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03 de Aug de 2020

América

Golpe ‘light’, pero golpe

Uno de los aspectos más deplorables del golpe en Honduras fue ver a un caudillo mesiánico, que transpira autoritarismo por todos los por...

Uno de los aspectos más deplorables del golpe en Honduras fue ver a un caudillo mesiánico, que transpira autoritarismo por todos los poros, convertido en adalid de la democracia.

Daba grima escuchar las peroratas contra los "gorilas golpistas" del energúmeno coronel que se inició en política con un sangriento y fallido cuartelazo contra el gobierno constitucional de Carlos Andrés Pérez en 1992. Y hasta risa sus bravuconadas iniciales de intervenir militarmente en Honduras, cuando sus propias Fuerzas Armadas saben que son incapaces de semejante aventura.

El golpe de Estado en el país centroamericano le sirvió el plato a Hugo Chávez para que diera rienda suelta a su irrefrenable sed de protagonismo y aprovechara al máximo la cumbre del ALBA que celebraba en la vecina Nicaragua con sus petrodependientes, para recibir y aclamar al depuesto Zelaya. Pero el impetuoso neobolivariano peló el cobre con su desabrochado intervencionismo, que dejó en claro hasta dónde llegaba su influencia sobre el depuesto mandatario hondureño.

Lo cierto es que la torpeza del golpe militar solo rivaliza con la del propio Zelaya, quien, además de antagonizar, con sus pretensiones reeleccionistas, con la Corte Suprema, el Congreso, las Fuerzas Armadas y su mismo partido, se lanzó de manera impúdica en brazos de Hugo Chávez. Algo que una aparente mayoría de sus compatriotas no estaba dispuesta a tolerar. Y que fue el detonante central.

El ex jefe guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos, lúcido analista de los asuntos centroamericanos, sostiene que en Honduras se ha roto la cuerda de un conflicto geopolítico que ha venido alimentando Hugo Chávez con su creciente intervencionismo continental.

Y de verdad no se puede minimizar la responsabilidad de Chávez en lo ocurrido en Honduras, una sociedad conservadora, de cultura política primaria y tradición golpista, donde la influencia de los petrodólares ideológicos de Venezuela y la agobiante agitación del modelo bolivariano de reforma constitucional, reelección y socialismo siglo XXI lograron, según Villalobos, "polarizar a un sistema de partidos de más de un siglo de existencia, dividiendo como nunca a los hondureños".

Un presidente sacado en piyama a la madrugada evoca la más clásica imagen de los golpes militares en América Latina. Pero el hecho tiene singularidades más allá de sus símiles caricaturescos. Para comenzar, nunca se había dado un cuartelazo en lo que era una república bananera por excelencia sin el visto bueno —más aún, contra la voluntad— de Estados Unidos. Y, por primera vez, Washington y el "chavismo internacional" coinciden en condenar algo. Con diferencia de matices, claro.

Se trata, además, de un cuartelazo light , sin muertos y con notorio respaldo interno. Al punto de que, para algunos politólogos centroamericanos y diarios como The Wall Street Journal, fue un golpe atípico porque no quiso quebrantar el Estado de derecho, sino defenderlo de un mandatario que irrespetaba el orden constitucional para atornillarse en el poder. Tesis discutible, pues fue depuesto por la fuerza un presidente democráticamente elegido, aunque los poderes públicos, la clase política y la mayoría de hondureños (según las encuestas) aplauden el hecho. Falta ver qué camino sigue ahora la comunidad internacional, que no vaciló en condenar el golpe. La anunciada expulsión de Honduras de la OEA sería un mensaje contundente de que América Latina no tolerará golpes de Estado. Y de que hay otras formas —civiles e institucionales— de frenar, juzgar o relevar a gobernantes que abusan del poder que les otorgaron las urnas. Como abusa el caudillo bolivariano, que ha convertido lo de Honduras en un "punto de honor", en lugar de asimilar las consecuencias que puede producir su oprobiosa megalomanía. Y en lo que se refiere a referendos, reelecciones y "puntos de honor", sería saludable que, al otro lado del espectro ideológico, nuestro mandatario captara con claridad lo sucedido en Honduras. Y también los mensajes, sutiles y no tan sutiles, recibidos durante su reciente visita a Washington. El legado histórico de Álvaro Uribe, que es grande, dependerá de que lo sepa hacer.