La Estrella de Panamá
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22 de Oct de 2019

Cultura

Curas de prepucio estancado

Lo veo en la pantalla.. El mismo cura con cara de hipopótamo flácido que me guiñaba el ojo cuando coincidíamos en eventos protocolares

Lo veo en la pantalla.

El mismo cura con cara de hipopótamo flácido que me guiñaba el ojo cuando coincidíamos en eventos protocolares anuncia con calma etílica: «no es discriminación, pero con la bandera panameña no se metan. No existe, se los aseguro, un estandarte de la diversidad sexual», y yo trato de ahogar el dolor que me causan sus palabras haciendo aritmética de todas las sotanas en las que descargué pasión.

Pero el cura celomado tiene voz de volcán, «la bandera es un símbolo sagrado de nuestra nación de rinocerontes en estampida», y el conteo llega a un millar de cruces erectas, ostias saladas, incienso espumoso. Trato de expulsarlo, pero él sigue allí, «con sus actos nos obligan a tomar las armas. Porque la revolución no vendrá de nuestros recurrentes amigos ñángaras ni de nuestros paquidermos colegas sumamonedas. Acariciados por el poder de la brisa ecuménica de la Virgen de Guadalupe, nos encontramos a un paso de la revolución religiosa latinoamericana. De encontrar la calma final».

Damián. En ese zoótropo que ha invadido mi cerebro está el Damián de hace veinte años compartiendo mi colchón universitario. Partido en 360 grados, veo a aquel sacerdote recién salido del seminario con su mirada triste, dientes de té y un curioso caso de fimosis. Mareado por su belleza de irlandés rural, dejo que regrese, que me hable nuevamente con su inagotable capacidad de arrastrar cada palabra que pronuncia: «No creo en dioses omnipresentes ni milagros de pan y vino. Pero no te equivoques. No dejaré mi sacerdocio por mi falta de fe en mitos, por ser gay o por un romance». Tratando de estirar mi cuello y abrir mis ojos hasta que las pestañas me lleguen a la frente, escucho su confesión: «la mujer que llega a la capilla confundida por los golpes de su marido, la adolescente que quedó encinta por un imberbe que apenas conoce: vienen a mí en busca de calma, confían en el poder que me ha dado nuestra iglesia. Con el alzacuellos, mi intenso deseo de ayudar a otros a darle significado a sus vidas se convierte en realidad todos los días».

Los mejores parlamentos del Padre Damián venían después de la venida. Tal vez sus monólogos poscoitales eren influenciados por el intenso placer que le producía el doloroso caparazón inmovible que envolvía su glande, o quizá se inspiraban por los llantos de culpa que le producía cada orgasmo y que solo podían ser callados con una plegaria donde cada palabra era alargada en una combinación cremosa de latín y gaélico irlandés. Lo cierto es que sus palabras aún viven en mí: «¿Fuiste a escuela jesuita? Esos nunca entendieron que una cosa es ayudar a los pobres y otra es mentirles con promesas de revolución social. El Papa hizo lo correcto al amordazarlos». Y sigue: «Todos los días hago terapia familiar con esposos destruidos por la falta de atención de sus mujeres. Ellas trabajan, atienden a los niños, cocinan. Están cansadas. Y no trabajan porque quieren. ¿Qué mujer trabaja por placer? Han sido obligadas a abandonar el hogar porque todo está caro. Caro porque el gobierno malgasta nuestros impuestos, sin límites. Esa presión está causando que la institución de la familia se desintegre».

El Padre nunca me hablaba de los milagros de Jesús. El sacerdote irlandés no tenía prioridades religiosas. Damián eyaculaba saboreando el placer de controlar a otra persona. Él deseaba que sus feligreses encontraran significado en sus vidas dentro del poder masculino, blanco, heterosexual. En fin, el fimoso no era más que un activista heteropatriarcal capitalista. ¡Eso! Con esas tres palabras puedo encauzar la ola de emociones que ese sacerdote con el prepucio estancado aún produce en mí. Expulsarlo. Reducir el poder de lo que él calla en el púlpito.

Y con esas mismas tres palabras podría comenzar a enfrentar que las marchas por la familia y las cartas en contra de banderas de arcoíris del cura con cara de hipopótamo no constituyen una revolución ni son religiosas. El rino entiende que la mayoría no queremos cambios porque cambiar duele. El hipo sabe que queremos calma entre tanto caos. A cambio de seguir sus órdenes, el cura nos regala el analgésico de la lucha para que las mujeres paran sin parar, para que el diploma universitario se convierta en hipoteca a bajos intereses, para destruir enemigos imaginarios que perturban el sistema límbico, como los gays, lesbianas y trans.

Ya no lo veo en la pantalla.

Como sarro amontonado, no puedo decirle adiós ni expulsar el escozor que me causa su mal llamada revolución religiosa. No sé cómo desmenuzar lo que él calla, recobrar toda la humanidad que él pretende desintegrar. Me quedo en silencio y escucho entre rumores y tuits el crepitar de esa henchida ola de calma que él llama salvación.

ECONOMISTA Y ESCRITOR

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‘Los mejores parlamentos del Padre Damián venían después de la venida. Tal vez sus monólogos poscoitales eren influenciados por el intenso placer que le producía el doloroso caparazón inmovible...'

JAVIER STANZIOLA

Economista y escritor

Dramaturgo y novelista. Ha sido ganador cuatro veces del Concurso Nacional de Literatura Premio Ricardo Miró.

Con su novela ‘Hombres enlodados' se aborda por primera vez en la literatura panameña el tema de la identidad de género y fluidez sexual.

Su obra de teatro ‘De mangos y albaricoques' fue la primera en recibir el Premio Ricardo Miró bajo una temática gay. Una de sus más recientes obras, ‘El mito de la gravedad', aborda el tema del matrimonio y la adopción igualitaria.

Otras de sus obras de teatro incluyen ‘Solsticio de invierno', ‘Hablemos de lo que no hemos vivido' y ‘Cristo Quijote Tratado'.