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21 de Sep de 2020

Cuentos y poesía

Todo se convirtió en tormenta

Cuentos y Poesías del 29 de febrero de 2020

Todo se convirtió en tormenta
Todo se convirtió en tormenta

El huracán de la noticia devoró cada una de sus emociones. Sus pensamientos quedaron suspendidos en medio del caos. Está muerto, seguía replicando una voz diferente en su cabeza. Está muerto, ¿qué puedes hacer al respecto? Su cuerpo no reaccionó y las lágrimas cayeron.

—¿Cómo? —preguntó después de una larga pausa. Su voz era tan suave que la persona frente a ella apenas pudo escucharla.

—En la carretera. Infarto fulminante. Lo siento, ¿quieres que llame a alguien? —le dijo su suegro.

Silencio. ¿Quién podía detener aquel dolor? ¿A quién podía llamar en aquellas circunstancias? Los rostros a su alrededor estaban surcados por una preocupación casi conmovedora. Sentía sus miradas clavadas en su rostro ovalado, buscaban algún consuelo en sus ojos verdes. Unas manos pequeñas apretaron sus brazos.

—¿Mamá?

La voz infantil la despertó de aquel letargo. Se inclinó para tomar al niño y sentarlo en sus piernas. Hundió el rostro en su cuello y lloró. Del otro lado, otra niña de rizos desordenados, lloraba también.

—Vas a estar bien —dijo una voz conocida. Quería creerlo, pero sabía que nunca lo estaría.

Los días pasaron con mucha lentitud, sobrellevaba el peso de la noticia en todo su cuerpo. Desde la puerta de su casa veía cómo era despojada de todo por lo que algún día había luchado. Quería echarle la culpa, recordarle con rencor no haber solucionado el papeleo a tiempo. Gran parte de sus bienes correspondían a su suegro, otros a aquella esposa de la cual nunca se divorció. Decir que tuvo una convivencia feliz, era decir nada. Recordaba su risa, sus ojos cansados en las noches, su voz ronca cuando murmuraba que la quería. Ella creció siendo pobre y él le brindó un escape. Veía a sus dos pequeños corretear por todo el patio. Sus risas y ganas de vivir la acompañaron en sus días de profunda soledad.

Las palabras «tienes que irte de mi casa» se quedaron grabadas en la mente de Blanca. Impaciente por desprenderse de aquel ogro, comenzó a recoger todas sus cosas, preguntándose a dónde se iría con sus dos niños pequeños.

—¿Va a dejar a sus nietos sin hogar? —le increpó con lágrimas en los ojos, mientras el desespero surcaba sus arrugas.

El viejo se encogió de hombros y le recordó que tenía que irse. No miró a los niños, tampoco a Blanca. Después llegó la hija de su esposo, que tuvo con otra mujer, a reclamar parte del terreno. Blanca no quiso responder. A ella le parecía increíble cómo alguien podía cambiar por dinero, tomar lo que no le pertenecía sin pudor ni vergüenza. Siempre veía el mundo distante, distorsionado y lleno de ambiciones. Esperaba proteger a sus hijos de la suciedad de afuera, de la codicia que a veces sobrepasa los límites de una familia.

Ellos sabían que Blanca luchaba por sus hijos todos los días y que cuidaba de su esposo. Es posible que a Blanca le hubiera faltado más carácter para enfrentarlos, pero al ser despojada de él, no le quedaron fuerzas para reclamar. En su corazón no había espacio para el odio. Podían quitarle todo, él nunca volvería. ¿Qué podía importar, entonces, una trifulca por los bienes materiales?

Al salir, todos los vecinos se aglomeraron en la puerta, gritando que esa casa era de Blanca y que no permitirían que se fuera. Desde el estacionamiento, con los pies embarrados de aceite de camión, los miraba a todos como si se tratase de una película muda. Personas gritaban, otras peleaban. Sus gritos apenas llegaban a sus oídos.

—¡Quítale todo! ¡Que se vaya desnuda! —vociferó la hija de su difunto esposo. Una mujer de ojos grandes, tan oscuros como su propio corazón. Se llamaba Milena. Mientras la señalaba, recordaba los días de sufrimiento de su marido por el poco interés de su hija en su vida. Apenas se veían. Blanca dirigió la mirada hacia sus hijos y quiso decirles que todo estaría bien, sin embargo, las palabras se ahogaron en su garganta.

—Bueno, qué más da. —replicó el viejo. Se dio media vuelta y se fue. Entre aquel griterío, las personas lo empujaron hacia la salida. Al menos ese día tendría una tregua.

Los días pasaron y Milena dividió el terreno e hizo su casa. Blanca observaba todo desde la ventana con una taza de café en las manos. Veía a los trabajadores caminar de un lado a otro. Bromeaban entre ellos. La casa quedó construida de una forma extraña, un poco doblada hacia un costado. Así vivió ella con sus dos hijos. Se asentó en el lugar que nunca fue suyo.

Milena invitó a Blanca para jactarse de sus lujos. Mira esto, mira aquello. Mira lo que nunca podrás tener. Blanca albergaba una sensación incómoda. Había algo extraño en el clima de esa casa. Se veía un poco deforme, inclinada, pero firme. Cuando se despidió, salió con una sensación extraña en todo el cuerpo. Al voltearse, solo vio oscuridad. Como la boca de un lobo.

Los días eran lentos y el miedo a perderlo todo se fue apaciguando poco a poco. Blanca limpiaba casas para poder llevarles a sus hijos algo de comer, incluso Milena la invitaba a cuidar de los suyos. Aceptaba porque era trabajo, pero le costó ignorar los comentarios de suficiencia, llenos de arrogancia. Miraba el cielo y le preguntaba a su difunto esposo por qué. ¿Por qué me dejaste sola? ¿Por qué tenías que irte? Ella quería comprender y perdonar.

Fue de nuevo a la casa de Milena para cuidar a sus hijos. Eran niños bastante alegres. Querían a Blanca, la esperaban impacientes todos los días. Los llevó a su patio para contarles historias y jugar. El cielo brillaba, el viento soplaba con suavidad. La quietud del lugar la hizo ponerse en alerta y buscó a sus dos pequeños con la mirada, ellos, junto a los hijos de Milena, intentaban alcanzar algunas uvas de un árbol. Saltaban entre chillidos, varias cayeron a sus pies y estos se mancharon del líquido dulzón. El abuelo entró al patio ignorando a Blanca, saludó a los niños y se dirigió a la casa de Milena. Mientras acomodaba la ropa, sus pies temblaron. Cuando se dio cuenta de que no eran sus pies sino el suelo, alzó la mirada hacia la pequeña casa deforme. El grito se contuvo en su garganta al ver que esta se desplomaba de golpe. Boom. Luego una nube de polvo cubrió su vista.

Hilos de sangre gotearon desde los muros destrozados.

—Supongo que ya no nos pueden hacer daño, ¿verdad, mami?

Blanca vio a su hija de seis años contemplar la casa hecha añicos, con las manos llenas de uvas y los pies manchados. El viento agitaba sus rizos dorados.

—No, supongo que no.

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