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25 de May de 2020

Nacional

El barrio que le dio la espalda a su pasado

Poco queda de sus edificios con balcones europeos, de su parque donde hablaba Arnulfo Arias

Son las 10 a.m. pasadas, pero la fiesta todavía sigue en Santa Ana. Un hombre la pasa a otro un trago servido en un minúsculo vaso de plástico, que vierte de una botella oculta en una bolsa. Cada noche, a partir de las 7:00 p.m., el histórico parque de esta comunidad es invadido por ‘personas de mal vivir y mujeres de la vida’, como describe Jorge Valdés, un antiguo residente. Los borrachos, vendedores y consumidores de drogas se apoderan de su gazebo, desde el cual el tres veces presidente Arnulfo Arias Madrid arengaba a sus copartidarios décadas atrás. A veces el amanecer sorprende a los tomadores.

Desde que Valdés arribó a esta comunidad, cuando era un niño de apenas año y medio, las cosas han cambiado. Lo que una vez fue un barrio señorial ha devenido en otra área roja más. Edificios emblemáticos como el antiguo Teatro Variedades se han convertido en caserones abandonados. Otros, como es el caso del Teatro Dorado y el Teatro Amador se han transformado en un casino y en un bar de eventos culturales, respectivamente.

Algunos residentes como Castro, un hombre de edad avanzada que asoma unos párpados entrecerrados por debajo de su boina, están convencidos de que es necesario renovar estos inmuebles históricos, siempre y cuando se respete la herencia de la arquitectura española, de las residencia hechas de calicanto.

Atrás quedaron los días en que Castro podía llevar a su familia al parque. Lo seguiría haciendo si hubiera una mayor presencia policial en el área, pero solo ‘pasa esporádicamente un agente en bicicleta’. Ante la escasa vigilancia, residentes como Valdés optan por refugiarse en sus hogares a partir de las 6:00 p.m.

RECUPERACIÓN

Para el arquitecto Sebastián Paniza, ex director de Patrimonio Histórico, es necesario rescatar este barrio, cuyos orígenes se remontan a la fundación de la ciudad amurallada de Panamá, para que deje de ser una ‘zona roja’ y pueda convertirse en un sector de desarrollo turístico, de forma similar a como ha ocurrido en el Casco Viejo. El presidente de Icomos Panamá (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios) recomienda que en las construcciones que se realicen en el área se evite la introducción de elementos discordantes con el estilo arquitectónico original.

Según Paniza es necesario remozar los antiguos caserones, siguiendo el ejemplo que ha tenido lugar en el Casco Viejo, en el que durante los últimos años se ha evidenciado un interés por retomar ‘los edificios de la zona y ponerlos nuevamente a valer’.

A Castro le preocupa que saquen a los inquilinos que llevan años viviendo en el sector, como ha venido ocurriendo en San Felipe, en beneficio de extranjeros con mayor poder adquisitivo. Valdés destaca que el proceso de renovación debe concentrarse en el interior, respetando así la arquitectura original inspirada en la época de la colonia.

Para contrarrestar un futuro desarrollo inmobiliario que excluya a los moradores originarios, Paniza recomienda que se fomente la creación de más proyectos habitacionales. ‘No solo se deben recuperar las viviendas, sino que también es necesario aportar más soluciones de viviendas de carácter social’, enfatizó el arquitecto.

HISTORIA

En el siglo XVIII Santa Ana era descrito como un conjunto de ‘chozas cubiertas de paja y otras de madera... era la mayor vecindad del arrabal extramuros, donde vivían negros, mulatos y demás colores, sexos y edades... es decir, esclavos que servían a la ciudad intramuros de San Felipe’.

Como explica el historiador César del Vasto los orígenes de Santa Ana se remontan a la fundación de la ciudad de Panamá, que tuvo lugar el 21 de enero de 1673 en las faldas del Cerro Ancón.

Las obras de la Iglesia de Nuestra Señora de Santa Ana se iniciaron el 12 de octubre de 1757, contando con el apoyo del obispo de Javier de Luna y Victoria. En aquella época, Manuel de Montiano, Gobernador y Mariscal de Campo, convocó una Junta Pública ese año para reconstruirla ‘de piedra y dejar atrás su confección de madera’.

Su construcción fue financiada con rifas y donaciones, aunque se considera a Mateo de Izaguirre, Conde de Santa Ana, como su mayor proveedor de fondos. En esta iglesia fueron bautizados los hijos de esclavos y morenos libres.

La Plaza de Santa Ana se construyó a imitación de la Plaza Mayor de Catedral, ‘una opuesta a la otra, pero la extramuros no era oficial, hasta su inauguración el 28 de noviembre de 1890’. ‘Antes de esa fecha se celebraban en ella corridas de toros, fiestas patrióticas, carnavales, novenas, entre otros eventos de carácter popular’.

A lo largo del siglo XX en Santa Ana fueron apareciendo edificios como ‘La Pollera’, que se caracterizaban por sus balcones europeos. Con el paso de los años, la ciudad se iría llenando de otros pequeños núcleos de viviendas, como es el caso de Malambo, San Miguel, Calidonia y La Ciénaga, entre otros.