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RÓMULO GALLEGOS (1937)
Panamá, refugio de sus pesares
Foto: Epocas 1992 ![]() DE IZQ. a der.: Don Pedro Fernández, alcalde de Colón; Joaquín Franco, Rómulo Gallegos, Humberto Leignadier, gobernador; y Gil Blas Tejeira. Tras la contienda electoral de Gallegos en oposición al general Isaías Medina, Gil Blas Tejeira cuenta que el novelista le escribió en una carta, ya pasada la lucha y consumada su derrota, reflexiones limpias de todo lamento y llenas de nuevas esperanzas
RAFAEL PÉREZ JARAMILLO
rafaperezjaramillo@gmail.com l autor de la célebre Doña Bárbara atesora recuerdos de gratitud hacia Panamá. Momentos difíciles de su vida hallaron una correspondencia solidaria, que nunca olvidaría.
Para explicarlo, reproducimos el extracto de una reseña (‘Épocas’, 1948) de Gil Blas Tejeira bajo el título ‘Cuando Rómulo Gallegos estuvo en Panamá’.‘A mediados de 1937, llegó a la ciudad de Colón el escritor venezolano Rómulo Gallegos, famoso ya en el mundo de las letras por una serie de novelas inspiradas en la vida del llano y la selva de su país. Iba Gallegos rumbo a los Estados Unidos, donde había la posibilidad de filmar Doña Bárbara, su obra cimera. Con el doble incentivo de conocer personalmente al novelista que tanto admirábamos y de entrevistarlo para el diario capitalino al que entonces servíamos desde la ciudad de Colón, fuimos al Hotel Imperial a ver a Rómulo Gallegos, a quien encontramos justamente en la oficina del hotel, donde acababa de registrarse conjuntamente con su señora, doña Teotiste, y con su cuñado, don Raúl, con quienes viajaba. Encontramos en Gallegos al hombre sencillo y acogedor, limpio de vanidades al par que de falsas modestias. Nos habló un poco de su vida de profesor, escritor y político hasta entonces frustrado. Vivió el régimen de Gómez alejado de la política, ganó en principio la aversión del dictador y más tarde su simpatía con la publicación de Doña Bárbara; huyó de Venezuela cuando el andino lo ‘eligió’ senador y, a la caída de este, aceptó en el gabinete de López Contreras el cargo de ministro de Educación al cual renunció, cuando los comunistas perseguidos por un régimen apenas más suave que el del Brujo de Maracay, saturaron su ministerio de ‘refugiados políticos’. Pocos días estuvo, entonces, Gallegos en la ciudad atlántica. Siguió rumbo a los Estados Unidos, de donde tuvimos más tarde noticias suyas al sufrir un accidente automovilístico en una carretera del Far West, del que se salvó al igual que su señora y su cuñado, milagrosamente. Por varios días nos mantuvimos pendientes de la legación de Venezuela, inquietos por el estado de gravedad en que se hallaba el gran escritor. Una mañana de principio de 1938 nos encontrábamos en nuestra oficina, que era entonces la Tesorería Municipal de Colón, cuando entró a ella Rómulo Gallegos. Avanzó hasta nosotros con los brazos abiertos y el paso un poco vacilante. Pasado el saludo de rigor, nos contó de su terrible aventura en los Estados Unidos. De las tres personas de la familia que viajaban juntos, él había sido el menos lastimado. Raúl estaba todavía con una pierna totalmente forrada en yeso, doña Teotiste caminaba con visible dificultad y el mismo maestro llevaba aún una pierna vendada. El accidente obligó a la familia venezolana a permanecer largas semanas en el hospital a donde la llevaron de urgencia. Aquella permanencia mermó los haberes de don Rómulo y cerró por entonces las posibilidades de Doña Bárbara para la pantalla. Fue preocupación nuestra prestar al maestro y amigo la cooperación que pudiéramos. Había la feliz circunstancia de encontrarse frente a la gobernación de la provincia don Humberto Leignadier, de estar la alcaldía del distrito desempeñada por don Pedro Fernández Parrilla, de actuar como auditor municipal don Clemente Delgado V., y de hacer parte del Consejo personas como el licenciado Joaquín Franco y santos Ríos H., quienes hicieron fácil que el Municipio declarara huésped de honor al distinguido visitante. Mientras Gallegos estuvo en Colón fue objeto de continuas atenciones por parte de la familia oficial que lo reverenciaba como a uno de los hombres que más prestigio han dado a las letras hispanoamericanas. Tenían para nosotros un gran sentido cultural aquellas atenciones prodigadas a un hombre alejado a la sazón de los afanes de la política y sin más credenciales que media docena de libros maravillosos con los que había conseguido abrir las puertas de la fama. El Concejo de Colón celebró una sesión especial para recibir en su seno al autor de Canaima. Tocónos presentarlo y hacer su elogio. Más tarde, una alusión de Don Pedro Fernández Parrilla a la compañera del novelista puso un trémolo de emoción en su voz. Publicidad
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