La Estrella de Panamá
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16 de Oct de 2019

Cultura

Medio ambiente

Aquí a la gente le encanta la naturaleza, pero domesticada

Panamá la verde. Abundancia de peces. Abundancia de mariposas…

Hace años, cuando llegué a este pedacito de tierra una de las primeras cosas que me golpeó, claro está, fue la vaharada de fogaje y humedad al abrirse las puertas de Tocumen. Luego me avasalló el verde, de todos los tonos, en todos sitios. La naturaleza abriéndose paso de forma brutal en cada resquicio. Animales y vegetales de todas formas y tamaños colándose por cualquier rendija. Campando por sus fueros.

Y entonces comencé a fijarme, (¡qué puedo decirles!, lo llaman deformación profesional), en cómo el panameño lidiaba esta batalla ancestral: la guerra contra la naturaleza.

Aquí a la gente le encanta la naturaleza, pero domesticada, es decir, la grama recortada y limpia, en sus zonas delimitadas con tiralíneas, y no para poder pisarla y disfrutar de ella tumbándose a leer un libro, no. Solo para ver la hierbita desde el paso seguro de concreto. Le gustan los árboles, pero poco. Es decir, sí les gustan, pero no. A ver, que no quieren que las raíces levanten la acera, ni revienten las tuberías, no quieren que las ramas les lleguen a la ventana porque los ladrones se trepan y los bichos se aprovechan. No quieren que les dejen caer hojas en el porche, ni frutas en el patio. La sombra en las aceras está muy bien pero los pájaros cagan y les manchan los carros. Y en la carretera los árboles de los arcenes son un peligro cuando se colocan en la trayectoria de los conductores que deciden salirse de la vía. La naturaleza está muy bien, pero viéndola desde la playa, bajo una sombrilla, con un depósito gigante de cervezas con hielo al lado, comiendo arroz con pollo en platos de plástico, con cubiertos desechables, y con un equipo de sonido a toda mecha al lado, con la música más estridente que puedan encontrar, rivalizando con la del grupo familiar de al lado, que están haciendo lo mismo.

Les gustan los animales, pero poco y de lejitos, y sobre todo los que sean bonitos. La mariposas sí, las polillas no. Nada que ver con los poco agraciados, no importa que les cuentes la cantidad de beneficios que trae tener cerca sapos, boas, zarigüeyas y arañas. Machete con todo aquel que ande cerca y a los insectos y roedores que proliferan, claro está, cuando les eliminas los depredadores naturales, fumigación al canto.

Quizás, pienso yo, es la reacción cultural normal a siglos de denodada lucha con un ambiente hostil que trata, segundo a segundo, de recuperar lo que es suyo por derecho, pero aquí, el ser humano no ha entendido eso de que si no puedes vencerlo trata de no joderle y únete a ello. No. Aquí somos tan ingenuos que creemos realmente que vamos a ganar, que podemos crear los jardines de Versalles en el Darién. Y no.

Pero no se preocupen ustedes, el desastre natural que estamos presenciando va a pasar factura. Y de las grandes: deslaves, inundaciones, ustedes esperen y verán qué divertido. Lo malo es que esas facturas no las suelen pagar los cocotudos en cuyas manos estaba el poder tomar las decisiones para parar esto y cuya avaricia, codicia, ambición, avidez, rapacidad y ruindad nos está dejando a todos sin aquella Panamá verde. La factura la van a pagar, como siempre, los que menos tienen, los que compran su casita en una barriada que se vende como ‘ciudad jardín' y que solo tiene de jardín los parterres misérrimos a un lado del porche de entrada, techado, desde luego, para que el carrito duerma a cubierto.

COLUMNISTA