Los estadounidenses trabajaron con ahínco para trabajar menos

  • 06/09/2015 02:00
Los estadounidenses no necesitan librarse de los trabajadores extranjeros.

En este Día del Trabajo, en lugar de quejarnos sobre cómo los inmigrantes supuestamente perjudican a los trabajadores estadounidenses deprimiendo los salarios, consideremos la posibilidad de que muchos trabajadores estadounidenses se perjudican a sí mismos al sobreestimar el valor de su mano de obra.

Hablamos mucho sobre los puestos de trabajo en este país. Hay políticos cuya plataforma consiste en la promesa de crear empleos, salvar empleos o impedir que los empleos se trasladen al exterior. Muchos trabajadores actúan como si tuvieran derecho a un puesto de trabajo, y algunos van más allá creyendo que se les debe el puesto perfecto—el que pague la suma máxima por el esfuerzo mínimo, con tiempo libre para el ocio y las actividades familiares. Y cuando una empresa los despide con una suave patada, en lugar de un reloj de oro de reconocimiento, sienten ira y resentimiento, en lugar de preguntarse qué podrían haber hecho para volverse indispensables.

No debemos preocuparnos sólo por los puestos de trabajo. Deberíamos estar hablando también de los salarios. Y no en la forma en que normalmente se aborda el tema, no en debates políticos sobre la inequidad de ingresos, la paga igualitaria para la mujer o el aumento del salario mínimo. Y no buscando alguien a quien echar la culpa si los salarios se estancan o incluso bajan—directores ejecutivos bien remunerados, inmigran tes, accionistas, la globalización, los partidos políticos, etc.

Por una vez, miremos hacia adentro y preguntémonos si estamos haciendo algo mal. Ha llegado la hora de preguntar: ¿Está el trabajador estadounidense socavando su propio trabajo, desplazándose a sí mismo fuera del mercado por el precio que pide? Si es así, uno de los motivos por los que eso está ocurriendo es que en algún momento—en 1980, 1990, escojan la década—acabamos sobreestimando nuestro valor y subestimando la idea de un trabajo bien hecho. Las generaciones actuales perdieron la ética laboral que permitió que sus abuelos construyeran vidas prósperas mientras edificaban este país. De hecho, quizás ése fue el objetivo inicial. Los estadounidenses trabajaron con ahínco para trabajar menos.

Hace unos años, recibí un mensaje electrónico de un lector que echaba humo por mi afirmación de que los inmigrantes realizan tareas que los estadounidenses no desean realizar—a cualquier precio. Aceptó el desafío y dijo que gustosamente dejaría su oficina con aire acondicionado para cosechar lechuga en el Valle Salinas de California—si le pagaban 1.000 dólares por semana. Que conste, eso sin experiencia alguna en cosechar lechuga.

Poco después escuché un programa radial en San Diego en el que una invitada—dueña de una empresa de jardinería—dijo que estaba dispuesta a pagar hasta $150 al día por un buen jardinero. La gente comenzó a llamar para aceptar la oferta, pero no tenía experiencia ni pasión por la jardinería. Lo único que les apasionaba era el salario. La dueña los dejó pasar.

Pregunten a cualquier propietario cuánto cuesta el trabajo que se realiza en torno a una casa. Se asombrarán. En los últimos años, algunos trabajadores nacidos en Estados Unidos me pidieron $75 por hora por barnizar una cerca, $80 por hora por limpiar ventanas y $100 por hora por colgar las luces de Navidad. En muchas ciudades de tamaño medio de Estados Unidos, una niñera fiable cuesta entre $12 y $20 por hora. Parece bastante claro que la gente valora su tiempo más que nunca.

A un trabajador le importa menos el trabajo que debe completar que el tiempo que se necesita para completarlo. Así pues, ya sea si está realizando una tarea peligrosa como si se trata de una trabajo eléctrico complicado, o cuidando a un niño de 3 años, es probable que pida la misma tarifa. Eso pone patas arriba la idea tradicional de que el que tiene más educación y mejores destrezas puede pedir la mayor remuneración. Ahora que tenemos horarios crecientemente ceñidos y hay mayor demanda por las horas del día, cada vez protegemos más el tiempo que estamos en el trabajo.

No hay nada de malo en valorar el tiempo propio, especialmente porque a menudo representa tiempo que uno pasa separado de la familia o de otras actividades. Pero llevamos esa idea demasiado lejos, y es hora de retroceder y volver a conectarnos con el valor del trabajo arduo y de la satisfacción que viene de proveer un servicio que se necesita, se aprecia y es positivo. Y si hacemos un buen trabajo, y proporcionamos un buen servicio, seremos recompensados justamente.

Los estadounidenses no necesitan librarse de los trabajadores extranjeros. Deben librarse, en cambio, del sentido de tener derecho a las cosas, que dicta que su tiempo es demasiado valioso para ser derrochado en algo tan insignificante como el trabajo.

THE WASHINGTON POST

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