La Estrella de Panamá
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17 de Oct de 2019

Cultura

La pollera de Simona

El portal de la casa de Simona era parte de la monotonía del paisaje y del calor de los veranos en el pueblo de Paris.

El portal de la casa de Simona era parte de la monotonía del paisaje y del calor de los veranos en el pueblo de Paris. Ese calor hizo recordar a Noli las memorias y recuerdos de sus más insólitas aventuras. El ñame frito, los polvorientos remolinos de viento y las interminables tardes eran el marco para salir a los potreros en busca del tesoro de París. Era esos instantes en que ella alimentaba su fantasía y su imaginación volaba para encontrar, quizás tras los fuegos fatuos, las maravillas ocultas del legendario guerrero, cuyo nombre llevaba el pueblo. Entre primos y amigos discutían sobre dónde estaría escondido el tesoro. Tal vez detrás de esos matorrales de chumico o de uvitas corraleras, o quizás en el fondo del pozo de brocal de la casa de la tía Jacobita.

Era, durante esos mismos veranos y las interminables tardes de calor y plática, cuando las mujeres del pueblo se entregaban a compartir con las niñas y en los portales de Paris el conocimiento y la tradición. Jacobita, Marinés y Simona eran tres de las mujeres del pueblo conocidas como de poca palabra pero de amplio conocimiento. Juntas eran llamadas las ‘señoras que saben'. Su magia iba más allá de lo cotidiano, sabían de plantas, remedios y de rezos y letanías para lograr lo inalcanzable. Ellas custodiaban las más arraigadas artes y tradiciones del pueblo. Era el momento en que Noli, junto con sus primas, aprendía de ellas las artes de fabricar tembleques. Esta tarea era alimentada por la ilusión de engalanar sus cabecitas con las flores para la tuna de polleras del martes de carnaval. Fantasía que alimentaba la magia de la fiesta tan esperada.

Simona guardaba, en el estante de su cuarto, la pollera blanca con la que se casó con el abuelo Yeyo por allá por los años 20. Noli aguaitaba con toda la inocencia de sus 12 años los encajes de la pollera blanca de Simona y no paraba de imaginarse, ella, engalanada entre los mundillos blancos del tapabalazo de esa camisa de encajes. La pollera de la abuela Simona era su máxima ilusión.

Noli terminó de confeccionar la cabeza de tembleques ese verano, pero la muerte sorprendió a la abuela Simona, quien murió antes del martes del Carnaval de un inesperado mal que los médicos no pudieron diagnosticar. La muerte de la abuela cubrió de luto la casa, el pueblo y la ilusión de la niña Noli.

Los preparativos del funeral de Simona fueron cumplidos de acuerdo a los deseos de la difunta. La abuela sería enterrada en el cementerio del pueblo con la asistencia de todos los dolientes y amigos de Paris. Los ritos funerarios incluyen esparcir cal viva sobre los cuerpos, dicen que para acelerar los procesos de descomposición y evitar malos olores.

El féretro de Simona fue abierto y el procedimiento cumplido. Noli no podía ver ni respirar porque el llanto la anegaba, al ver su ilusión de niña rota en mil pedazos, más allá del dolor por la muerte, no podía contenerse al descubrir que, tras la blancura de la cal que caía sobre su abuela, estaban los encajes blancos de la pollera de Simona.

COLUMNISTA

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‘Entre primos y amigos discutían sobre dónde estaría escondido el tesoro. Tal vez detrás de esos matorrales de chumico o de uvitas corraleras, o quizás en el fondo del pozo de brocal de la casa de la tía Jacobita'

ORLANDO ACOSTA PATIÑO

Columnista

Humanista con formación en ingeniería industrial.

Desarrolla estudios en el campo del desarrollo urbano, turismo y ambiente, con interés en temas patrimoniales.

Su trabajo periodístico se recopila en columnas de opinión en ‘La Estrella de Panamá' y ‘La Prensa'.