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23 de Oct de 2020

Cuentos y poesía

Sopa de wantón

Era de noche, pero para ella era muy de día, si aplicamos a su vida la triste dicotomía de la rotación terráquea en el sentido inverso del paradigma humano.

Sopa de wantón

Era de noche, pero para ella era muy de día, si aplicamos a su vida la triste dicotomía de la rotación terráquea en el sentido inverso del paradigma humano. Escapó de la multitud y se fue de la sala de cine como meteoro fugaz, pero sin luz estelar. Los vio a todos, pero nadie la vio a ella. Era la sombra invisible de la luna en la incandescencia del sol.

Aborda un autobús que la lleva lejos, y la acerca a esa parada llena de basura, borrachos y sombras. Tal vez allí se siente más a gusto, algo en los callejones le atrae, le embriaga y seduce. Por algún motivo se siente allí más segura. En una de las esquinas ve a una mujer de vestido rojo con un bebé anencefálico, se nota por su cabeza apretada entre los ojos, un rostro anfibio vulnerable al sereno. No puede olvidarlo, se le graba en la retina como una marca de ácido.

Toma otro autobús, y de repente siente la urgente necesidad de abandonarlo. Baja. Entra a un restaurante chino, compra una sopa de wantón con fideos, mientras se preparan para cerrar el lugar. Quien la atiende transpira las ansias de sentirse libre, esa efímera libertad que regala la eterna recurrencia del fin de jornada. Las calles están tan solas, no hay ruido y ella se pasea por la acera, cruza la calle con toda la soltura que le da la certeza de no saber qué rayos está haciendo. Llega a la parada y ante la mirada perpleja de esclavos manumitidos de la era feudal, se toma con fruición la sopa de wantón. Y al levantar la mirada divisa frente a ella a la mujer y al bebé anencefálico. La mujer ahora lleva un vestido de cartón, parece ser la base de algún juego de figurines.

Ya no tiene hambre, pero camina a un restaurante de comida rápida y pide el menú infantil. Las dependientes están de mal humor, lucen cansadas; escucha que les descontaron algo de la quincena, seguramente un acto más de miseria patronal. Pero la solicitud de ella les hace gracia y les aporta un momento de distracción. Sí, ver a una muchacha en plena madrugada, pidiendo para sí misma una cajita feliz con toda la ilusión de la sorpresa intrínseca, que al azar fue una mariposa de plástico azul. Fue bueno para ellas, que ya no esperan novedades ni sorpresas.

Llega a su casa y se encuentra, como siempre, con sus muñecas mutiladas: sin cabeza, sin dedos, sin piernas o sin ojos. Una al lado de la otra, en aquella repisa llena de polvo que se desliza por la ventana y el cielo raso que ruge al viento. Ya son las dos de la mañana.

Llega a su casa y se encuentra, como siempre, con sus muñecas mutiladas: sin cabeza, sin dedos, sin piernas o sin ojos. Una al lado de la otra, en aquella repisa llena de polvo que se desliza por la ventana y el cielo raso que ruge al viento. Ya son las dos de la mañana. No tiene sueño, nunca lo tiene. El insomnio se ha convertido en un hábito más. Se pone a escribir, pero se repite la historia, otra vez la historia queda a medias, no hay nada más seguro que la inspiración rebelde de una mente oscilante. Inician los monólogos en aquel lenguaje que sólo ella descifra: “Te dijeron y te has dicho mil veces que encuentres o te inventes algo para existir, algo que te guste, y tratas, escarbas, buscas en ti y fuera de ti, pero el vacío resulta más inescrutable que tu propia incapacidad de definirte, de inventarte, de existir.” Abre el refrigerador, en los siguientes treinta minutos los abrirá unas 7 veces hasta que se come casi una libra de lentejas. Al día siguiente no comerá nada y se pasará tomando agua caliente cada 7 minutos. Trabaja en un restaurante de comida china. Todos los días su mirada se tiene que posar al servicio de una variedad de personas, de las que tan sólo puede imaginar sus historias. Hay algo paradójico en todo esto y es que detesta la pretensión de imaginar vidas ajenas, pero lo hace. Tongos, funcionarios coimeros, familias, novios, compañeros de trabajo, también hay quienes vienen juntos, pero durante toda su estancia de milagro se dirigen la mirada. Está el que emocionado comparte la mesa con algún chino y le dice que quiere ir a China. Está el que no sabe los nombres de los platillos del desayuno, pero aún así, y con gran convicción, se los pide en cantonés y luego la hace trabajar doble, porque su imagen visual no conecta con lo que solicitó. Está el que quiere descuento de jubilado, también el que evidentemente es jubilado y al calcularle la cuenta en base a esto, dice que no, que él no es jubilado. Está el que nunca ha venido al restaurante y quiere que le sugieras algo, está el patán machista chino que te quiere tratar como su sirvienta porque en un subconsciente inventado se cree descendiente directo de la dinastía Qing y su ilusión de existencia superior; también está el cliente lujurioso, el que tiene complejo de señor feudal, entre otros.

