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03 de Aug de 2020

Cuentos y poesía

Marcas en las muñecas

¿Mi último recuerdo de Papi? Desparramado en el sofá, tomando latas de cerveza y arrojándolas al suelo. Mami gritándole: ¡Para eso nos vinimos! ¡Voy a llamar a la Migra!.

Marcas en las muñecas

¿Mi último recuerdo de Papi? Desparramado en el sofá, tomando latas de cerveza y arrojándolas al suelo. Mami gritándole: ¡Para eso nos vinimos! ¡Voy a llamar a la Migra!

Él recogió toda su ropa. No debió irse sin besarme. Luego, la tristeza se acumuló por la casa, flotaba como hecha de neblina. Mami lloraba, yo lo hacía más, y ella me castigaba.

Vivimos solos por un tiempo hasta que se mudó Bob, alto como todos los Bobs que he conocido. Desde ese momento me dejaron de gustar las noches, no porque fueran oscuras y frías en invierno, sino porque cuando las estrellas salían, él hacía gritar a Mami y luego venía por mí. Para que me callara, Bob decía que era mi nuevo papi y que los hijos debemos obedecer sin quejarnos.

En nuestra última madrugada ahí, le pedí disculpas a Mami. Le conté lo que había sucedido. Ella volvió a llorar muchísimo. Yo más, pero no me castigó. Se puso así porque lo quería mucho, a pesar de cómo nos trataba. Era la única persona gringa que se le acercó. Acá ni sus sombras se nos aproximan.

Pero igual tuvimos que escapar donde Mercedes y sus muñecas. Demoramos porque vive al otro lado del desierto. Salimos en silencio para que los vecinos no sacaran las cabezas. Fuimos en un bus grande. Subió un hombre mayor y se sentó detrás. Nos dijo que traía a Dios. Debía ser verdad porque conocía muchas palabras extrañas y números que las acompañaban. También gritó que había cometido pecados como todos, pero que Él se los había perdonado. Cantó una tonada que desconocía, no íbamos a la iglesia. Después nos pidió dinero para completar su comida. Mami nada le pudo dar. No tenía, a veces ella misma rogaba por monedas. Se fue molesto.

Sí, por eso nos vinimos, aunque creo que Allá estábamos mejor con la mayor parte de nuestra familia. Yo seguiría jugando con Pedrito, Rencito y Marcelito. Las casas viejas y descuidadas nos alertaban de que pronto llegaríamos donde Mercedes.

Ella nos recibió. No la veía desde hacía mucho. Yo le tengo miedo a sus dientes, le bailan en la boca. Por eso fui corriendo a su cuarto. Encontré sus muñecas apiñadas. Las tenía en la cama, en el sillón, en las repisas. Por todos lados, de distintos materiales y formas.

Escogí una con la piel dura. Su cabello rubio le llegaba hasta la cintura, sus pupilas miel no pestañeaban.

Hola, Bella Durmiente, ¿cómo has estado?, la saludé. No sé nada de Papi. Con una sonrisa, me pidió que le contara una historia.

Un hombre misterioso camina por el mundo en busca de objetos raros, le gustaba coleccionarlos y mostrarlos a la gente en los parques, a cambio de monedas. Llevaba un sombrero que le cubría la frente y los ojos, un cinturón que le apretaba la inmensa barriga, y un saco muy grande donde guardaba sus tesoros.

Llegó a un pequeño pueblo, muy lejos de donde estamos. Sin darse cuenta, su bolsa cayó y se le escapó una muñeca de piel pálida, mejillas rosadas, labios pequeños y un largo vestido blanco. No era como las otras, esta tenía corazón. Ustedes se parecen. Si se sentía querida, permanecería hermosa, pero si la descuidaban, empezaría a deteriorarse poco a poco.

Quedó olvidada en la acera y se ensució. Se estaba dañando. Hasta que un niño la encontró, se la llevó a casa y jugó con ella todos los días a pesar de su apariencia. Ella mejoró lentamente. Pero un mal día, su madre entró, empezó a ordenar su cuarto y, al verla, se preguntó por qué su hijo andaba con muñecas. La echó a la basura, con la mugre.

“Un hombre misterioso camina por el mundo en busca de objetos raros, le gustaba coleccionarlos y mostrarlos a la gente en los parques, a cambio de monedas...”

Pasaron semanas, meses. La muñeca en el basural empezó a verse mal, como todo lo del lugar en donde vivo. Se deterioró hasta el punto de que su cabello se puso como paja, sus mejillas ya no eran rosadas, sus labios perdieron su finura y su vestido envejeció. Llegó un señor de esos que recogen lo más útil de la basura, y se la llevó en su carrito de supermercado. Ella recobró el ánimo rápido, feliz de ver que la habían rescatado. Sentía que tendría un hogar, un nuevo dueño. Hasta que el pordiosero no encontró qué comer, prendió una fogata en uno de los cilindros que usan para calentarse. La puso un rato en la candela y así, dura, sin ninguna salsa ni arroz, se la tragó.

Vi que mi muñeca empezó a deprimirse, La senté a mi lado. Le pregunté si aquella cama donde dormía con la abuela y las otras era cómoda. Ojalá que lo sea. Quiero verla feliz, dulce y tranquila, como una muñeca de porcelana, de esas que venden en las tiendas caras de las ciudades grandes.

Un día, hace mucho tiempo, cuando aún vivíamos Allá, Papi me llevó a verlas y me invitó a tomar un helado. Pidió de lúcuma y chocolate. Nos sentamos en el banco de un parque, bajo un árbol que hacía sombra. Lo imité: jalé con la lengua una buena porción y me la llevé a la boca.

Sabía que te encontraría aquí. ¿Qué quieres comer?, me preguntó Mercedes. Ella le había insistido a Mami que se viviera. Incluso le prestó dinero que aún no le devolvemos. Mac and cheese, respondí, y abracé a la muñeca.

¿Otra vez? Voy a buscar a ver si me queda alguna caja. Tú no cambias, me riñó. Cuidado con dañar otra. Está bien, respondí. Mientras salía del cuarto dijo: Voy a preparar la cena.

Entonces, alcé a la Bella Durmiente y la empecé a golpear duro contra la pared hasta que le salieron heridas.

Vas a sanar. Solo te quedarán las marcas.

Este juego me recordó a Bob, y a Mami llorando en las noches. Él entraba a mi cuarto cuando terminaba con ella. Acariciaba la hondura de mi espalda. Me preguntaba si lo quería. Yo me quedaba muy quieto y en silencio. Cuando empezaba, mordía la almohada. Me dolía cada vez más. Hubiese sido bonito que Bob no insistiera tanto. Sus marcas en las muñecas no le bastaron.

Marcas en las muñecas
Leyles Rubio León.

Autor

Nació en el Callao, Perú, en 1986. Narrador. Cuenta con un Máster en Comunicación Corporativa por EAE (España). Participó en diversos talleres de escritura facilitados por reconocidos escritores latinoamericanos y en el Diplomado de Creación Literaria de la UTP (Panamá).

Tiene textos divulgados en diversas antologías, revistas y publicaciones digitales. Algunos traducidos al inglés. Ha publicado Bailando descalzo por Madrid (2016) y Un salto ornamental en la piscina (2019).