La Estrella de Panamá
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13 de Oct de 2019

Cultura

Culpables y responsables

No, los comentarios xenófobos no son nunca inocuos. No puedes hablar contra unos extranjeros sí y contra otros no

Ella es delicada y femenina. Educada, gentil y generosa. Todo en ella es calma y sosiego. Ella es ese tipo de mujer que las mujeres como yo nunca podremos llegar a ser.

Ella iba con una amiga en el Metro hace unos días. Sentada en los asientos enfrentados, y dándoles las feas caras, dos mujeres. Cuatro mujeres en un vagón lleno de gente, hablando.

De pronto, una de ellas, panameña vida mía, estira las piernas, invadiendo el espacio interpersonal de mi amiga. La intervenida encoge sus piernas para permitir la comodidad extra de la maleducada desconocida y sigue en su conversación.

La grosera se estira aún más y mete sus pies debajo del asiento donde va sentada ella. Mi amiga y su compañera deciden levantarse y terminar el viaje de pie, así que inicia el movimiento de incorporarse y entonces, la bestia parda que tuvo la desdicha de llevar enfrente, se va contra ella y le da un golpe en el rostro. Y le dice: ‘Tú no eres panameña, no tienes derecho a estar aquí'.

Ella, sostenida por su compañera, se levantó y ambas se bajaron en la siguiente estación. En silencio, con lágrimas en los ojos y la cabeza gacha. Nadie en ese vagón lleno de gente, nadie, movió un dedo. Todos los viajeros, curiosamente, estaban mirando en otra dirección.

Ella tiene hoy una contusión en el pómulo que se le extiende hacia la sien. Ella está triste, ella, que ha llegado a amar este país, ha decidido marcharse.

Hace un par de años, otros amigos decidieron irse. En aquel momento yo me reí y le quité hierro a su miedo, afirmando que en Panamá no iba a pasar nada, que nadie los iba a atacar, que los que rebuznan consignas son los menos y que la gente buena de este trocito de tierra nunca iba a permitir la injusticia.

Pues bien, con el estómago revuelto de asco lo digo: me equivoqué. Con la bilis atorándome la garganta, lo acepto: erré. Con la rabia en los ojos les doy la razón: la ignorancia, el miedo, el odio, siempre ganan.

Ya está aquí. Los imbéciles que, a sabiendas o sin saberlo, han azuzado la hoguera del pseudonacionalismo, de la xenofobia y del resquemor hacia el extranjero, lo han conseguido. Ya se ha destapado la olla de la violencia.

No, los comentarios xenófobos no son nunca inocuos. No puedes hablar contra unos extranjeros sí y contra otros no. La jarca ciega y rabiosa no discrimina y la emprende a dentelladas contra aquellos que cree responsables de la pérdida de su parte en el condumio de la porqueriza.

No puedes azuzar a la plebe contra un cabeza de turco y luego pretender que no le arranquen los ojos. Sí, lo que pasó en Alemania en el 1931 empezó así, con gente imbécil (o no tanto) señalando con el dedo a los supuestos responsables de una crisis. Y ya sabemos todos como terminó. Pero, ¿saben qué?, los que veían como arrastraban por la calle a inocentes, los que veían cómo los llevaban a los trenes hacia el horror absoluto, los que lo veían y no hicieron nada, ellos, también son culpables. Aunque su mísera conciencia quisiera hacerles creer que no.

Los que acusan a los extranjeros de lo malo que aqueja Panamá son también culpables del ojo morado de una inocente. Tú, mi querida amiga, y tú estimado amigo, vosotros que habéis repetido aquello de ‘No es xenofobia pero…' sois tan culpables de la agresión como la hija de la gran puta que soltó el puño. Que lo sepáis. Y que os duela.

MÓNICA MIGUEL