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21 de Nov de 2019

Cultura

El puente roto

Nos iba llamando en orden alfabético, nos poníamos de pie y nos miraba un segundo antes de llamar al siguiente

No es un lunes cualquiera, es mi primer día de secundaria. Aunque esta sea la escuela oficial del vecindario y vivo a unas cuantas calles, no puedo decir que me siento en confianza. Esta mañana cuando salí de la casa, yo todavía era yo, pero al llegar aquí fui arrastrada por una ola y desaparecí en el cardumen. Eran miles quienes vociferaban y atropellaban antes del timbre de entrada en busca de sus nombres en los murales para saber qué salón les correspondería. Algunos se abrazaban al descubrir que cursarían juntos el año. Yo no tuve esa suerte. En primer año hay muchos nuevos y, quienes estuvimos juntos en la primaria, ahora nos dispersamos. Conozco a algunas chicas de mi grupo, pero ninguna que sea mi amiga, así que no he podido hablar más que conmigo misma. De todas maneras no había tiempo para la camaradería en nuestro primer paso por el salón de clases.

Nuestra profesora consejera, que es además la profesora de ciencias, se ha limitado a decirnos su nombre, sus reglas y a leer la lista de asistencia, porque enseguida saldríamos al canto del himno. Su gesto fue hostil y de inmediato me produjo antipatía. Creo que el rechazo fue recíproco porque parecía fastidiada de tener que lidiar con esto. Nos iba llamando en orden alfabético, nos poníamos de pie y nos miraba un segundo antes de llamar al siguiente. En ese único segundo en que me miró, me deshice de mi antipatía e imaginé que le hacía conversación, que le decía que se me da bien el dibujo, que me gusta correr en las competencias deportivas y que desde el balcón de mi casa se puede ver la bahía. Pero al penetrar en su mirada, me di cuenta de que el camino de sus ojos terminaba en un puente roto y que nadie del otro lado tenía el menor interés de saber quién soy. Ha sido como quedarme huérfana de seis madres a la vez. Como si a las seis maestras que tuve en la escuela primaria, las hubiesen aniquilado de un solo tajo.

He quedado de quinta en la fila del canto del himno nacional y lo mejor es que me quede quieta. Apenas nos hemos terminado de formar en el orden y ya se escuchó el porrazo del primer desmayado en caer al suelo. Alguien musita que el caído tal vez no desayunó, pero quienes estamos curtidos en el ayuno forzado, podemos elucubrar otras posibles razones: presión arterial baja, el metabolismo caótico de la adolescencia, el bochorno por el vaho de mil trescientos cuerpos aglomerados a 38 grados de temperatura y 90 por ciento de humedad, esa mezcla de euforia y zozobra que provocan los rituales patrióticos y los funerales, y no faltará quien se sienta que está siendo reclutado en un ejército y por un instintivo pavor a la guerra su cuerpo se desconecte para salvarle. Mientras el director da el discurso de bienvenida, concluyo que hay muchos tipos de desmayados; sobre todo, los lunes.

Pienso que saludar la bandera en ayunas o con la mente poco clara debe servir a algún propósito mayor. Me pregunto qué habría sucedido si después de la independencia no hubiesen obligado a nadie a saludar esta nueva bandera, tan ajena entonces. Hubiese sido como no saludar la paz entre los liberales y conservadores, la amistad entre liberales y conservadores, el poder de los liberales y conservadores. Ahora caigo en cuenta de que el principal propósito de la escuela es el saludo y todo lo de las materias es secundario. Pero no voy a decirle a nadie lo que estoy pensando porque ya han pasado muchos años desde los primeros saludos a la bandera y cualquiera que venga ahora a arrojar alguna duda sobre esto podría ser arrollado por una turba saludadora. Tal vez solo tengo hambre y he perdido mi chance de desmayarme porque otro de mi salón ya lo hizo. Creo que uno no debería saludar banderas cuando no ha comido. Estoy mareada.

