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28 de Feb de 2020

Economía

El talón de Aquiles de Dodd-Frank

La legislación podría hacer más vulnerable al país en el evento de una nueva crisis financiera

Cuatro años después de que Dodd-Frank se convirtiera en ley, la pregunta es si el país está ahora protegido contra otra crisis financiera. Sin embargo, ésa es la pregunta equivocada. Supone que las crisis financieras mayores son hechos de rutina. No lo son. La que tuvo lugar en 2008-9 fue la primera desde la Segunda Guerra Mundial. Este tipo de calamidad requiere gran estupidez, incompetencia y mala suerte. Con o sin Dodd-Frank, la próxima crisis podría ocurrir dentro de muchos años o décadas. La pregunta correcta es: Cuando ocurre una crisis —como probablemente suceda— ¿estamos mejor preparados ahora con Dodd-Frank para manejarla?

Lamentablemente, no. Hasta podría hacernos más vulnerables. Para ver por qué, hay que comprender la Sección 13 (3) de la Ley de la Reserva Federal y su papel en la última crisis. Es el efecto oculto al evaluar Dodd-Frank.

Por su naturaleza, las crisis financieras son inesperadas, aceleradas y caóticas. El objetivo del gobierno es vencer el pánico: la precipitación, impulsada por el terror, para vender acciones y bonos, y para retirar fondos de las instituciones y mercados financieros. El pánico se alimenta a sí mismo. La disminución en la riqueza y el temor deprimen los gastos y elevan el desempleo. En 2008-9, la Fed —asistida por el Tesoro y el Organismo Federal de Seguros de Depósitos— detuvo el pánico prestando enormes cantidades de dinero a los asediados mercados e instituciones. En su pico, los préstamos de la Fed sumaron aproximadamente 1.5 billones de dólares.

Gran parte de esos préstamos no podrían haber ocurrido sin la Sección 13 (3). Normalmente, la Fed otorga créditos sólo a bancos comerciales que toman depósitos. En la crisis, también prestó dinero o mantuvo fondos del mercado monetario, mercados de papel comercial, bancos de inversiones y una importante compañía de seguros (AIG). Pudo hacerlo porque la Sección 13 (3), promulgada en 1932, decía que ‘en circunstancias inusitadas o exigentes’ la Fed puede otorgar préstamos casi a cualquiera —individuos, empresas industriales, instituciones financieras que no sean bancos.

La Sección 13 (3) permitió que la Fed actuara como verdadero ‘prestamista de última instancia’. Muchos economistas creen que ese hecho impidió una segunda Gran Depresión. ¿Y cómo recompensó el Congreso, mediante Dodd-Frank, la buena obra de la Fed? Maniató (quizás vació) la 13 (3).

Entre las restricciones de Dodd-Frank para los préstamos 13 (3) encontramos las siguientes: (1) el secretario del Tesoro debe aprobar todo préstamo; (2) los préstamos no pueden concentrarse en una empresa individual (ejemplo: un fondo del mercado monetario que se tambalea) sino que deben estar abiertos a una amplia clase de prestatarios; (3) deben revelarse los nombres de los prestatarios al Congreso en el plazo de una semana; y (4) hay normas más estrictas para las garantías de los préstamos. ‘Me preocupa que las restricciones ... limiten más de lo que es aconsejable,’ expresó Donald Kohn, vicepresidente de la Fed durante la crisis, en una reciente conferencia de la Brookings Institution. Otros comentaristas estuvieron de acuerdo.

Es fácil saber por qué. Supongamos que sostener temporalmente a ese fondo de mercado monetario tambaleante impida un pánico general que afecte a todos los fondos de mercados monetarios. ¿No debería la Fed tener el poder de hacerlo? Bajo Dodd-Frank, no lo tiene.

Las restricciones sobre la Fed reflejan un resentimiento general por el hecho de que la Fed podía enviar gran cantidad de dinero sin obtener, en primer lugar, la aprobación del Congreso, que controla el monedero del gobierno. Pero lo que hacen los bancos centrales modernos es crear dinero. Si el Congreso objeta, debería revertir al patrón oro. En una crisis, la capacidad de la Fed de responder rápidamente es lo que le da el potencial de detener un pánico. (Nota: la mayoría de los préstamos de la Fed han sido devueltos con interés.) La insistencia en una supervisión detallada, si la aplicáramos a las fuerzas armadas, requeriría que durante una guerra, el Congreso tuviera que aprobar todos los cambios tácticos de los generales. No parece ser una medida práctica, porque no lo es.

La reacción negativa contra la Fed surge de la creencia de que se trata de un agente de la doctrina ‘demasiado grande para ir a la quiebra’ —que protege a las grandes instituciones financieras, que provocaron el colapso. Estas instituciones, dice la teoría, asumieron grandes riesgos para obtener grandes ganancias si tenían éxito y porque sabían que serían rescatadas por el gobierno, si quebraban. Con esta garantía gubernamental implícita, podían obtener crédito más barato que sus rivales para financiar sus inversiones especulativas.

Esta atractiva teoría falla en los hechos. Sí, algunas grandes instituciones financieras (AIG, Citigroup) estaban protegidas. Pero muchas quebraron o fueron obligadas a su liquidación con precios bajos por acción: Lehman Brothers, Bear Stearns, Merril Lynch, Wachovia, Washington Mutual. No había una protección irrestricta para las ‘grandes’ empresas. Tampoco su ventaja de interés era grande. Los estudios sugieren que promedió en alrededor de 15 puntos de base, informa el Fondo Monetario Internacional. Eso representa una diferencia de entre un 4% y un 4.15% –margen pequeño al que atribuir toda la crisis financiera.

La crisis, en última instancia, tuvo su origen en una orgía de optimismo, que reflejó un cuarto de siglo de crecimiento económico sólido, que generó prácticas crediticias irresponsables. Nadie planea un colapso financiero. Las estipulaciones Dodd-Frank, incluso si funcionan como se esperó, no pueden protegernos permanentemente contra problemas imprevistos. En una crisis, necesitamos una primera respuesta competente. La Fed, aunque no es infalible, es la mejor opción. Un Congreso sensato y clarividente —que no es lo que tenemos en este momento— restauraría su flexibilidad.

THE WASHINGTON POST