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20 de Jan de 2021

Cultura

Tongos II

Para la desdicha de los malandros uniformados, mi hijo conoce sus derechos y sus deberes

Apenas hace una semana me explayé a gusto contra los gorilas que nos tienen acorralados conculcando, con sus retenes estúpidos, innecesarios e ilegales, el derecho recogido en el Artículo 27 de la Constitución Nacional que dice que toda persona puede transitar libremente por el territorio nacional.

En estos escasos quince días a mi hijo mayor, de casi veinte años lo han parado dos veces, dos. Ni siquiera a altas horas de la madrugada. Marcando 0.0 en el alcoholímetro. Sin haberse saltado ninguna norma de tráfico. Solo porque llevaba a su novia a su casa. La chica tiene diecisiete años bien cumplidos, y fíjense qué estupidez, si quisieran podrían casarse, ya que la legislación vigente se lo permite, pero, según los imbéciles que llevan placa ella no puede ir en el carro con un adulto, que es su pareja, a no ser que estén casados, con lo que su marido se convertiría en su tutor legal. Por favor, que vengan las defensoras de los derechos de la mujer a explicarme este sinsentido, porque se escapa a mi endeble inteligencia.

Bueno, obviamente que todos sabemos que el que los tuvieran a ambos retenidos a un lado de la calle durante más de cuarenta minutos, a escasos cien metros de la casa de la muchacha, hasta que ésta logró que su mamá se despertara y bajara caminando a buscarlos mientras los gorilotes intentaban intimidarlos diciéndoles que los iban a llevar al calabozo, no es por el gusto. Quiero decir, todos sabemos que esos tarados estaban esperando que mi hijo se asustara y les salpicara un par de billetes. Para la desdicha de los malandros uniformados, mi hijo conoce sus derechos y sus deberes. Y ni paga coima ni se deja intimidar.

Por otra parte hemos visto en las noticias una trifulca en el barrio en dónde los policías llevaron para comer y para llevar a manos de un grupo de antisociales, aupados y jaleados por el resto de la escoria que los rodeaba. Y estos hechos llevan repitiéndose desde hace un tiempo, policías golpeados, agredidos, escupidos. Pateados y arañados. Policías a los que les lanzan objetos desde los balcones y botellas desde las esquinas, y que no saben o no pueden reaccionar. Policías que hacen retenes en zonas de baja incidencia delincuencial mientras a unas cuantas cuadras los ladrones campan por sus respetos.

Y ahí está el problema. Sin duda conocen esa imagen repetida últimamente por los defensores de los derechos de los niños en la que el jefe le grita al papá, el papá le grita a la mamá, la mamá grita al niño y el niño le grita al perro; es un ejemplo de cómo el círculo de la violencia se perpetúa cuando cada uno estalla no contra el que nos oprime, que suele ser más fuerte que nosotros, sino que estallamos, como buenos cobardes que somos, contra el más débil. Y oprimimos al que no puede defenderse.

¿Por qué los policías no van a hacerse los machitos con los que les dan salsa a pedradas? Porque no pueden. ¿Por qué rofean y tratan al resto de la población como si estuviéramos en estado de excepción? Porque pueden y porque los dejamos.

Ojalá alguien en algún momento se dé cuenta de que para tener un país como queremos que sea debemos tener un cuerpo de policía como debe ser. Con buena educación y conocimiento claro de las leyes. Con la interiorización de sus deberes y de sus obligaciones.

Con una policía que haga sus funciones, y que se dé cuenta que la función de bufón no es una de ellas.

COLUMNISTA