Panamá,25º

05 de Dec de 2019

Cuentos y poesía

Canto aborigen desde cerro colorado

(12 de octubre, Día de la Raza).

Canto aborigen desde cerro colorado

A Victoriano Lorenzo, General de ninguna estrella, pero con todas las estrellas del cielo de Panamá. R.L.

I

Aquí fue donde el puma
aprendió a himplar como el viento,
en esta cordillera fría
que recorre la terrestre espalda
de mi Patria.
En Cerro Colorado
la alborada parió
las ventiscas,
la hierba que nace seca,
el cobre señalado,
que es como una tribu endurecida
de guaymíes metalizados.
Aquí el indio
zombificó su estirpe,
huyó en su propio corazón
como en un caballo sonámbulo,
penetró hasta el fondo de las minas
y entre cuarzo y roca
interpuso su piel
de cobre desolado,
se desdobló en molibdeno
y sonrió con dientes de pirita:
oro de ingenuos
fue su irónica sonrisa mineral.
Transitó la tierra entera,
su tierra
que es toda en una sola
y cinceló la Patria
con sus manos de sombra,
con sus vísceras de cal,
con los cocuyos de sus ojos
que encandilaron a la misma aurora,
con sus pies que arrastran
la cadena interminable de los siglos,
que atravesaron los antiguos volcanes
entre lava y fumarolas,
ue hoy recorren el hambre
los riscos afilados,
tras el oro verdadero del venado
y la tranquila plata de los astros,
brújula de su destino.
Aquí el indio
empuñó las herramientas de la noche
y forjó la luna
para luego derramarla
en cada valle,
mientras la savia de la lluvia
erizaba de orquídeas,
como hermosas bocas
de mosquetes vegetales
y de explosivas sandías,
la tierra resguardada
por el croar furtivo de las ranas,
en los arroyos, centinelas de lo verde,
en los inmensos platanares,
para defender la vida,
los comienzos, el fecundo silencio.
Así era el indio,
en paz con la tierra y los senderos,
hermano de la flor,
vástago del tiempo,
familia del agua,
virtud de la semilla,
hoy humanizada
en cobre doloroso.
En un abrir y cerrar
de los azules párpados del tiempo,
el indio fue pavesa,
desecho de la tarde
a orillas del silencio.
Y desde los rojos estambres
de su cuerpo terrestre,
entre sus vellos colorados
como los cerros veraniegos,
han crecido árboles sin hojas,
de agresiva geometría,
que no apuntan a nada
que no sea el corazón del hombre,
para que escuche
y se abra al fin,
como una flor de dinamita humana
y conmueva la Tierra,
no la tierra pisada y temerosa,
sino la tierra viva
que canta en cada ser,
que desdeña las sombras
y reconstruye sus pasos,
para que vuelva a mirarnos
con justicieros ojos de semillas.
Porque la Tierra perdió su nombre,
al gastar sus letras
escribiendo la palabra maíz,
repartiéndose,
repitiéndose
en cada cuerpo desolado,
en cada piel palidecida por el hambre,
en cada sombra que se extingue
(porque la sombra no tiene sombra)
aromando
la incontenible soledad del indio.

II

Transitó entre lluvia
como lánguida flecha o pesaroso halcón,
dejó atrás la tierra,
anduvo sin zapatos la esperanza,
desnudo de maíces,
inventando senderos.
Descendió a los túneles mortecinos,
al oprobio de las minas,
como si de antemano
supiera su destino.
Se enredó en las raíces,
bebió en las termales
aguas subterráneas,
le pesó el planeta entero
sobre su Patria,
desde entonces
pero no se detuvo
hasta llegar a su tristeza:
tan lejos fue
para esperarse a sí m ismo.
Fue caminando
con el espejo de su ser volteado
y perseguido,
extraviado
en los bolsillos del tiempo, para siempre quizás
quizás para siempre
este hombre netamente americano,
este indio nostálgico,
América hecha cobre,
endurecida tribu
que todavía recorre soledosa
la terrestre espalda de esta Patria,
cuyo dolor repite el puma
cuando gruñe y se pierde
entre la niebla y el crepúsculo
de las tierras altas,
donde la hierba nace seca.