La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Cultura

Café Honoré

Cada jueves a eso de las nueve y quince de la mañana, me encontraba con él en el Café Honoré. Aunque en realidad él no lo sabía.

Cada jueves a eso de las nueve y quince de la mañana, me encontraba con él en el Café Honoré. Aunque en realidad él no lo sabía. Tengo un vivo recuerdo del primer día en que lo vi. Entré buscando un café moca antes de mi jornada de medio tiempo. La curiosa decoración de las paredes del lugar me empujó a tomar algunas fotos. Sin planearlo, capté su deslumbrante sonrisa con mi celular. Lo contemplé por algún tiempo, preguntándome qué clase de persona podría ser él. Decidí que era bueno averiguarlo por mí misma y seguí visitando el lugar durante dos semanas seguidas hasta poder verlo de nuevo. Descubrí que los jueves él estaba ahí puntual.

El aroma a café y pan fresco se percibía desde el exterior del local. A pesar de su atractivo particular, el lugar nunca se llenaba, por lo que era apropiado para relajarse y conversar con tranquilidad.

Café Honoré era el sitio donde hacían los mejores capuchinos, o por lo menos eso le comentó él algunas veces a Francisco, su compañero de oficina.

Valentín y Francisco siempre se sentaban en la misma mesa. Yo procuraba colocarme en una que estaba a su izquierda, con mi rostro algo tapado por una pilastra, de esa manera él no lograba verme y yo podía admirarlo y escucharlo con disimulo. Mirar a Valentín era algo adictivo, su varonil apariencia decorada con cabellos castaños y el elegante uniforme lo hacían sobresalir entre los demás.

En las seis semanas que estuve como espectadora y oyente descubrí que a sus treinta y tres años aún vivía con sus padres, trabajaba en una oficina bancaria a una cuadra del café, quiso cambiar de automóvil, pero temía quedar sin empleo por los recortes presupuestarios de la empresa.

‘UN DÍA, CASI ME DESCUBREN CUANDO SOLTÉ UNA CARCAJADA DESPUÉS DE QUE ÉL CONTARA UNA ANÉCDOTA GRACIOSA. JUGUÉ UN POCO CON MIS LARGOS MECHONES DE CABELLO NEGRO. ESTABA MUY NERVIOSA Y MI ROSTRO, QUE USUALMENTE ES PÁLIDO, SE TORNÓ ROJO'.

Sufrí sus problemas y celebré sus logros. Teníamos cosas en común. En algún momento llegué a pensar que era la única con la extraña costumbre de coleccionar relojes.

Un día, casi me descubren cuando solté una carcajada después de que él contara una anécdota graciosa. Jugué un poco con mis largos mechones de cabello negro. Estaba muy nerviosa y mi rostro, que usualmente es pálido, se tornó rojo. Tuve que tomar mi celular y hacer como que hablaba con alguien hasta que dejaron de mirarme.

Ese jueves, a diferencia de otros, la mesa de siempre estaba ocupada. Tuve que sentarme algo más lejos y me frustré al no poder escucharlos con igual claridad.

—Sobre lo que te comenté en la oficina. Estoy algo ansioso, pero decidí intentar acercarme a ella.

—¿Sí? ¿Ya tienes algún plan? Ese cuento ya lo he escuchado antes…

— Sí. Sabes que para mí no es fácil hacer el primer contacto, pero tengo un plan. Ella siempre está sola... He estado observándola. ¿Has visto lo hermosa que se ve tomando café en esa mesa? Me gustaría saber qué tipo de música le agrada. Por cierto, el otro jueves no puedes aparecerte por acá conmigo.

PAOLA S. GUERRA DEL CID

Aspirante a escritora

Ciudad de Panamá, 21 de junio de 1990. Realizó sus estudios en el Instituto América y a partir de ahí comenzó su interés por las letras.

En el 2012 culminó una Licenciatura de Inglés con Énfasis en Traducción en la Universidad Latina. En el 2016 comenzó una nueva carrera en Negocios Internacionales.

Participó del primer Programa de Formación de Escritores (Profe), promovido el Instituto Nacional de Cultura (INAC) en el 2017.

Después de muchas ideas y proyectos, forma parte de la antología La mansión de 13 puertas . Así inicia su recorrido en el mundo de la literatura.

—Te cautivó tanto que estás abandonando a tu amigo. ¡No te preocupes por mí! ese día desayunaré en casa —dijo Francisco entre risas— Ahora que lo pienso, no la he visto hoy...

—Yo sí la vi.

Aunque me senté un poco más lejos, pude escucharlos bien. Me sobresalté y tapé mi boca con la mano para reprimir un grito. Mi mente voló muy lejos y no pude evitar imaginar tantas cosas. «Están hablando de mí», repetí varias veces para mis adentros.

Esperé toda la semana hasta que llegó el gran día. Me arreglé y me puse mi mejor vestido, uno corto, de color rojo con encajes. Una trenza adornaba mi cabellera y me maquillé con colores tenues.

Los tacones me impidieron llegar a las nueve y quince, pero apenas me fui acercando pude verlo bajar de su automóvil. De inmediato se dibujó una sonrisa en mi rostro. Traté de apresurarme, cuando tuve que pararme en seco. Del lado del pasajero se bajó una chica, más o menos de su edad.

Cuando comprendí la escena empecé a reír sin poder contenerme. A la vez, en mi corazón había una perturbadora tristeza. Poco a poco fui saliendo del laberinto ilusorio en el que había entrado y un sentimiento entre frustración y enojo invadió mi pecho.

Ambos ingresaron al café y tomaron asiento. Pidieron algo de tomar mientras conversaban y reían.

Permanecí afuera mirándolos por algunos minutos; aunque no tenía nada con Valentín, y aunque él no me conocía y nunca habíamos hablado, me sentí profundamente traicionada por él.

En ese momento decidí que debía irme. Caminé hasta mi oficina con esos incómodos tacones. Desde el inicio nada tuvo sentido. «No puedo regresar a Café Honoré».

Ya habían pasado treinta minutos de la hora acostumbrada. Valentín miraba hacia todos lados y veía ansioso su reloj.

—Me pediste tanto que te ayudara con esto, y ahora estamos aquí haciendo nada. ¿Primo, dónde está la famosa chica del Café Honoré que te tiene flechado?

Valentín exhaló un profundo suspiro.

—No lo sé… todos los jueves la veo… por lo visto hoy no vendrá —respondió al fin.

ASPIRANTE A ESCRITORA