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Panamá, 3 de junio de 2009
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Retretes caninos


MODESTO A. TUÑÓN F.

Tan pronto traspone la puerta del edificio, Firulais, el perro de mi vecino, salta hacia la calle, templa la correa y con su enorme y corpulenta anatomía, hala a su amo, pues las urgencias fisiológicas han de ser resueltas a la brevedad.

El vecino da rienda suelta a las exigencias del can, que levanta la pata para mojar el primer árbol que encuentra y luego deja su cagarruta sobre la acera y sin que alguien se ocupe de recogerlas, se aleja contento por vaciar el intestino a la vera de la calle.

En otro apartamento del edificio, una vecina exhibe sus tres French Poodles y los saca con sendas cadenas que parecen apropiadas para tirar de un trineo. Cada uno jugueteará y también dejará sus despojos por doquier. Los transeúntes al caminar por ese boulevard, deben sortear la cantidad de caca perruna dejada sobre el suelo de la urbanización.

¿Constituirá este tapiz hecho de desechos sobre la acera un problema de sanidad urbana? Recordemos que los grandes problemas de salud pública por lo general se iniciaron con algún descuido doméstico. Las pestes europeas, las fiebres bubónicas, el VIH surgieron de simples descuidos que encontraron un ambiente propicio en las condiciones higiénicas mal atendidas a su debido momento.

Las disposiciones municipales que se ocupan del tema, como los decretos 526 de 26 de junio de 1990, el 614 de 31 de julio de 1990 y la Resolución del Ministerio de Salud, número 022 de 28 de enero de 2000, coinciden en establecer medidas para velar por la salud de las personas tanto quienes tienen animales como los demás y hacen hincapié en el aseo permanente para “evitar acumulaciones de desperdicios y malos olores”.

Además se resalta que todo perro que esté en casa donde residan otros inquilinos, debe mantenerse amarrado o atado y cuando se saque a hacer sus necesidades, debe ser llevado a “sitios apartados”. No se dice en ningún lado que puede evacuar sus intestinos en las aceras, sobre el césped, calles o parques urbanos.

Es algo que al parecer pasan por alto sus desconsiderados dueños.

En algunos casos se tiene la costumbre de lavar el piso de donde vive el can y extraer esas aguas hacia el estacionamiento u otros sectores del edificio, donde queda un olor desagradable impregnado en el suelo o esparcido en el aire para el resto de los inquilinos y visitantes.

Aunque ninguna medida establece la obligatoriedad de recoger despojos, los dueños de estas especies deberían salir de sus casas con una pala, una bolsa o un envase para retirar el oloroso resultado de la digestión canina. En otros países, es una regla impedir que estas deposiciones queden en la vía pública.

Es hora de que las autoridades concernidas se ocupen de fijar en la normativa, la necesidad de recoger la caca de los perros antes que esta creciente costumbre del paseo de mascotas se convierta en un terrible problema de salud urbana.

Firulais tendrá que adecuar sus necesidades a los espacios caseros o su dueño, comprar un guante, una pala y un cubo para pasear a su animal.

-El autor es periodista y docente universitario.modestun@yahoo.es

 
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