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14 de Nov de 2019

Cultura

Muerte tan callada

Somos cadáveres que caminan. Somos seres en proceso de descomposición. Nos estamos pudriendo poco a poco, lentamente. Minuto a minuto, año a año.

Somos cadáveres que caminan. Somos seres en proceso de descomposición. Nos estamos pudriendo poco a poco, lentamente. Minuto a minuto, año a año.

Vamos a morir. Todos. ¿Usted, señora, se cree que por haber eliminado todos los carbohidratos de su dieta logrará añadirle a la clepsidra una sola gota de agua? Déjeme, por favor, que me carcajee. Juas. Juas. Juas. Ni usted, ni aquel de allá que cree que corriendo como un condenado de la Santa Compaña todas las madrugadas conseguirá burlar a las guardianas del Destino.

Nos atrevemos a soñar que nuestro futuro se extiende a nuestra espalda como un vasto horizonte de posibilidades, pero es mentira. Lo que somos no es más de lo que seremos, apenas un puñado de polvo, quizás una foto sobre la mesita de noche, unos cuantos cuentos contados. Y luego, nada. Porque los que nos contarán para mantenernos, verán apagarse también la llama de su vida y las velas de los lares se extinguirán. No seremos, quizás, más que lémures vagando, enfadados y tristes, odiosos y odiados.

Nos enfrascamos en luchas, deseando, esperando quizás perdurar en la memoria. La gloria. Já.

“Los placeres y dulzores/ de esta vida trabajada/ que tenemos,/ no son sino corredores,/ y la muerte, la celada/ en que caemos:/ No mirando a nuestro daño,/ corremos a rienda suelta / sin parar;/ des que vemos el engaño/ y queremos dar la vuelta,/ no hay lugar.” Ay, Manrique.

Nada importa más allá. Ni paraíso ni infierno tenemos seguro. Tan solo el hoy. El ahora. Y un quizás luego.

Nada quita ni pone el miedo. Fumando espero a la que no llega. Me ahogo en alcohol y ella busca en cambio al que hace de su cuerpo un templo.

Memento mori. Todos somos mortales. Los hijos, carne de nuestra carne, morirán. Ojalá que antes de que eso ocurra ellos tengan que llorar por nosotros. Nuestros padres dejarán de ser una voz, un olor y un abrazo y serán apenas el soplo sobre el hombro que sigue empujándote a ser mejor persona.

Los amigos se reúnen en un lugar adonde tú aún no puedes llegar y cada vez te sientes más y más solo. Sin poder beber mezcal como debe ser, sin poder hablar de cómo están creciendo Vestíbulo y Espátula. Sin poder decir ya 'tengo ocho primos'. Ya no puedes preguntar cómo se planta esa semilla ni pedir que te corten un par de caña fístulas.

Y entiendes, hoy mejor que nunca, que los cementerios están llenos de gente que no entiende que no es en el cementerio donde los que se fueron quieren que estemos. Los muertos, los míos, por lo menos, que los conozco y sé que son parranderos y jacarandosos, los míos quieren que esté en donde yo soy feliz. En la playa, o en el monte. Bebiendo, hablando, leyendo, riendo.

Quieren estar conmigo, pero no entre nichos y llantos. Entre flores y cantos. Como debe ser.

Y cuando yo muera no quiero camposanto. Ni cruz ni marca. Quiero aire libre. Mar, y la seguridad de que no fui tan importante, de que no le importé tanto a nadie, de que todos, (si es que cumplen la orden que les he dado hace tiempo) van a estar bien.

La vida es ahora. Y esta frase tan sopeteada es la única realidad que tenemos. Ahora para reír. Ahora para amar. Ahora para llorar.

El mañana no es nuestro. Ni siquiera es suyo. El mañana es un cataclismo de dudas y quizases. El mañana vendrá. O no. Mientras tanto tenemos el hoy. Domingo. ¿Ya ha llamado a sus afectos? ¿Ya han regalado flores a los vivos?

Columnista