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23 de Sep de 2019

Planeta

Michael, el huracán que no termina de pasar

Una de sus preocupaciones es que esos miles de toneladas de escombros y millones de árboles quebrados sirvan de combustible en posibles incendios ahora que llega el verano.

Michael, el huracán que no termina de pasar

Casi ocho meses después del devastador impacto del huracán Michael en el noroeste de Florida, muchos sienten que el ciclón sigue destrozando sus vidas y dicen no estar preparados para la amenaza que supone la nueva temporada de huracanes. Estas fechas llenan de temor a quienes lo perdieron todo menos la vida.

El huracán, de categoría 5, tocó tierra el 10 de octubre de 2018 con vientos de 259 kilómetros por hora y elevó el nivel del mar de hasta 4,2 metros. La amenaza de semejante inundación obligó al pastor de la Primera Iglesia Metodista Unificada de Port St. Joe, Geoffrey Lentz, a abandonar su rectoría y templo, situado a escasos metros del mar, dejando atrás biblias que le había legado su abuelo, que también era párroco, entre otras muchas pertenencias. Cuando regresó, pasados unos días, no podía creer que su casa se hubiera "disuelto" como un azucarillo en el agua, y tampoco sospechaba que los tareas de reconstrucción no empezarían hasta ocho meses después.

"Michael no se ha acabado", dice el religioso sobre una comunidad que sigue sintiendo "mucho dolor y sufrimiento" y que ha perdido entre un 20 y 30 % de sus 400 feligreses, pues muchos tuvieron que mudarse al ver sus casas destruidas y no pueden alquilar una nueva por la escalada de precios que vive la zona ante la falta de oferta.

Coincide con él Ali Wiggins, una maestra que vive en Marianna, lejos de la costa pero por donde también pasó el ojo del huracán. No están preparados para una nueva temporada de ciclones. “No hemos sobrevivido todavía al último huracán y, de ninguna forma, estamos listos para otro ciclón en un futuro cercano", dice a Efe la mujer, que siente que Michael no ha terminado de pasar. Sus efectos aún son evidentes y dolorosos.

MÉXICO BEACH TODAVÍA NO SE LEVANTA

Mexico Beach fue la ciudad más castigada por el paso del tercer ciclón de mayor intensidad en llegar en la costa atlántica de EE.UU. En esta pequeña localidad costera, algunas casas solo muestran sus cimientos y aisladas señales de lo que fueron: unas sillas mirando al mar en calma o un felpudo sin puerta alguna.

Por sus calles hay un trasiego constante de camiones llenos de escombros y material de construcción para los cientos de trabajadores que llegaron a la ciudad para reparar las casas todavía en pie y que se han convertido en uno de los principales sustentos económicos de la región desde el paso de Michael.

La economía quedó muy tocada en el condado de Bay, donde se encuentra Mexico Beach y Panama City Beach, otra de las ciudades más afectadas. Numerosos negocios cerraron, cientos de vecinos se marcharon y las arcas públicas ven menguar sus ingresos por impuestos a la propiedad, una de sus principales fuentes de fondos.

El administrador del condado, Bob Majka, explica a Efe que tienen que afrontar cuantiosas facturas para seguir adelante con reparaciones de infraestructuras y la retirada de escombros, que calificó como la mayor en la historia civil del país. Según la Administración Federal de Manejo de Emergencia (FEMA, en inglés), se han recogido más de 23 millones de metros cúbicos de escombros tras el paso de Michael, cuando en 2017 esa cifra fue de apenas 2,3 millones por Irma, el huracán que recorrió de sur a norte toda la península de Florida.

Una de las casas que acabó en las enormes pilas de escombros pertenecía a Thad Bostwick, residente en Michigan que viene desde hace décadas a pasar las vacaciones a Mexico Beach. Su casa, construída en 1966, aguantó la subida del nivel del mar y los fuertes vientos, pero nada pudo hacer contra un incendio que se inició por una fuga de gas, también provocada por Michael.

Bostwick es uno de los muchos turistas que Majka espera que vuelvan pronto en masa para revitalizar la economía de la región. Pero antes deben avanzar las tareas de desescombro, y tal es el retraso, que a finales de mayo el senador republicano por Florida Marco Rubio pidió explicaciones a la FEMA.