Finjo escuchar el discurso de un director distante que jamás me llamará por mi nombre. En la primaria, ya me había acostumbrado a tropezar a cada rato con la directora y sus indagaciones. Pero nadie parece muy amigable por acá. Tal vez no les gusta que hayamos crecido. En la primaria yo era una niña, pero ahora solo soy una cifra. Hace un momento la consejera nos lo ha dicho sentenciosa: «apréndanse su número porque no se los vamos a repetir», y algunos nerviosos corrieron a anotarlo en la última página de su libreta. Yo lo memoricé: soy la número 21 de los 49 del primer año F. Tengo una docena de profesores y a ninguno le importo. Sé que no es personal, creo que ellos deben andar peor. A cada uno le ha tocado atender hasta 14 grupos. Querernos no está en sus manos. Si alguno llega a recordar mi nombre en el primer bimestre sin que yo cometa una falta grave, eso sería ya una proeza porque los primeros en ser recordados son los que cometen fechorías. Quizás por eso han redoblado las unidades de vigilancia, porque piensan que seremos una pila de gamberros.

Hace calor, pero prefiero eso a que llueva. Por cualquiera es sabido que esta es de las escuelas que se inundan. Es una de las secundarias mejor reputadas, pero nadie resuelve sus problemas de drenaje. Si un aguacero se prolonga por dos horas es casi seguro que un mar de aguas marrones cubrirá el patio y anegará todos los pasillos y salones de la planta baja. Hay a quienes les gusta porque así no dan clases, pero a mí me intimida porque toca encaramarse en las barandillas y en las murallas de los corredores a esperar a que las aguas bajen. En una ocasión, una chica resbaló y tuvo que chapotear entre ratones, y supe de otro que con una tabla y un palo de escoba se puso a navegar gritando: «Bienvenidos a Venecia. A dólar el paseo en góndola». Tuvo clientes, pero después lo suspendieron por 3 días.

Ahora ni siquiera tendré la compañía de mi hermano, que estudió aquí hasta hace dos años. Era primera fila de redoblantes y dirigía el club de ciencias. También participaba en un grupo grande de estudiantes que organizaban sus propias actividades. Hasta el día que se fueron caminando desde aquí hasta el Ministerio de Educación a exigir que destaparan los desagües de una vez por todas. Después de eso lo expulsaron a él y al otro cabecilla. Ahora está en casa enojado porque no podrá graduarse este año. Se la pasa viendo la televisión sin mirarla realmente y se rehúsa a estudiar de noche. Y como si me fuese posible olvidarlo, el director acaba de recordarnos que ahora está prohibido por decreto formar agrupaciones que no sean las autorizadas por el Ministerio.

No cabe duda de que la secundaria siempre se verá mejor desde la primaria. Después de llegar a ser los más grandes el año pasado, ahora otra vez somos los pequeños de la historia, pero ya no solo en tamaño sino también en significado, porque en la primaria los más pequeños son graciosos, favoritos, importantes. Pero en la secundaria los más pequeños no somos nada. En tan solo un verano nos han reducido y seis años de lucha se han pulverizado.

El director termina de hablar y como por ensalmo mi mareo se disipa. En la inercia de las filas vamos de regreso a los salones. Hay vigilantes en los rellanos de cada escalera y me voy resignando a la idea de que estudiaré en esta fábrica por los próximos seis años. Es hora de aceptar que estoy en secundaria, que pronto volverá la época lluviosa y que nunca más voy a tener una maestra, alguien que conozca mi nombre, mi letra y mis dibujos, y que recuerde mi voz y el color de mis ojos. Hoy todas mis maestras me han sido arrebatadas y no sé a quién se le pudo ocurrir esta masacre.

INVESTIGADORA Y AUTORA

‘...si después de la independencia no hubiesen obligado a nadie a saludar esta nueva bandera... Hubiese sido como no saludar la paz entre los liberales y conservadores, la amistad entre liberales y conservadores, el poder de los liberales y conservadores'

LILIAN GUEVARA

Autora e investigadora

Nació en el Casco Viejo de la ciudad de Panamá en 1974. Investigadora social y escritora. Autora del libro de microrelatos y textos híbridos Mundos probables , de venta en Amazon y en la Librería de la USMA.

Relatos suyos han sido incluidos en la antología centroamericana Aquí hay dragones (Parafernalia Ediciones digitales. Nicaragua, 2016) y Latinoamérica en breve (Universidad Autónoma Metropolitana. México, 2017) y Basta, 100 mujeres contra la violencia de género (Modus Ludicus Editorial. Panamá, 2017).

Más textos suyos pueden leerse en su web www.lilianasecas.com.

‘El puente roto' es el primer texto de su nuevo libro de relatos breves sobre la educación, La escuela sobre las aguas , cuyo lanzamiento será el jueves 31 de enero de 2019, de 5:30 a 8:00 p.m. en la Biblioteca de la Universidad de Panamá.