Los identifica por cómo dejan la mesa al terminar, y con ello puede ser que se pinte sonrisas y sorpresas. Hay quien deja todo muy limpio, los platos casi ordenados, pero está el otro, ese que, visto desde una esquina, sin siquiera estar listo para partir, aterroriza: huesos de patitas de pollos masticados y escupidos en la mesa, como para leer la suerte; agua y salsa derramada y multitud de servilletas usadas por todas partes.

Hoy, un señor —luego de darle su cuenta— le dio cinco dólares envueltos en una servilleta. “Es para ti”, dijo. Seguramente es visitante asiduo de estos sitios de discriminación solapada, donde el chino gana como golden roll y el resto como silver roll. El chino puede comer lo que quiera, el resto sólo carne (gordo) y arroz. Las propinas las distribuyen los empleados chinos, y después de una semana de recogerla, le dan, si acaso, solo $5. No preguntes cuánto les toca a ellos, que la vida a lo Sísifo, a la oriental, se agradece. Pero ellos, los golden roll, hay que decirlo, también están llenos de tragedias, y en sus incomunicaciones se curten historias de un barco perdido y de una constante huida hasta regularizar su situación, porque de China a Panamá no hay una carretera, y sí muchas penurias que les trastocan la vida, pero no la determinación. No, no tienes idea de la cantidad de historias que caben en un tazón de sopa de wantón. Ella sí, incluso se quema con ellas. Pero ese día fue realmente especial, justo ese día, luego de mucho insistir, empezaba a trabajar en la cocina. Cuando llegaron los productos para el día, le tocó a ella recibirlos, verificar que no faltara nada en el pedido. Todo parecía en orden, hasta que se dio cuenta de que había una caja de más. Una caja mediana, color rojo. La abrió: Eran cabezas humanoides del tamaño de un puño. Por sorprendente que parezca, no las dejó allí, se las llevó al baño y con un cuchillo las abrió: estaban rellenas de carne de cerdo.

Alessandra Monterrey Santiago

Autora

Alessandra Monterrey Santiago

Poeta, cantante y actriz. Es cofundadora del proyecto de formación literaria TigreAzul LaberintoRoto.

En 2018, obtuvo el primer lugar del Concurso Municipal de Poesía León A. Soto por su poemario 'La perfección de lo finito'.

También ocupó el primer lugar, categoría Poesía, del Concurso Nacional de Premios IPEL a la Cultura Laboral, 2017, por su poemario 'Me ilumino de inmensidad' y es ganadora del Premio Gustavo Batista 2016 por el poemario 'En un bosque donde todos los pájaros son llamas'.

El relato 'Sopa de wantón' es parte del libro 'El Karma de lo mutante', con el cual obtuvo el primer lugar en el concurso estudiantil universitario de relato corto 2018, organizado por la Universidad de Panamá.