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12 de Apr de 2021

Salud

Adolescentes infelices

PANAMÁ. Quién iba a imaginar que una linda chica, inteligente y de padres acomodados tomaría la decesión de marcar su antebrazo izquierd...

PANAMÁ. Quién iba a imaginar que una linda chica, inteligente y de padres acomodados tomaría la decesión de marcar su antebrazo izquierdo con la estremecedora palabra ‘vacía’. Era evidente que la joven de 15 años que había atendido Madeline Levine, una reconocida psicóloga que tiene más de 20 años atendiendo al selecto condado de Marín, San Francisco, estaba pasando por una situación en la cual se sentía profundamente infeliz a tal punto que marcar con sangre su piel era la mejor forma de expresar su terrible angustia.

Pero qué llevó a que esta joven decidiera realizar una acción en contra de su bienestar. Según explica la psicóloga en su libro The price of privilege: How parental pressure and material advantage are creating a generation of disconnected and unhappy kids (El precio del privilegio: cómo la presión parental y el bienestar material están creando una generación de niños desconectados e infelices), la razón no era más que vivir en un hogar presionado por sus adinerados padres quienes, si bien la amaban, se encontraban regularmente muy ensimismados.

Al igual que esta joven, hoy día existen muchos adolescentes que nacen con más ventajas materiales y sociales que otros; sin embargo, sufren de adicciones, ansiedad y trastornos de la alimentación, depresión y conductas autodestructivas. Este fenómeno lo ha plasmado la autora en su libro y, mediante una investigación, descubrió las principales razones de esto.

Levine señala en la obra que los padres que constantemente caen en el error de intervenir en los asuntos de sus hijos, en lugar de apoyarlos en sus intentos por resolver problemas, en realidad están obstruyendo la tarea más importante en la infancia y la adolescencia: el desarrollo de un sentido de sí mismo. Autonomía, lo que comúnmente se llama independencia, aunado a la competencia y las relaciones interpersonales, se consideran necesidades humanas innatas. Su desarrollo es fundamental para la salud psicológica. ‘En una familia en que se apoyan y respetan los niños, se puede forjar un ‘sentido de sí mismo’ al estar expuestos a aprender y manejar desafíos personales e interpersonales cada vez más complejos’, explica.

Cuando los padres coaccionan, invaden o toman el control de sus hijos innecesariamente, esto puede ser la ‘ruina’ para ellos, pues como consecuencia de estas acciones se entorpece su capacidad para construir un sentido de sí mismo.

Según señala la psicóloga, su joven paciente se sentía vacía porque no había desarrollado las capacidades internas que le permitían sentirse dueña de su vida o poder manejar sus sentimientos. Sentía que tenía poco control sobre lo que le pasó y no tenía confianza en su habilidad para manejar los altos y bajos que se dan durante la adolescencia. Sin embargo, cortarse a sí misma fue una de las pocas cosas sobre las que sentía que tenía el control. Marcar su piel le permitió expresar sus sentimientos de enojo en forma mesurada en lugar de explotar.

Aquellos padres que son demasiados críticos y presionan a sus hijos haciendo hincapié en todo lo que deben hacer para lograr el éxito, pero a la vez están emocionalmente desconectados con ellos, contribuyen a los problemas en el autodesarrollo, en donde el llegar a ser independiente y forjar una identidad se vuelve particularmente difícil para los niños en estas circunstancias. Como resultado, se da el aburrimiento, la infelicidad y la dependencia de los demás en ciertos jóvenes de clase pudiente.

Para poner de relieve las diferencias entre los niños criados en la opulencia y los niños de grupos socioeconómicos más bajos, la doctora Suniya Luthar de la Universidad de Columbia realizó una investigación —cuya base científica fue el libro de Levine— comparando el bienestar emocional de los niños en situación de pobreza con la de los niños ricos. Ella se sorprendió al encontrar que los niños ricos tenían más problemas que los menos favorecidos.

