06 de Dic de 2022

Cuentos y poesía

Casi iguales

Casi iguales

Mi hermano nació cinco minutos con once segundos antes que yo.

Teníamos los mismos ojos de perro triste, las mismas cejas pobladas, el pelo negro que se convertía en café cuando le daba el sol, incluso el mismo carácter volátil, carácter de mierda que me iba a causar muchos problemas.

Éramos casi iguales.

Jugamos juntos hasta los ocho años. Los cien metros que formaban nuestra cuadra eran el mejor campo de juegos y hasta las nueve de la noche se nos escuchaba gritar con los vecinos, corre corre que te alcanzo, tas congelao, huye idiota toca el tapo, reunámonos en la casita, que era un cuadrado de cemento para meter basura y en donde cabíamos seis, ocho, diez niños que no llegaban al metro cuarenta. A veces jugábamos a la escuelita. Yo solía ser la maestra. Me robaba pedacitos de tiza y cuando nos encontrábamos dentro de aquellas paredes comenzaban las verdaderas clases. Las divertidas. Presten atención, burros. Debían odiarme, pero yo era la mayor y la que tenía la regla de madera que usaba para golpearles las manos. Mi hermano no se dejaba, él prefería hacer de guachimán. Cargaba las manos siempre moteadas de blanco, ocupadas con la regla y la tiza, la tiza que caía sumisa en pedacitos.

“Comencé a tener tareas en la casa porque era la mujer. A freír los huevos por la mañana, a hacer el arroz y las lentejas del mediodía, la crema del hermano nuevo, a fregar todos los trastes sucios que se acumulaban en pilas con cada comida”.

Quería ser maestra.

Los niños comenzaron a llegar después. Ya me había acostumbrado al hermano que tenía, a los juegos rudos, los arañazos, los chichones que venían de a tres o cuatro.

Mi mamá trajo al primero, arrugado, con los ojos hinchados y lo puso en mis brazos. Saluden a su hermano. Mi mellizo lo miró un rato y cuando nos dimos cuenta de que no podríamos jugar con él porque era muy pequeñito, muy débil y porque mamá dejó claro que tenía la correa lista para pegarnos si le pasaba algo o si el bebé lloraba por culpa nuestra, perdió el interés y salió a jugar con la pelota.

Yo lo escuché desde el cuarto, sentada en la cama con el nuevo hermano sobre las piernas sin saber muy bien qué hacer con él.

Comencé a tener tareas en la casa porque era la mujer. A freír los huevos por la mañana, a hacer el arroz y las lentejas del mediodía, la crema del hermano nuevo, a fregar todos los trastes sucios que se acumulaban en pilas con cada comida. Pasaba largos ratos ahí frente al fregador, mirando la ventana amplia que daba a la calle, al campo vacío del frente, a la casita en donde mi hermano jugaba con los demás.

No se ve bien que andes revolcándote en ese monte, fíjate cómo tienes las piernas de feas. Pero mi hermano las tiene peor. ¿Y eso a quién le importa? Mejor ve a ver qué quiere el niño, que está llorando, si no quieres que te pegue.

A mamá le encantaba decir que tenía las piernas feas de tanto correr y caerme, pero sus rejos, el golpe de sus correas eran más dolorosas que los golpes del asfalto y me habían dejado cicatrices mucho más profundas.

Así fueron llegando más. A mamá le comenzaba a crecer la panza y se la veía malhumorada mientras yo la miraba tratando de entender. Si parecía que le molestaba tanto como a mí la llegada de un bebé nuevo, por qué no paraba de tenerlos. Era el mismo ciclo: novio nuevo, bebé nuevo, pero los problemas eran los mismos. Nunca iba a poder salir de aquella casa de niños, tendría que conseguir un trabajo ni bien terminara la secundaria. Desaparecieron mis sueños de ser maestra, no quería volver a saber de chiquillos correteando a mi alrededor, o tal vez sí, tal vez sería reconfortante tener algún poder sobre ellos, poder regañar y mandar a mi antojo.

Cuando llegó el cuarto bebé, mamá solía perder el control. Cuando uno estaba por fin en silencio, el otro se trepaba por los estantes o los sillones o donde viera el chance, dándose golpes fuertes que provocaban que me propinaran otros a mí. Tenía que vigilarlos a cada minuto, compartir mi cama con alguno, despertar llena de orines. Y como no dejaban de llorar, ni de caerse, fui acumulando gritos y golpes.

Mi hermano en cambio, llegaba con las camisas raídas y empolvadas, camisas que rara vez llegaban con los botones en su sitio. Yo corría a mi cama a fingir que dormía pero él las dejaba en la silla donde al día siguiente yo las tomaría para zurcirlas. Comenzaba a hablar, y me contaba a quiénes había visto ese día y se sacaba de los bolsillos mamones chinos del árbol del vecino, o mangos verdes para cortarlos en trocitos y ponerles vinagre y sal.

Un día cualquiera, vino un tío a llevarse a mi hermano. Mamá lo recibió como si fuera el papa. Besó sus manos, le sirvió la presa más grande de pollo que cociné y no paró de mostrar los dientes amarillos y resquebrajados durante las dos horas que estuvieron sentados a la mesa. Seguramente era el hermano con plata, el que se había ido a la ciudad muy joven y del que mamá siempre hablaba con ese tono de envidia y admiración que tiene la gente fracasada al hablar de alguien al que se considera superior. Alguien (mi mellizo) tendría que ir a la universidad con la esperanza de que un día nos mantuviera a los que quedábamos en la casa. Yo lo conocía bien. Quería escapar, olvidarse de nosotros, creer que merecía todo lo que vendría: que se lo llevaran a él, toda la ropa que le iban a comprar, toda la gente que iba a conocer, los lugares diferentes, finos. Me miró con una sonrisa de satisfacción ganadora, casi de burla.

¿Estás listo? Gritó mamá desde el comedor. Lo estaba. Unté un poco de gel en mis cabellos recién cortados, acomodé mi camisa. Tardaría en acostumbrarme a él. Antes de irme eché un vistazo al cuerpo de mi hermano: conservaba intacta su sonrisa burlona, lo cual me causaba gracia, pues me parecía indefenso, pequeñito como cuando jugábamos.

La imité, exacta y salí al encuentro de todo lo que me esperaba.

Berly Núñez Pitty

Casi iguales

Autora

Berly Núñez Pitty (Panamá, 1991) estudia la carrera de medicina en la Universidad Latina de Panamá. Ganadora del IV Premio Carátula de Centroamérica Cuenta en 2016. Sus cuentos han participado en diversas antologías, entre ellas: Cuentos de Panamá (Océanos y Libros, 2019); L'Amérique Centrale Raconte (2017), Centroamérica Cuenta (2017); Tierra Breve, Antología Centroamericana de Minificción (2017).