Temas Especiales

14 de Apr de 2021

Cultura

Solo la nieve Tragedia sin olvidar

La noche cae en la Cordillera de los Andes. Al escritor uruguayo Pablo Vierci y a sus compañeros de expedición se les dificulta concilia...

La noche cae en la Cordillera de los Andes. Al escritor uruguayo Pablo Vierci y a sus compañeros de expedición se les dificulta conciliar el sueño. Lo que los mantiene despiertos no es sólo el frío y la falta de oxígeno, sino el nítido sonido de los aludes que se precipitan de las cumbres circundantes. Aunque los peligros de la montaña son algo nuevo para el autor y las cuatro personas que lo acompañan —todos ellos sobrevivientes de la llamada ‘Tragedia de los Andes’, que tuvo lugar cuando un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya se estrelló en la Cordillera de los Andes en 1972— conocen los límites a los que la nieve, el hambre y la desesperación pueden llevar a un ser humano. En el 2008, 36 años después del accidente aéreo, el periodista Pablo Vierci acompañó a cuatro de los sobrevivientes de la tragedia de regreso a la cordillera. El resultado de este encuentro con el pasado es el libro La sociedad de la nieve, publicado en el 2008. Previamente a su participación en la VI Feria Internacional del Libro de Panamá, que arranca el día de mañana en ATLAPA, el autor conversó con La Estrella vía correo electrónico.

¿COMO LO MARCÓ EL HECHO DE HABER SIDO COMPAÑERO DE JUVENTUD DE LOS SOBREVIVIENTES?

Yo tenía 22 años en la época, y en esa etapa de la vida que se mueran tus amigos de la infancia es una ‘disrupción’. A partir de entonces me posicioné diferente ante la vida y la muerte, porque entre otras cosas los ‘inmortales’ de la infancia, o los que yo consideraba ‘inmortales’, o algunos de ellos, murieron, y otros volvieron de la nada, del fondo de los tiempos, cuando nadie los esperaba.

¿QUÉ RECUERDA DE AQUELLA ÉPOCA, CUANDO PASABAN LOS DÍAS Y NO RECIBÍA NOTICIAS DE SUS AMIGOS QUE ESTABAN EXTRAVIADOS EN LA MONTAÑA?

La sensación de incredulidad. Los amigos acompañábamos la búsqueda, desde Montevideo, acompañábamos las formas más racionales y también las menos racionales con la expectativa de que esos ‘inmortales’ que uno tiene en su juventud, terminarían apareciendo. No sabíamos cómo, ni cuándo. Era una ilusión de que la vida no podía ser, en la flor de la juventud, tan traicionera.

¿CREE QUE DESPUÉS DE 36 AÑOS, FINALMENTE PUDO CONTAR LA PARTE DE LA HISTORIA QUE ESTREMECE EL ALMA?

Desde que se publicó el libro Viven, en 1973, un año después del accidente, los sobrevivientes, al igual que sus amigos, sentimos que esa crónica de Piers Paul Read era necesaria para que no hubiera infinidad de versiones parciales y falsas, pero al mismo tiempo percibí que faltaba contar las otras caras de la historia, pero que para hacerlo se requería que transcurriera mucho tiempo. Siempre sentí, tal vez por conocerla desde muy adentro, desde el entorno, que de esta historia faltaba contar lo que ‘sacude el alma’: ellos tuvieron que reinventar el mundo, porque el mundo, como existía, se había equivocado. Se equivocó cuando los dieron por muertos, se equivocó cuando suspendieron la búsqueda y se equivocó cuando los encontraron en Los Maitenes, y creyeron que jamás podrían sobreponerse a semejante hecho traumático. Sin embargo, los sobrevivientes construyeron en el Valle de las Lágrimas, en el centro de la Cordillera de los Andes, una sociedad diferente a la convencional, pautada por la misericordia; donde la vida y la muerte no son estados antagónicos, sino que se rozan; donde al herido, en lugar de expulsarlo, se le cobija, y hasta que no vuelve a remontar la cuesta no se le abandona; una sociedad donde lo posible y lo imposible son términos relativos y donde se aprende que la adversidad es parte inherente de la salvación.

SI USTED LOS HUBIERA ACOMPAÑADO, ¿CREE QUE HABRÍA SOBREVIVIDO?

No sé si en un caso como éste yo hubiera sobrevivido o no. Es una pregunta que he descubierto que se hacen todos los que leen el libro. Para escribirlo consideré imprescindible subir a la montaña, al lugar exacto del accidente. Lo hice con cuatro sobrevivientes, en un viaje de una semana, dos días para llegar, en la cordillera, dos noches en una carpa a 4 mil metros de altura, y dos días para regresar, siempre a caballo, hasta la naciente del río Athuel. Y así pude tener atisbos remotos de lo que pudieron experimentar: me era difícil respirar, moverme, el peligro acechaba en forma permanente. Esos días viviendo en la cornisa me aproximaron lo más que pude a estados complejos, a sabiendas de que aquello no era más que un pálido reflejo de lo que ellos tuvieron que vivir.