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25 de Nov de 2020

Cultura

Para entregarnos

M e pasó algo días atrás que me hizo permanecer contenta y relajada el resto de mi domingo. Iba a almorzar con mi familia a un restauran...

M e pasó algo días atrás que me hizo permanecer contenta y relajada el resto de mi domingo. Iba a almorzar con mi familia a un restaurante al que no iba hace más de cuatro años. No se por qué, quizás porque es muy definido el estilo de su cocina y uno no se repite con frecuencia en gustos tan particulares, o porque queda en un área que no frecuento.

La lluvia que caía era diluviana. Fuerte, incesante, mojada. Estacioné cerca de la puerta del restaurante para que bajaran los ocupantes del carro y me apresté a salir de nuevo a la calle a buscar un punto cercano, lista para ensoparme. El dueño del restaurante se acercó a preguntar dónde me dirigía. Al conocer la respuesta, me abrió el estacionamiento del edificio, envió a un ayudante a buscarme con un paraguas, nos obsequió flan al finalizar el almuerzo, nos acompañó a todos con paraguas a subir a automóvil bajo una lluvia que ya se extendía por más de tres horas, conversó un poco y nos despidió con una sonrisa y un gato negro hermoso que ronroneaba. Nos sentimos todos tan bien, tratados como personas por una persona. La calidez humana en cualquier ámbito, incluso en los negocios, es lo que genera fidelidad. Eso me recuerda cómo hace días estaba de compras y uno de los infantes que me acompañaba se emperró con un pantalón y se lo puso en el almacén, dejando el que traía puesto a un lado. Los permisos y autorizaciones que tuvimos que pedir yo, las vendedoras y las cajeras a los guardias de seguridad que con rostros de perplejidad y de inseguridad respondían que lo aceptaban me hizo pensar varias cosas: ¿cuánta gente les roba que hay tanta rigidez? Me pareció terrible. Al final los que somos medianamente decentes tenemos que pasar por tantos controles y situaciones incómodas debido a las malas experiencias de los comerciantes? Pero también pensé que la falta de tacto y diplomacia aumentan los malos momentos. La falta de explicaciones, sonrisas y gestos amables de parte de dependientes y cajeros de almacén nos llevan a salir incómodos, presurosos y a veces hasta ofendidos de las tiendas. Sonrío en silencio pensando que si hubiese más visión por parte de jefes, dueños y gerentes, con solo un mejor trato y un mejor manejo de situaciones de estrés, las ventas serían mucho mejores y el ambiente laboral mucho más positivo, redundando de nuevo en mejores resultados en ventas, efectividad y unidad. A mí con un “bienvenida”, “no se preocupe, déjeme revisar esto y lo solucionamos enseguida”, “con gusto marcaremos el precio y el niño se puede llevar los pantalones puestos, permítame solamente charlarlo con el seguridad para control interno, etc.”, ya me tendrían entregada, feliz, fiel a esa tienda donde me tratan como a alguien de la casa, que se merece explicaciones y trato amable.