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14 de Dec de 2019

Cuentos y poesía

Roth

15 de febrero, 1988. .

Roth

15 de febrero, 1988.

Viendo el paisaje desde el balcón, habrá quien diga que para hacer periodismo se deben padecer ciertos trastornos de personalidad. Tal vez el primero sea la compulsión por la lectura. El periodista lee, lee y lee. A veces por placer, pero la mayoría del tiempo para desmontar los trucos del escritor e imitarlos, para al final, si tiene estrella, mejorarlos.

La gente tiembla al oír el nombre Nate Henry Tremblay. Los niños ya no juegan a esconderse del lobo malo, se esconden de Tremblay. Las mamás aprietan las manos de sus hijos mientras caminan por la calle. La mitad del público ha entrado en un estado de terror, la otra en uno de admiración.

“Mujeres, no salgan solas.”

La televisión repite esa consigna sin cesar, una y otra vez, desde que Tremblay ha sido liberado bajo fianza. El Ángel del Anochecer mata solo mujeres. Todas asfixiadas o desangradas. Todas violadas. Alrededor del país se han encontrado más de veinte cuerpos en avanzado estado de descomposición que la policía ha vinculado con Nate Tremblay de una manera bastante perezosa y poco convincente. Aunque su cara aún no ha salido en los medios, (lo que está empezando a volver a todos locos, a sus fanáticos por emoción y a los demás por miedo), es más popular que un rockstar, con club de fanáticos y toda la parafernalia. Nathaniel Henry Tremblay es el demonio de nuestro tiempo y seré yo quien haga que lo condenen a muerte.

He investigado el caso del Ángel del Anochecer durante todo mi último año de universidad. Investigaba día y noche de manera obsesiva, incluso olvidándome de comer. He estudiado todos los documentos, cada pieza de información que he podido encontrar, y es precisamente por eso que me han escogido para llevar el juicio en contra de Nate Tremblay.

Este asesino ha estado suelto más de diez años, las familias de las víctimas están deseando tener a alguien a quien culpar y mientras antes se cierre el caso, antes se calmarán las aguas.

¿Que si estoy nerviosa? Para nada. Es más, nunca he estado tan emocionada. Será el caso de mi vida. Desde el momento en el que empiece el juicio, no habrá nadie en el país que no conozca mi nombre. Una vez ganado el caso y muerto Tremblay, los clientes me lloverán. Claro, antes tendré que lograr condenarlo. No estoy preocupada, sé que lo atraparé. Al fin y al cabo, lo sé todo sobre el Ángel del Anochecer.

17 de febrero, 1988

Cada asesinato es más atroz, cada foto más espeluznante. He tenido ganas de tener los documentos originales en mis manos desde que era una estudiante. Y ahora lo logré. Finalmente conozco cada detalle escondido al público, incluyendo su rostro y todas esas mujeres degolladas están empezando a seguirme hasta en sueños.

El Café de Andy es mi lugar favorito para reflexionar sobre mis casos. El segundo piso está casi siempre vacío, así que es muy buen sitio para pensar. Hay una barra de madera con un refrigerador lleno de mis adoradas Coca-Colas y una ventana amplia que siempre abro para dejar pasar un poco el aire. Pienso un momento en mi jefe diciendo que no saque los documentos confidenciales a la calle, que puede ser peligroso extraviarlos. Es cierto, pero el juicio empezará pronto y no tengo tiempo que perder. Sin embargo, estoy empezando a arrepentirme de haber traído estos documentos llenos de imágenes de mujeres descuartizadas.

“El borde del refrigerador se clava en el dorso de mi mano pero sigo tratando con desesperación. Mi corazón empieza a latir con fuerza contra mi pecho. Pienso en llamar a Andy pero si viene a ayudarme no podré evitar que vea las imágenes”.

Nunca había tenido un caso así antes, y la comida está empezando a sentarme mal. He estado removiendo estos documentos todo el día sin llegar a ninguna conclusión concreta. Si todas esas chicas fueron asesinadas realmente por el mismo hombre la razón no está clara. El modus operandi es diferente en casi todos los casos. Algunas mujeres murieron de manera violenta con la garganta cortada, otras asfixiadas. Algunas fueron seducidas por un hombre guapo en un bar, otras raptadas por la fuerza en las calles; aquellas vieron a un hombre lisiado en la carretera que las engañaría para subir a su automóvil en cuanto tuviera la oportunidad. Parecen diferentes agresores, uno dulce y carismático y otro demente y violento. Tremblay tiene fama de carismático, pero eso no prueba mucho. Me pongo a buscar una foto de él entre los folders, curiosa por saber si de verdad es tan guapo como se dice. Casi parece que alguien ha unido todos los casos en contra de Nate Henry Tremblay a falta de otros sospechosos. ¿Y qué hay realmente que demuestre su culpabilidad? Él no conocía a ninguna de las víctimas. No había huellas dactilares. La mancha de sangre en la ropa de Annie Adams puede comprobar que se conocían y tal vez es indicio de una pelea, pero es imposible condenarlo a pena de muerte basándonos en ese detalle. Encuentro dibujos del sospechoso descrito por las pocas víctimas supervivientes, pero no son claros. La única prueba en su contra es su presencia en un bar el día que una de las víctimas fue capturada y una pequeña fibra del vestido de ella que llevaba pegado Nate en su ropa. Todo está empezando a ser confuso en mi cabeza.

