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06 de Mar de 2021

Cultura

Para renovar mi fe en el silencio

Yyo me dejo llevar. Cuánto quisiera que estuviera a mi lado siempre, porque sin ella desaparezco y dejo de ser y tengo miedo de la nada ...

Yyo me dejo llevar. Cuánto quisiera que estuviera a mi lado siempre, porque sin ella desaparezco y dejo de ser y tengo miedo de la nada y el no-ser. Necesito soñarla, pensarla, decirla, escucharla, escribirla, leerla, inventarla. Que se sepa, que se sepa de una buena vez, no puedo vivir sin ella lo mismo que un adicto no puede vivir sin su droga predilecta; y, como cantaba la finada Amy Winehouse, no me voy a rehabilitar, no, no, no. Adicto a la palabra soy. A la palabra del poeta, del cantor, de los dioses y los duendes. A la palabra de los maestros del espíritu, a la palabra del borracho impertinente; a la palabra de las hadas y a la palabra (¡el llanto!) de la tulivieja; a la palabra del sabio y a la palabra del loquillo del pueblo.

La palabra, la palabra, la palabra; la digo tres veces a ver si aparece, porque es huidiza y esquiva; heroína y destructora. La palabra: ciénaga, lago cristalino, pantano; fe y miedo, conjuro y pensamiento; mundo y melodía, enfermedad y curación; aroma y herida, es decir rosa y espada. Pero, felizmente, no estoy solo. Varios somos los que nos revolcamos en su lodo fresco, varios somos los que nos abandonamos a su fuerza y poder, a su sonido que abre caminos y que a un mismo tiempo dibuja y desdibuja vidas y horizontes.

Tanta subsistencia, tanta duda, tanto vacío que llenar. Enciendo las velas en la noche oscura. Vienen de la oscuridad versos y canciones. Lucía Gris, poeta argentina, me regala la siguiente frase: Hablaba por el solo gusto de perder palabras. Cierto, hablar (cantar, poetizar) es renunciar. La palabra es la derrota. ¡Pero cuánto se gana en el fracaso!

Sin embargo, antes que derrota y fracaso la palabra es imagen. Y la imagen es mensaje y los mensajes mejor encontrarlos en la noche. Y ahora es noche —de nuevo mi noche.

Recuerdo un dibujo que una vez vi en una de las tantas libretas de Kat Yurchenko, esa mujer que es imagen y labio y por lo tanto mensaje. Mensaje tan callado, tan silencio. Hace años la Yurchenko retrató al maestro espiritual Kirpal Singh: turbante, rostro rollizo, mirada de niño viejo y enigma detrás de la barba, pero ante todo serenidad y vida en las horas: presente. ¿Vida en la palabra, vida en el tiempo, como reza el título de un libro del poeta Salvador Medina Barahona? No estoy tan seguro.

¿Por qué retrató la Yurchenko a Kirpal Singh? No le he preguntado y mejor no hacerlo. Me respondo a mí mismo: Ella es silencio y el retrato hecho por ella es silencio. Ambos sabemos y aceptamos que el silencio no es más que la respiración acompasada de la palabra. Si no callara, diría que el silencio es el sueño de la palabra; que no pesadilla. ‘Es alucinación’ —agregaría la Yurchenko—: Kirpal Singh es quimera, deslumbramiento, es lo supremo en la ausencia de palabra. Eso quise captar en el retrato. No sé si lo he logrado’. Yo me le quedaría mirando con ternura y le diría: ‘Poco importa. Recuerda lo que canta el amigo y colega cantautor, Carlos Méndez: Hoy tenle fe al fracaso’. La Yurchenko me sonrería y remataría: ‘Y tú, hoy tenle fe a la no-palabra, al silencio’.

MÚSICO Y POETA