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20 de Oct de 2020

Economía

Impuesto a la chatarra y subsidio a las verduras

Aunque los expertos recomiendan una dieta rica en plantas y baja en productos cárnicos y alimentos procesados, la nuestra es todo lo contrario

¿Qué se necesita para cambiar nuestros hábitos alimenticios? La necesidad es indiscutible, ya que las enfermedades del corazón, la diabetes y el cáncer son en gran parte causada por el consumo de alimentos procesados. Aunque los expertos recomiendan cada vez más una dieta rica en plantas y baja en productos cárnicos y alimentos procesados, la nuestra es todo lo contrario, y hay poco desacuerdo en que el cambio podría mejorar nuestra salud y salvar decenas de miles de vidas. Además, una dieta sana podría también ahorrar cientos de millones de dólares en costos de atención de salud.

Sin embargo, la industria de alimentos parece incapaz de producir alimentos más saludables. Y si sus líderes están confundidos, no importa ya que las correcciones no son realmente su problema. Su misión no es la salud pública, sino las ganancias de sus empresas, por lo que seguirán vendiendo su comida chatarra que es más rentable hasta que el mercado u otras fuerzas cambien las cosas de otra manera.

Esas ‘otras fuerzas' debe ser el Estado cuya función es servir de agente del bien público y establecer una solución integral al problema de la comida chatarra. En lugar de subsidiar la producción de alimentos poco saludables, debe cambiar el enfoque y crear un impuesto a las sodas, papas fritas y galletas súper procesadas. La renta resultante se destinaría a promover una dieta saludable y subvencionar la compra de alimentos básicos como verduras de temporada, cereales integrales, legumbres secas y frutas, los cuales se venderían a precios baratos y en casi todas partes: esquinas de calles, abarroterías, supermercados, incluso las escuelas y otros centros comunitarios.

El panameño promedio consume 50 galones de bebidas azucaradas al año, que incluye sodas, néctares, chichas y refrescos, Las bebidas endulzadas podrían ser gravadas a 2 centavos por onza, por lo que un sixpack costaría $1.44 más que ahora. Un impuesto equivalente sobre las papas fritas podría ser de 50 centavos por porción y 25 centavos adicionales para un paquete de galleta. Esta idea por supuesto que alteraría la industria de alimentos y aquellos que resentirían pagar más por las sodas al argumentar que su derecho a comer lo que quisieran está siendo violado. También, no faltarán los políticos demagogos y defensores de los pobres al decir que estos impuestos son injustos porque las personas de bajos ingresos pagarían un porcentaje mayor de sus ingresos en alimentos y les resultaría más difícil comprar sodas y demás chatarra. Lo que no saben es que, de las 400 calorías adicionales que los panameños ingerimos en promedio por día, más de 40 por ciento proviene de sodas, chichas, KoolAid, tés fríos, y bebidas como Red Bull, Gatorade y las ofertas dudosas como Vitamin Water, que contiene la mitad de azúcar de una lata de Coca-Cola.

Gran parte de la investigación sobre los impuestos a las bebidas proviene del Centro Rudd para Políticas Alimentarias y Obesidad de la Universidad de Yale. Sus proyecciones indican que el impuesto se vuelve significativo en el equivalente de alrededor de un centavo por onza, un nivel en el que tres cosas muy buenas deben comenzar a suceder: el consumo de bebidas azucaradas debería disminuir, al igual que la incidencia de enfermedades y los costos de salud.

Definitivamente, un impuesto al consumo tiene la ventaja de ser incorporado en el precio de estantería y ahí es donde los consumidores toman sus decisiones de compra.

Actualmente, en lugar de gravar los refrescos y otros alimentos poco saludables, los subvencionamos con dinero proveniente de otros impuestos. Los subsidios que reciben los productores de maíz en países desarrollados ayudan a fabricar jarabe de alta fructosa a precios irrisorios, con lo cual se mantienen artificialmente bajos los precios de muchos alimentos chatarra y bebidas azucaradas. Además, hay otros subsidios indirectos, porque los precios de la comida chatarra no reflejan los costos de reparación de nuestra salud y el medio ambiente.

Hay países que están considerando o ya han iniciado programas para gravar los alimentos poco saludables. Impuestos a las grasas saturadas entró en vigor en 2014 en Dinamarca y Rumania. En Francia se planteó la idea de triplicar el impuesto de la soda en base al valor añadido de azúcar. En Hungría se propuso un impuesto a los alimentos con "demasiada" azúcar, sal o grasa, con el fin de pagar los exorbitantes gastos de atención médica.

Ordenar estas ideas para crear un impuesto a la comida chatarra resolvería una media docena de problemas a la vez: enfermedades no trasmisibles, presupuesto de salud, atención de salud, medio ambiente, acceso a los alimentos y más.

Los beneficios serían asombrosos y, aunque se necesita un nivel de voluntad política que rara vez observamos en nuestros gobernantes, es casi un tiro seguro a la solución de la crisis de obesidad. Y es urgente hacerlo porque los esfuerzos por reemplazar la dieta tradicional de frituras y chatarra han fracasado, ya que la educación por sí sola no es rival contra la publicidad que empuja estos alimentos. La industria de la comida rápida gastó el año pasado más de $5 mil millones en publicidad, solamente en los Estados Unidos.

Como resultado, el porcentaje de adultos obesos se ha más que duplicado en los últimos 30 años, el porcentaje de niños obesos se ha triplicado, y consumen un 10% más de productos cárnicos que hace una generación o dos. Y, definitivamente, por ese camino vamos rumbo al despeñadero.