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PRIMERA PARTE: NORIEGA EN FUGA
Segunda entrega
![]() GUIDO BILBAO
gbilbao@laestrella.com.pa Las hipótesis de conflicto que habían desarrollado los estrategas de las Fuerzas de Defensa de Panamá descartaban la posibilidad de una invasión masiva. Consideraban que, en el remoto caso de producirse un ataque, sería pequeño y con el único objetivo de capturar a Noriega. Se habían preparado para eso y les iba bien. Noriega nunca permanecía más de unas pocas horas en el mismo lugar y pasaba las noches hasta en cuatro lugares diferentes: casas de amigos, escondites de la Fuerza, hoteles perdidos en la ciudad. Cualquier lugar que los gringos no pudieran determinar como suyo era bienvenido. Su mejor defensa era ser impredecible.
Tomaban tan poco en serio las amenazas norteamericanas que diez días antes, desde el G3, el departamento de coordinación de la Fuerza, rotaron a todos los Jefes de Compañía de combate, que quedaron al mando de tropas que no conocían y de planes que no habían practicado –algunos señalan que estas medidas son una prueba del alto nível de infiltración que sufrían las Fuerzas de Defensa-. En el caso de que el impensado ataque sucediera, planeaban contraatacar con el secuestro de civiles norteamericanos. La única precaución militar que tomaron fue esconder armas en decenas de casas de seguridad. Recursos para la guerrilla popular que imaginaban resistiendo. Algunos días antes, el 17, muchas de esas armas fueron enviadas de regreso a los cuarteles. Era una medida de precaución. No podían correr el riesgo de que, en manos de los Batallones de la Dignidad, esas armas desataran enfrentamientos que dieran excusa para una invasión. Las Fuerzas de Defensas estaban compuestas por 12 mil unidades, de las cuales solo 2500 estaban preparadas para combatir. El resto eran funcionarios administrativos o policiales. No se habían preocupado por conseguir defensas antiaéreas. Vislumbraban movimientos terrestres. Tampoco había planes de contingencia para la población civil. Nadie evaluó la posibilidad de evacuar los barrios cercanos a los cuarteles ni se dio una voz de alerta a los hospitales. El 19 por la noche y luego de su regreso de Colón, Noriega permanecía en el museo Omar en el Recuerdo reunido con Eliecer Gaitán, Daniel Delgado Diamante y su secretaria, Marcela Tazón. Cerca de las diez de la noche decidió dar por terminada la jornada laboral. Comunicó a sus hombres que al día siguiente, bien temprano, se reunirían en la Comandancia y después los despidió. Los oficiales reconocían que las tensiones se habían descontrolado como nunca, pero confiaban en la tranquilidad de Noriega. Al fin y al cabo, concluían, nadie debería temer más que él. Marcela Tasón, secretaria privada y mujer de confianza del General, salió apurada porque tenía una cita importante cerca de allí, en el Pub las Malvinas. Era un bar que frecuentaban los altos cargos del régimen y que los había visto celebrar, noche tras noche, la gloria del poder. Aunque era martes, el lugar estaba repleto: cantaba el grupo venezolano que hacía covers de Los Beatles, Los Buitres. Y de telonero, ya que la ley obligaba a que también cantara un artista nacional, tocaba Ulises Rodríguez, el marido de Marcela. Los rumores de la invasión no impedirían que la fiesta siguiera adelante. Mario Rognoni, ex Ministro de Comercio y cuadro político de Noriega, caminaba de un lado a otro del local junto a Rubén Murgas, periodista afín al régimen. Se podía distinguir a civiles de militares porque los primeros tomaban ron con coca y los segundos, siempre whisky. Hasta Roberto Durán estaba. Todos hablaban de lo mismo: susurros en voz baja y con la boca torcida que anunciaban la invasión. Noriega había prometido asistir pero no había llegado. Seguía en Omar en el Recuerdo. Llamó a su esposa Felicidad, que estaba en la casa familiar a punto de reunirse allí con todas sus hijas. Luego habló con su amante Vicky Amado. Atendió al Capitán Moisés Cortizo que estaba en Amador, a cargo de la Policía Militar Compañía Victoriano Lorenzo. - Mi General, los gringos se vienen. Está todo oscuro en su base. Los soldados nuestros que hacen los patrullajes conjuntos entraron a la zona y ni volvieron ni se han comunicado-, informó Cortizo mientras miraba de reojo a Benjamín Colamarco coordinador de los Batallones de la Dignidad que estaba a su lado. - Comunique todo al Cuartel Central y mantengan la calma. Nos vemos mañana por la mañana -, dijo Noriega y cortó. Cortizo ejecutó la orden como un autómata. - Ñamerías Moisés, son ejercicios, jodedera de los gringos que nos quieren tener sugestionados- intentó tranquilizarlo el Teniente Coronel Rogelio Mirones, a cargo de la Comandancia. Noriega se puso en contacto con la oficina del Mayor Chalo González en el Cuartel Central. Gónzalez tenía a su cargo cerca de la mitad de los combatientes de la Fuerza. Lo acompañaban allí Nino Vaprio, encargado de la modernización del G2, los Capitanes Evidelio Quiel y Omar Garrido de la UESAT, y