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23 de Sep de 2019

Cultura

Liber

Ese es el futuro de Panamá. El futuro que aún tiene criterio, los ‘outsiders', como dice la Pérfida Albión

Hoy es el último día de la Feria Internacional del Libro de Panamá, de nuevo se abrieron las puertas de ATLAPA para inundar el centro de convenciones de historias, de libros, de olor a tinta.

Y de hordas de niños.

Muchos niños. Miles de niños. Cientos de miles de niños. Niños que parecen millones de niños.

¡Qué bonito que los niños vengan a la Feria del Libro!

Le voy a contar una historia mientras las bestezuelas pasan gritando por delante de mí, hace muchos, muchos años, más de los que me gustaría recordar, mis compañeros de bachillerato y yo hicimos el viaje de fin de curso. A Mallorca.

Fue a finales de los años ochenta del siglo pasado y éramos jóvenes y sin desbravar. Recuerdo ese viaje con imágenes borrosas por las brumas del alcohol. Recuerdo muchas risas y las cuevas del Drach. Pero también recuerdo algo, una librería en la zona antigua, por las callejuelas que se enroscan alrededor de la catedral. He tratado de regresar a buscarla, pero no he logrado volver a dar con ella. Era una librería esotérica, y por alguna razón que a estas alturas no sé explicar, arrastré adentro a las amigas que iban conmigo.

No compré en Mallorca nada más, supongo que trajera una ensaimada o dos para mis padres, pero me gasté el dinero que me quedaba en un libro. Un libro que, en aquel momento era muy caro. Cinco mil pesetas me costó. Magick , de Alesteir Crowley. Ese libro aún lo conservo. Ahí está. Me ha servido a lo largo de mi vida, no para hacer magia, porque, obviamente, la magia no se puede enseñar en un libro, sino para mi poesía y para mis trabajos de simbología. Y para mi cultura general.

He pasado seis días en la Feria del Libro, sentada en el cubículo del Festival Panamá Negro, setenta y dos horas he estado viendo pasar niños por delante. Y pararse.

Y estoy descorazonada.

Se paran puñados de niños, en oleadas, se arremolinan delante de la mesa y, sin decir ni ‘buenos días' te lanzan una andanada de preguntas que los profesores les han ordenado que les contestes. Las tienen escritas en su celular, te plantan la luz del flash delante y sueltan la lista de clichés. ¿En qué se inspira? ¿Cuál es su libro favorito?

No aprenden nada, bueno, espero que, después de pasar por mi puesto, alguno de ellos hayan aprendió a decir ‘buenos días', ‘por favor' y ‘gracias'.

Ninguno de ellos están interesados en comprar libros, ni siquiera en verlos, cumplimentan el formulario y salen disparados a buscar soda.

No todos son iguales, claro, ha habido varios solitarios, moviéndose a contracorriente, se aproximan olisqueando curiosos, y ellos sí abren los ojos y preguntan con curiosidad no algo para ganar una nota, sino lo que les nace.

¡¡Y alguno hasta ha sacado sus moneditas y han comprado un libro!! Dos dólares, tres dólares, se me agurruña el corazón y me ha provocado regalárselos, pero luego pensé en mí misma, en mi libro de Crowley y en cómo me enorgullecí de haberlo comprado. En el valor inmenso que tiene para mí, y los dejo pagar.

Ese es el futuro de Panamá. El futuro que aún tiene criterio, los outsiders, como dice la Pérfida Albión. Y cuando veo a alguno de ellos que se le pierde a los padres y corren con los ojos abiertos porque les llama la atención el cráneo decorado que tenemos presidiendo el puesto me sonrío y digo, ‘Bienvenido, querido, al mundo de los libros. Has entrado. Ya no vas a poder volver a salir'. Y serás libre.

COLUMNISTA