Temas Especiales

07 de Apr de 2020

Cultura

Víctimas de la indiferencia

¿Será que no me quieren allá arriba? ¿Será que todavía tengo algo que hacer aquí en la tierra? “Se pregunta Ernesto Osorio, sobrevivient...

¿Será que no me quieren allá arriba? ¿Será que todavía tengo algo que hacer aquí en la tierra? “Se pregunta Ernesto Osorio, sobreviviente del envenenamiento masivo con dietilenglicol, que a partir de septiembre de 2006 produjo en Panamá 124 muertes, según datos oficiales, y 760, según el Comité de Familiares de las Víctimas.

Osorio, sentado en una mecedora de cuero color café oscuro, apoya sus manos en los brazos de la silla, mirando la calle a través de una reja radiada que rodea la pequeña terraza, recordando mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas casi sin pausa, como resultado del envenenamiento. La lluvia empieza a caer, primero en gotas esporádicas, para desgajarse en un torrencial aguacero que refresca pasajeramente el bochorno de la tarde.

En esos días, que Ernesto no podrá olvidar jamás, nadie - ni los médicos del seguro social y menos los pacientes- se imaginaba que este jarabe para la tos tan utilizado en los centros de salud pública, igual para adultos que para niños, causaría el más grave caso de intoxicación masiva en Panamá y el peor envenenamiento por dietilenglicol en el mundo.

A los hospitales públicos llegaban pacientes con náuseas, vómitos, diarrea y debilidad general en las extremidades, que se agravaba con la imposibilidad de orinar. Y se morían sin explicación. Los médicos desorientados hablaban de enfermedades raras, como el síndrome de Jean Barré, que afecta al sistema nervioso periférico y a veces al central y en el que el sistema inmunológico ataca a sus propios tejidos produciendo una incapacidad en los nervios de transmitir señales eficientes, síntomas parecidos a los que produce el envenenamiento por dietilenglicol.

El dietilenglicol, de la familia de los alcoholes, es -según Wikipedia- un líquido viscoso incoloro e inodoro de sabor dulce, que puede ser mezclado con agua y alcohol. Es utilizado como disolvente industrial en la fabricación de anticongelantes. Se absorbe rápidamente por vía digestiva y respiratoria y a través del contacto prolongado con la piel. Su metabolización en el organismo se realiza principalmente en el hígado y el riñón. No es la misma sustancia que el etilen glicol y el propilen glicol, no tóxicos y autorizados para el consumo humano en algunos productos y alimentos.

Una empresa china exportó una partida de dietilenglicol que fue vendido como glicerina, atravesó varias fronteras sin ningún control sanitario ni de calidad, pasó por una empresa española que lo reenvasó, le cambió las etiquetas y lo revendió hasta llegar a Panamá. Aquí creyendo que era glicerina lo utilizaron para la fabricación de jarabes para la tos, antihistamínicos, calamina y pasta al agua.

Osorio recuerda que esa tarde, cuando regresaba de dictar clases en la regional de Colón, empezó a sentir que le ardía la garganta y pensó que se estaba resfriando. Por eso fue enseguida a la Policlínica JJ Vallarino del Seguro Social a ver al médico, que le recetó dos frascos del jarabe. “Después de tomar los dos frascos me sentí peor”, dice. “Tenía mareos, debilidad, malestar general”, así que regresó al médico, quien le dijo que era el resfrío y que mejor se llevara otro frasco, que eso lo iba a curar.

Pero unos quince días después, manejando su automóvil, sintió que se iba a desmayar, “empecé a ver los carros chiquitos y no sabía lo que me pasaba”, cuenta. “Así que me fui al seguro de Villa Lucre. Duré como cuatro días sin ir al baño y estaba todo hinchado”, relata.

“Lo llevaron a urgencias del Complejo y ahí lloraba y gritaba por el dolor” tercia Enid, esposa de Ernesto. “Lo atendió un Dr. Rodríguez que dijo que lo que él tenía era una enfermedad contagiosa. Jean Barré, decían que se llamaba. A mí me quemaron toda la ropa y me rociaron con un spray”, agrega. Ese día, recuerda Enid, llegaron unas 20 personas al complejo y todas, una a una se iban muriendo. Pero a Ernesto le hicieron una diálisis de inmediato. Para su esposa, esa fue su salvación.