Una de sus preocupaciones es que esos miles de toneladas de escombros y millones de árboles quebrados sirvan de combustible en posibles incendios ahora que llega el verano.

Ya hace dos semanas un fuego forestal consumió unas 270 hectáreas y gente que sobrevivió en octubre al huracán ahora se quedó sin casa por las llamas.

El enfado de Marco Rubio es reflejo del sentir de buena parte de los residentes en la zona con las autoridades federales, a las que piden mayor acción para salir de una pesadilla que para ellos dura ya ocho meses.

Uno de ellos es el pastor Lentz, quien, con cierta envidia, dice que ojalá la reacción hubiera sido similar a la vivida en París con el incendio de la catedral de Notre-Dame, cuando en pocas horas se recaudaron millones de euros para su reconstrucción. Su pequeña iglesia, construida en 1950, es el particular "Notre Damme" de Port St. Joe.

LA AYUDA FINANCIERA QUE NO LLEGA

Lentz lamenta que durante meses hayan sido "rehenes" de la falta de acuerdo en Washington y se pregunta qué tenía que ver esta región con Puerto Rico para que el Gobierno tuviera retenida la ayuda económica porque, según denunciaron los demócratas, ésta estaba ligada a la recuperación en la isla tras el devastador paso en 2017 de los huracanes Irma y María.

A pesar de las reticencias de dirigente republicanos, esta semana el Congreso de EE.UU. aprobó finalmente un paquete de 19.100 millones en ayudas para zonas devastadas por huracanes, tornados, inundaciones e incendios forestales, entre otros desastres.

El proyecto de ley se enviará ahora a la mesa del presidente para que lo firme y puedan llegar así los fondos que esta región floridiana ansía desde el año pasado. Y eso que es una zona eminentemente republicana en la que Donald Trump consiguió el 70% de los votos.

Pero la situación que viven sus habitantes va mucho más allá del debate político y quieren, exigen, soluciones para una zona que vio cómo cerca del 70 % de sus viviendas se vieron afectadas en mayor o menor medida.

El presidente estadounidense viajó a mediados de mayo a Panamá City Beach y visitó la base de la Fuerza Aérea Tyndall, que también sufrió el impacto del huracán, que causó un total de 16 muertes directas y 43 indirectas en el país y daños por 25.000 millones de dólares, la mayoría en Florida, aunque también ocasionó destrozos en Georgia, Carolina del Norte y Virginia. La llegada del mandatario a la zona habría sido causa de felicidad para la gran mayoría de los residentes si no estuvieran esperando miles de millones de dólares en ayuda federal.

EL CAMPAMENTO DE LA "SERENIDAD"

Quien no confía en absoluto en la labor de los políticos es Shelly Summers, una mujer que al ver la respuesta de las autoridades se animó a invitar a decenas de personas desamparadas a que se quedasen en el patio trasero de su casa en Youngstown, al norte de Panama City Beach.

Con la ayuda de su esposo, Sam, Summers retiró los numerosos árboles que habían caído en su propiedad e hizo hueco para 26 personas que lo han perdido todo, entre ellas 6 niños y un bebé de 3 meses. Dispuso para ellas 13 tiendas de campaña con aire acondicionado, un lugar donde asearse, una pequeña piscina y acceso a la cocina de su casa.

El matrimonio trabaja para ampliar el terreno e instalar más tiendas, y no descarta llegar a 50 invitados, pues tiene una lista de espera de un mes.

Una de las últimas en sumarse a su "familia" es Joyce Buschman, de 54 años, quien cuenta que, después de "ir dando tumbos de un lado a otro" tras el paso del huracán, logró un hueco en la que llama "colina de la serenidad". Es la sensación que le inunda ahora, cuando se siente segura por primera vez en meses en los que el ojo del huracán nunca dejó de estar sobre su cabeza.

Summers, que asegura tener 27 hijos -dos de ellos biológicos-, dice que Buschmann, al igual que los que llegan a su jardín, están "cansados y aliviados". Para ella, la familia “no es un vínculo sanguíneo".