De acuerdo con Levine, los adolescentes necesitan un gran apoyo por parte de sus progenitores a medida que avanzan en la tarea de averiguar sus identidades. Con demasiada frecuencia, lo que consiguen es intrusión. Intrusión y apoyo son dos diferentes procesos: ‘el apoyo es sobre las necesidades del niño, intrusión es acerca de las necesidades de los padres. Destaco esta diferencia porque, sin un pleno reconocimiento de la importancia del apoyo, el calor familiar y la comunicación por un lado, y el daño que se hace con la intrusión, el rechazo y la crítica por el otro, los padres siguen socavando el progreso psicológico de sus hijos, a pesar de buenas intenciones’, señala.

Por otro lado, cabe destacar que el pensamiento creativo brinda una serie de herramientas para tratar los problemas cuando estos no responden de la forma usual. Cuanto más grande sea esa caja de herramientas, entonces podrán ser más creativos, ‘pensar fuera de la caja’ y llegar a tener soluciones efectivas. La autora del libro explica que los niños necesitan tener esa misma capacidad de pensar con flexibilidad y creatividad cuando se presentan problemas en el ámbito social, escolar, familiar o personales. ‘La falta de creatividad alerta sobre el hecho de que los niños tienen una caja de herramientas cada vez más pequeña. Cada vez que los padres intentan resolver prematuramente los problemas de sus hijos, les privan de la oportunidad para llegar a nuevas soluciones que les permitan agregar otra herramienta a su creatividad’, apunta.

¿Por qué muchos de los niños con privilegios tienen una extraordinaria dificultad para completar la tarea más fundamental en la adolescencia —el desarrollo de la autonomía y un sentido saludable de sí mismo—? Como respuesta, Levine indica que todo tiene que ver con el paradigma de crianza de los padres, pues criar a sus hijos ha llegado a parecer cada vez más como un esfuerzo de negocio y menos un esfuerzo del corazón. En este punto conviene señalar la desconexión que puede existir en las familias de clase media alta por los llamados ‘padres-helicóptero’, aquellos ‘que viven pendientes de sus hijos, pero lo que pasa es que no están pendientes de lo que los conecta realmente con sus hijos. Los padres de ese segmento son personas que trabajan mucho para estar donde están y tienen una vida social muy activa. Se sienten conectados con sus niños porque los llevan a miles de actividades, pero no se dan el tiempo, por ejemplo, de comer con ellos el viernes o el sábado en la noche y simplemente conversar. Entonces, sus hijos se sienten desconectados de ellos porque no están emocionalmente presentes’, señala.

Según explica la psicóloga nuestra cultura se ha enfocado en el éxito que se mide fácilmente, pero ha olvidado que para muchas personas éste pasa más por el tener buenas relaciones interpersonales, contar con un sistema de apoyo y un sentido de autenticidad; está relacionado con saber quién es uno, con tener un sentido de sí mismo. ‘Si un niño va siete horas al colegio, luego entrena tres o cuatro más en algún deporte, más tarde hace sus tareas y además tiene una clase de piano, no tiene tiempo para desarrollar su propio sentido de sí mismo. Convertirse en una persona requiere cierta introspección y reflexión y estos niños no cuentan con el tiempo para hacerlo’, dice.

Aunque el libro de Levine se centra en las dificultades que enfrentan hoy los adolescentes acomodados, también recalca la importancia de que los padres en general deben estar muy en sintonía con los problemas psicológicos que pudieran surgir en sus hijos y la muestra o falta de felicidad en ellos. La autora también advierte que deben estar dispuestos a echar un vistazo a sus habilidades de crianza y comenzar a desarrollar el tipo de relaciones, hogares, escuelas y comunidades que pueden actuar como una red de seguridad no sólo para los niños con ‘problemas’, sino también para todos los niños. Además, añade que en lugar de convertirse en padres-helicóptero éstos deben hacer todo lo posible para recuperar un espacio de intimidad con sus hijos, brindándoles tiempo de buena calidad.