La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Cultura

Blandiblú

Hoy, como todo se moderniza, ya no se llama así, sino slime, anglicismo soso donde los haya.

Era uno de mis juguetes favoritos de niña, a pesar del asco que a mi madre le producía aquella pella babosa y chapoteante de colores chillones. Hoy, como todo se moderniza, ya no se llama así, sino slime, anglicismo soso donde los haya. Y al parecer está de moda, lo del moco, digo, incluso me cuentan mis hijos, que de estas cosas saben mucho más que yo, que hay varios canales en Instagram que solo se dedican a enfocar manos perfectamente manicuradas mientras aplastan, estrujan y estripan masas amorfas. Dicen que contemplarlo también desestresa, no sé, puede ser, pero yo siempre he preferido participar en la orgía. A mí lo del voyerismo, reguleras. Pero vamos a lo que íbamos, que me voy a los cerros de Úbeda de la niñez y me pierdo, y ustedes deben estar deseando regresar a los culecos, les estaba hablando del blandiblú porque reflexionaba yo el otro día acerca de la sociedad en la que nos estamos convirtiendo. Y me estaba dando un poco de miedo.

Creo que se nos ha pasado la mano en pollo con lo de la defensa y la protección de nuestra integridad, tanto física como mental. Creo que los avances sanitarios y la educación universal e inclusiva nos está (y cada vez más lo hará) pasando factura. Creo que lo de la sociedad tolerante nos está volviendo mierda como humanos.

Estamos en pleno domingo de carnaval, y nadie quiere pensar, solo queremos agua, guaro y campana.

Nos incomoda que se nos digan las verdades, nos molesta que se metan con nuestra diversión, con nuestro ocio y con nuestra forma de ver y entender la vida, exigimos tolerancia, exigimos un entorno seguro, un mundo donde nosotros podamos hacer lo que nos dé la real gana, y los demás no puedan exigir sus derechos si estos interfieren en los que suponemos nuestros. No queremos aceptar que es una estupidez desperdiciar miles de galones de agua estando como estamos en una sequía, no queremos que nos digan que los casos de SIDA están aumentando exponencialmente en Panamá. No queremos creer que la responsabilidad de no morir ahogados es nuestra y la de que no muramos apachurrados entre los hierros de nuestro carro no es de la policía.

Nos hemos convertido en una sociedad de infantes estúpidos a los que, a base de ponerles coderas, espinilleras, rodilleras, casco, barboquejo y guantes, los han hecho creer que tienen derecho a que nada les haga pupita.

Y yo, que estoy convencida de que los bárbaros están en la frontera del Rin, frotándose las manos y esperando el momento justo para venir a despanzurrarlos a ustedes, reventarles la cabeza contra una piedra a sus niños y violarse a sus hijas, yo, que sé que la vida es dura e ingrata, siento que todos están viviendo en un saco amniótico de blandiblú acolchonadito y tibio. En un lugar seguro donde se estresan si las palabras son malsonantes, donde no se les puede exigir sangre, sudor y lágrimas, donde las guerras y las intervenciones militares se pueden detener con una frase de Paulo Coelho. Vivimos en el mundo donde dinosaurios morados nos enseñan a todos a decir por favor y gracias entre nubes opiáceas. Lo malo es que nos tocará ser expulsados de este mundo mágico, así nos daremos cuenta de que a los malos les importa un pito tu buenismo, tu indignación y tu derecho a ser feliz. Cuando llegue el tío Paco con las rebajas los que ahora saltan y juegan en la piscina de pelotas de colores, tendrán que salir al mundo real, y crecer.

COLUMNISTA