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Panamá, 10 de septiembre de 2010
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Cuestión de honor... ¡oh, no!..


Mª VICTORIA LÓPEZ Y GARCÍA*
mlopez@velenje.us

Cuestión de honor... ¿Qué es eso?, se preguntarán algunos. ¿Con qué se come?, dirán otros. Pero la verdad es que el honor, para la mayoría, es cosa pasada de moda. Y... es que, desde tiempos inmemoriales, el honor, escrito con ‘h’, aunque se trate de una letra muda, ha representado a muchas formas de vida y para fines muy diferentes.

Pero en la cuna de esta palabra, el honor no es más que la actitud que debe tener una persona que actúe de acuerdo con la justicia (casi nada), la verdad (cosa casi imposible) y que cumple con sus responsabilidades (difícil).

Es por ello, que los códigos de ética existen bajo el paraguas de éstos preceptos. Por ejemplo, el honor en la marina señala que un capitán es el último en salvarse (si puede) cuando su barco sufre un naufragio. Para un periodista, el honor, entre otras cosas, es investigar la veracidad de su fuente y jamás dejarse sobornar o dejar de cumplir con la norma. Para un compañero o compañera, el honor se debe identificar con la felicidad de su pareja y la fidelidad. Para un país, el honor debe ser sinónimo de libertad, justicia y equidad entre todos sus semejantes, para una empresa, el cumplimiento de lo pactado... y para un empleado de cualquier categoría, el hacer su trabajo buscando la excelencia.

Hace ya bastantes lustros, los caballeros retaban a duelo a los que consideraban traidores, señalando como traición a la falta del respeto que se debía tener y a la buena opinión de las cualidades morales y a la dignidad de esa persona que retaba, median el honor.

¿Puede imaginarse usted a esos caballeros viviendo en nuestra tan ‘civilizada’ y moderna sociedad? Tendríamos sin duda un negocio millonario en la fabricación de floretes, pistolas o sables, por supuesto modernizados con alta tecnología de láser o cibernética, pero no se haga ilusiones en hacer este posible ‘negocio’, porque hoy en día, en pleno siglo XXI, la palabra honor no tiene mayor sentido ni la mínima trascendencia para la mayoría de los mortales.

Hablar de honor, también es hablar de responsabilidad. Pero hay quien piensa que la responsabilidad siempre es cosa del otro, no de uno mismo. Pero quien piensa así, no se da cuenta de que la responsabilidad no es más que la cualidad, la característica, que tenemos las personas para que los demás puedan fiarse de nosotros, y nosotros de ‘nosotros mismos’.

¿Es esto honor? Pensarán muchos... Pero es que para ser honorables, señoras y señores, hay que ser valientes.

Este principio establece que se tiene la obligación de reparar y satisfacer las deudas o los daños que nos impartimos a nosotros mismos o que causamos a otros.

Contrario a los valientes, son aquellos culpables de tantos accidentes sociales causados por actos de traición o cobardía. Aristóteles señalo muy bien la diferencia entre sustancia y accidente.

Hoy, nosotros podemos ver con claridad ese principio filosófico con rasgos sencillos y prácticos, propios de nuestro siglo. Entendamos, pues, que la sustancia no es más que la cualidad que tenemos las personas que hacemos las cosas con sentido común, justicia o madurez. Un hombre (genéricamente hablando) sin sustancia, es aquel del que no podremos aprender nunca nada o que derrumba con sus hechos lo que pretender enseñar.

Así que si no queremos causar accidentes a nadie, tenemos la responsabilidad de dejar el legado a otros para que traten de no ser traidores; de actuar en la verdad que otorga la justicia.

Entonces, es posible que podamos encontrar la simpleza y la grandeza de la HONORABILIDAD.

Y no pesará sobre nosotros la inquietante ignorancia de que el honor, es ‘algo’ que esta pasado de moda.

*PERIODISTA-ASESORA DE COMUNICACIÓN.

 
 
 
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