Debo tranquilizarme, no hay necesidad de obsesionarse. La imputación no será hasta el 22 de mayo y todavía tengo algo de tiempo para estudiar, debería tomarme un descanso. Me pongo de pie y voy a la nevera para tomar una Coca-Cola. Seguro que a Andy no le molesta, la pagaré antes de irme. Cuando me inclino para alcanzar la botella, oigo como el viento entra por la ventana y tira todos mis documentos al suelo. Que mala suerte, nunca hay viento. Con un suspiro, dejo la Coca-Cola en la mesa y me inclino para recogerlos.

Maldigo cuando noto que algunas fotos han volado bajo el refrigerador. El espacio es demasiado pequeño para mi mano, pero tengo que recuperar esas imágenes como sea. No es hasta ese momento que me doy cuenta realmente de la gravedad de la situación. Esos papeles son evidencia en un caso abierto. Cada papel en esos archivos es confidencial. Introduzco mi mano debajo de la nevera todo que puedo, tratando de sentir las fotos con la punta de mis dedos. El borde del refrigerador se clava en el dorso de mi mano pero sigo tratando con desesperación. Mi corazón empieza a latir con fuerza contra mi pecho. Pienso en llamar a Andy pero si viene a ayudarme no podré evitar que vea las imágenes.

Maldita sea la hora que decidí salir de casa con esos papeles, al final, me merezco que alguien los tome.

--Deje eso, va usted a lastimarse.

La voz profunda y fría logra congelar mi corazón y enviar escalofríos por toda mi columna vertebral. Giro la cabeza para ver a un joven guapo, de pie, con las manos una sobre la otra, sonriéndome diabólicamente. Se está burlando de mí. Genial. Una nunca se encuentra con hombres guapos y, justo el día que sucede, me atrapa con el culo al aire y mi mano atascada debajo de un refrigerador. Muy bien Melina, escoges el mejor día para ser una idiota.

“Es que se me han caído unas fotos.” Tartamudeo de la forma más sexy, y claro, es el mejor momento para volverme tartamuda. Trato de mirar fijamente al piso frente a mí para no ponerme más colorada de lo que ya estoy.

--Déjeme levantar el refrigerador mientras las recoge. De esa manera no tendrá que correr al hospital una vez que su mano se desprenda de su cuerpo.

Me rio con nerviosismo ante su ingenio, mirando hacia el suelo hasta que veo que el refrigerador se mueve. Arrastro las imágenes, arrugándolas un poco mientras trato de ocultar su contenido. Quito el polvo de mis rodillas y sonrío mientras él vuelve a bajar el refrigerador en su lugar y se voltea hacia mí.

--Bueno, eso de veras me ayudó.

Le digo, porque no se me ocurre algo mejor y porque también es el mejor momento para ser torpe. Él me sonríe de nuevo y señala hacia el piso, donde un estanque de papeles me ha estado esperando. Mi corazón salta mientras me abalanzo como una fiera a recogerlos antes de que el chico misterioso tenga la oportunidad de ver algo, pero para cuando me levanto él ya ha tomado un par.

--¿Es usted policía o solo disfruta viendo fotos de chicas asesinadas mientras almuerza?

Mierda.

--Bueno... No. Quiero decir que sí. Quiero decir, soy abogada. Melinda Valladares. --Extiendo mi mano hacia él, pero no la toma.

--Ya veo, ¿es la persona que defenderá al Ángel del Anochecer?

Así era como lo llamaba la prensa, pues se creía que solo mataba de noche.

--En realidad soy de la fiscalía. No creo que Nate Tremblay deje que lo ayude ningún abogado.

--Tal vez no lo necesita porque él no es el ángel.

--Probablemente lo es.

--Entonces es un gran actor.

--O un gran mentiroso.

El hombre se ríe. Me doy una reprimenda mental, no debería hablar con nadie sobre Nate Tremblay, pero este hombre logra nublar mi pensamiento.

--Bueno, entonces dejaré que vuelva a lo suyo. Que tenga un buen día, señorita Valladares.

El hombre ordena los documentos que ha recogido y me los da, acercándose un poco más de lo que permitirían las reglas de etiqueta. Me mira por un momento y puedo sentir su cálido aliento en mi cara. Sin decir más camina hacia las escaleras. Respiro hondo, con las manos aún frías y temblorosas. Qué extraño hombre. Casi como un ángel, apareció de la nada y se fue de la misma manera. Bueno, uno no sea queja cuando la suerte le sonríe. Miro mis manos y me doy cuenta de que tengo mi puño apretado alrededor de las fotos. Intento alisarlas lo mejor que puedo, revisando las imágenes involuntariamente. Allí es cuando lo veo. Cuando lo hago, puedo sentir cómo dejo de respirar. Mis ojos comienzan a arder y tengo un terrible deseo de gritar. He encontrado la foto de Nathaniel Henry Tremblay, y acabo de conocerlo.

Me empujo sobre la mesa y reviso los documentos frenéticamente, tratando de determinar si él se ha llevado algo consigo, pero no lo ha hecho. Todo sigue ahí. ¿Por qué? Mi garganta se está secando de respirar tan fuerte por la boca. Esto no había sido ningún azar del destino, y él no era ningún ángel. Me había estado siguiendo, esperando una oportunidad para acercarse a mí. ¿Pero por qué? Y lo que es más importante, si él era El Ángel del Anochecer, ¿por qué sigo viva y cuánto tiempo más lo estaré?

Autora

Nació en Guatemala y reside en Panamá.
Se graduó en Florida University, en Relaciones Internacionales y actualmente se encuentra en Leicester, (Reino Unido) haciendo una Maestría en Escritura Creativa.
Sus géneros favoritos son la ficción histórica, el horror y la fantasía.
La publicación de este fragmento de 'Roth' en nuestro medio, se da en el marco de la colaboración con el Festival Panamá Negro 2019.
La autora
Martina Feliciani