayor investigación y aplicación de mecanismos innovadores para proteger a las personas. Otro reto es el de asegurar que los futuros acuerdos internacionales sobre cambio climático sean dirigidos hacia el refuerzo de los sistemas de reducción y manejo de desastres ya existentes. Es necesaria una mayor atención del impacto dramático que el cambio climático tiene en millones de personas en los países en desarrollo. Las personas del Caribe y de Centro América, así como de cualquier parte del mundo en desarrollo, no tienen culpa o tienen muy poca culpa de haber generado los problemas climáticos que enfrentamos hoy en día. Sin duda, necesitan el apoyo del mundo para adaptarse a la realidad más peligrosa que vivimos.

Quizás sea demasiado tarde para evitar que las condiciones meteorológicas extremas sean la nueva normalidad de este siglo, pero al menos podremos adaptar nuestra capacidad para responder a ellas. Mientras más rápido pongamos en práctica las herramientas y sistemas para reducir riesgos, menor será el número de víctimas, y mayores los logros que dejaremos para las próximas generaciones.

 
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