Temas Especiales

09 de Jul de 2020

Mónica Miguel Franco

Cultura

Injusticia

El panameño es bonachón, conforme y noble, pero cualquier animal acorralado se convierte en una fiera ciega y peligrosa

Los humanos compartimos con nuestros parientes los primates, con los lobos y con sus parientes los perros, muchas más cosas de las que generalmente se piensan, (más allá del 99% del ADN que compartimos con los chimpancés, claro), y una de ellas es la sensibilidad a la inequidad.

En diversos estudios y experimentos realizados en todo el mundo en grupos de lobos, perros y primates, se ha podido comprobar que el sentido de la justicia no es exclusivo de los seres humanos, y esto es importante, porque nosotros, que solemos considerarnos la última gaseosa del desierto, (y con gas), cada vez está resultando más patente que no somos ni tan importantes, ni tan únicos.

Que nuestros sistemas filosóficos puede que no sean tan exclusivos y que la moralidad, por lo menos, no es prerrogativa del sapiens.

Pero vamos con las pruebas, resulta que tanto los primates como los cánidos reaccionan a la injusticia. Es decir, si a un compañero se le da algo por reaccionar de una determinada forma y a ellos no les dan nada, o lo que les dan no corresponde en calidad o en cantidad con lo que el otro ha recibido por la misma acción es probable que el sujeto en cuestión salga escupido, si trabaja con chimpancés; golpeado con una cucurbitácea, si los sujetos de estudio eran capuchinos y a uno le daban uvas y al otro un pepino; o simplemente ignorado y rechazada cualquier otra invitación a realizar el trabajo o la acción si se trataba con lobos o perros.

Los seres humanos comparten también con otros mamíferos como las orcas y los elefantes la cohesión en sus grupos y la cooperación para sobrevivir, ahora bien, la empatía y la colaboración se van por el desagüe cuando sienten que están siendo injustos con ellos.

Acabamos de celebrar el 1 de mayo, la fiesta de los trabajadores, en medio de una pandemia donde la mayoría de los trabajadores están en la cuerda floja, los pequeños y medianos empresarios están al borde de la quiebra y los trabajadores independientes dudan entre comer o pagar un techo sobre sus cabezas.

Mientras tanto, los tiburones en esta pecera siguen tragando sin problema, pidiendo entrega en casa de carnes importadas y haciendo negocios. Lucrando sin asco mientras al resto se nos exige solidaridad y cooperación. Y comer solo dos veces al día.

Ellos en sus casas con piscina y pista de tenis encargan guaro de contrabando mientras el pueblo no puede dormir rogándole al que cobra el alquiler que aguante, que a ver si llega la quincena en lugar de la carta de despido.

El panameño es bonachón, conforme y noble, pero cualquier animal acorralado se convierte en una fiera ciega y peligrosa. Por ahora se han ido conformando por el miedo y las sobras que caen de la mesa de los que visten púrpura y se regodean en fiestas y banquetes, pero ¡ay, de que los lázaros decidan que es mejor cambiar el puesto con los de arriba en lugar de seguir dejando que los perros les laman las llagas!

La cooperación ha logrado grandes cosas en la historia de la humanidad, es cierto. La solidaridad y la empatía han conseguido que la humanidad prospere en los buenos tiempos y sobreviva en los malos, es cierto, pero ¿saben qué? El sentido de la injusticia y de la inequidad está tan arraigado en el ser humano que logra vencer al miedo y a la pereza y cuando esto pasa, las sociedades suelen terminar en la cama de Procusto, donde nos hacen encajar a todos a la fuerza a base de guillotina, paredón o expropiación.

Columnista