Francisco Ávila de los Machos de Monte. Todos tenían información concreta sobre una invasión inminente pero no terminaban de aceptar las amenazas como ciertas. González decidió tomar algunos recaudos. Llamó al Capitán John Pimento, el encargado de comunicaciones, y le dijo que pusiera un anuncio en la televisión con un llamado de alerta. Luego ordenó que al otro día, el miércoles 20, las armas almacenadas en la isla Flamenco fueran trasladadas a la Comandancia. También pidió que el G2 le hiciera llegar una lista de los huéspedes alojados en el Marriott y en el Holiday Inn, buscando preparar las acciones de secuestros por si llegaban a ser necesarias. Gaitán, que estaba con Noriega, le pidió a Vaprio que se fuera para el Parque Urracá. Era urgente. Se encontraron allí 15 minutos más tarde. Fueron a la casa de la periodista argentina Estela Caloni. Allí los esperaba Benjamín Ku, que recibió a Gaitán con un abrazo y a Vaprio con cierto recelo. Se sentaron a la mesa. Gaitán creía saber la verdad: detrás de los movimientos de las tropas americanas lo que se estaba gestando era un golpe de Estado, ninguna invasión. Según analizaba, podía haber tres cabecillas: Vaprio, Siero y Delgado Diamante. A sus oídos habían llegado otros rumores, más inverosímiles, como los posibles contactos entre alguno de esos oficiales con la inteligencia española buscando capturar a Noriega para llevarlo detenido a Nicaragua y desde allí negociar el asilo en la peninsula ibérica. Gaitán tomó la palabra. Fue a fondo. Le preguntó a Vaprio, que había estudiado en Estados Unidos y hablaba perfecto inglés, si se había contactado con los gringos para conspirar. Le pidió que reconociera su participación en el golpe que venía. Vaprio le contestó sonriendo que estaban locos, no eran momentos para alentar las divisiones. Cuando Caloni trajo empanadas argentinas, Gaitán comenzó a recordar sus días de estudio en Buenos Aires, bajo el ala del Coronel argentino Mohamad Ali Seineldín. Antes de medianoche dejaron la casa de Caloni. Gaitán se fue para la residencia del General en el golf y Vaprio se dirigió a la Comandancia. A las 11:30 de la noche, el Capitán Iván Castillo ordenó reagrupar a la guardia para abandonar Omar en el Recuerdo. Tenían un nuevo destino: el Ceremi, Centro de Recreación Militar de las Fuerzas de Defensa, en las afueras del Aeropuerto Omar Torrijos. La elección no era casual: un avión listo para despegar esperaba a Noriega secretamente en Tocumen por si llegaba a necesitarlo. El Sargento Carlos Corcho y el subteniente Jorge Cedeño partieron en la avanzada al mando de una camioneta Land Cruiser chocolate que cargaba el guardarropa del general. Diez minutos más tarde, Castillo y Noriega subieron al Hyundai que conducía Pinto y tomaron hacia el sur. Los seguían el subteniente Daniel Durán, el Sargento primero Eusebio Mendoza y el paramédico de Noriega, Marcos Saldaña, en un Mercedes Benz blanco. Aunque frente a Omar en el Recuerdo había una casa con un arsenal de armas de la Fuerza, no tomaron nada. Cargaban AK 47, Uzi y Mini Uzi, armas cortas y algunas granadas. Al llegar a Panamá Viejo se encontraron con un retén. Una tanqueta cortaba la vía. Castillo se bajó solo y pidió que lo esperaran. Fue un acto instintivo. Sintió, mientras caminaba, una perla helada que le bajó por la espina dorsal: se venía, la vaina se venía. Se identificó y les abrieron paso. Llegaron al cuartel de Tocumen y vieron todo en orden. En el retén de los Pumas en el aeropuerto dieron la vuelta por la carretera vieja y entraron al Ceremi. Flanqueado por Castillo, Noriega se dirigió directo hacia el primer piso del edificio donde estaban las habitaciones. Allí lo esperaba una mujer, joven y radiante, a la que veía cada tanto y con la que, sin saberlo, había decidido pasar los que finalmente serían sus últimos minutos de libertad. Detrás de él subieron seis comandos con AK 47 y se pararon frente a la puerta de su cuarto. Noriega negó con la cabeza. - Esto puede atraer al enemigo, Iván, ponlos en otro lado- dijo y se enecerró en la habitación. No habían pasado 15 minutos. Corcho y Pinto bajaban las cosas del General de los carros. Su ropa, sus carpetas, los dos maletines que lo acompañaban a donde iba y que todos sabían llenos de dinero. Cedeño estaba poniendo las radios a cargar. Saldaña había salido al parque. Castillo hacía tiempo en el primer piso. Noriega seguía con la chica. A lo lejos, poco a poco, comenzaron a escucharse los tambores de la guerra. En cuestión de segundos el edificio fue sacudido por las explosiones en el aeropuerto de Tocumen. Saldaña entró corriendo con las peores noticias: - Los gringos se nos vienen encima, en paracaídas, está lleno el cielo. Los aviones vuelan en círculo y sin luces. Castillo golpeó la puerta del general varias veces. Cargaba una Uzi al hombro. Noriega tardó 5 minutos en abrir. Puso una mano en el marco de la puerta y la otra en el picaporte. Bajó la cabeza. Estaba pálido. Comentarios | 13 comentarios
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