Cuando Enid regresó al hospital, donde había quedado ingresado Ernesto, él estaba en un coma, del que no saldría hasta 9 días después. Lo mantuvieron 72 días hospitalizado y después de ese tiempo “aunque no estaba nada bien, cuenta Enid, querían enviarlo a la casa sin ayuda, así que me opuse y se quedó un tiempo más”.

Aún sin tener claro el origen del mal y ante un aumento inusual de casos de insuficiencia renal aguda que les generó el temor de enfrentarse a una enfermedad infecto contagiosa, las autoridades panameñas de salud pidieron apoyo a la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y al Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), con sede en Atlanta. “Los doctores de Atlanta vinieron y dijeron que fue el guayacolato sin azúcar”, recuerda Enid.

Desde esa primera vez que llegaron los especialistas estadounidenses a Panamá, le han realizado toda clase de exámenes a Ernesto, en varias ocasiones, lo cual él considera que lo ha ayudado a mejorar rápidamente.

EL ERNESTO DE HOY

A causa del envenenamiento, Osorio sufrió una parálisis facial que le impidió cerrar completamente la boca por un buen tiempo, dificultad para mover las extremidades que todavía no ha logrado superar, una hinchazón en el vientre que poco a poco ha ido disminuyendo, uno de sus riñones está totalmente inservible y el otro funciona a medias. El dice que aunque su cuerpo ha quedado seriamente afectado, su mente está intacta. “Ni siquiera el coma me dañó el cerebro”, afirma.

Hoy, este hombre que nació hace 62 años en El Jobo, distrito de Chame y que estudió en la Universidad de Panamá, en la USMA y una maestría en matemáticas en la Universidad de Chapingo en México, no puede trabajar. “Tanto estudiar y estudiar, para morir en una máquina”, dice con amargura.

Tres veces a la semana debe hacerse en la policlínica de Villa Lucre, una diálisis que le ha dejado los brazos llenos de protuberancias en los lugares por donde se introducen las agujas para el procedimiento. Otras tres veces le hacen terapia del habla. Son 11 especialistas los que Ernesto tiene que ver permanentemente: “siquiatra, dermatólogo, sicólogo, oftalmólogo, ortopeda, cardiólogo y otros que no recuerdo y ocho medicinas diferentes que toma todos los días”, dice su esposa Enid, quien se lamenta porque el gobierno los ha olvidado.

Es cierto, reconoce Enid, que se les dio una ayuda de 69 mil dólares de parte del gobierno. “Pensaban que Ernesto no iba a durar un año, pero la plata se acaba. Se necesitan medicinas que nunca hay en el Seguro, transporte, luz eléctrica, porque él necesita aire acondicionado todo el tiempo y sólo tiene una pensión de 400 balboas que no alcanza para nada”, explica.

En efecto, el Estado otorgó, a 208 afectados por el dietilenglicol, una ayuda humanitaria de 30 mil dólares como mínimo y 100 mil como máximo, que se asignaron dependiendo del cuadro familiar y las condiciones socioeconómicas en cada caso.

Ha dejado de llover, la humedad hace que el calor sea exasperante, el sudor se confunde con las lágrimas en el rostro de Ernesto Osorio, quien mira el agua que corre por la calzada y dice como para sí mismo: “Antes era un tigre, ahora no soy ni un pollito”.

Miro a Edward, el fotógrafo, para decirle que nos vamos, y veo en su mirada lo que Ernesto Orosio quiso mostrarnos: la impotencia, la frustración y la amargura de una víctima, más que de la casualidad, de la indiferencia de sus iguales.

“Quiero que el gobierno me indemnice para morir tranquilo y dejar a mi familia bien y que se agarre a los culpables y paguen. No quiero que le desgracien la vida a nadie más”, dice este hombre llorando amargamente por lo que le ha tocado vivir desde aquel día, a mediados de 2006, en que un médico de la policlínica JJ Vallarino de la Caja de Seguro Social le diera dos frascos de guayacolato para la tos.