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27 de Nov de 2020

Nacional

Entre la lluvia y el lodo: la visita de Roosevelt al Istmo

Fueron tres días de intensa actividad. Inspeccionó las obras del Canal, hizo giras turísticas y brindó por la nueva República

Bajo el cielo encapotado de la tarde colonense, el 14 de noviembre de 1906 arribaba  a la bahía de Limón un imponente convoy integrado por tres acorazados del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos.

A bordo del Louisiana, el más grande buque del ejército norteamericano, venía, bien resguardado por el Servicio Secreto y armas de alto calibre,   el presidente Theodoro Roosevelt, acompañado de  su esposa Edith, su  médico personal, el almirante Presley Rixey, y otros funcionarios de su gobierno.

“Me voy a ver la gran zanja”, había dicho  al abordar el Louisiana, seis días antes, mientras se despedía de sus conciudadanos desde las aguas del  Potomac, en Washington.

Para no decepcionar al público, acostumbrado a sus despliegues de originalidad y bravuconería, la visita de tres días al istmo  rompía con todos los precedentes establecidos por sus antecesores. Era la primera vez en los 130 años de vida republicana que un presidente ponía un pie fuera del territorio estadounidense —los presidentes previos no habían cruzado siquiera la frontera de Canadá o la de México—. Además, su destino (Panamá) había sido hasta hacía pocos meses conocido como una “trampa de muerte” y  un sitio inhóspito para  los hombres de raza blanca.

La aventura, no obstante, reforzaba la  importancia que daba Roosevelt a la construcción de un canal que abriera paso entre los océanos Pacífico y Atlántico, para él, el más grande legado que su gobierno dejaría a la posteridad.

Desde que fungiera como vicepresidente durante el periodo de William McKinley, Jr. (1897-1901), cuyo asesinato le abrió a Roosevelt el paso hacia la Presidencia,   había dado seguimiento a los planes para la construcción de ese paso marítimo, necesario para el gran esquema a futuro que trazaba para su país: un gran imperio sustentado sobre el ejército más poderoso  y eficiente del mundo.

Su impaciencia  lo había llevado a apoyar la revolución que se gestaba en Panamá en 1903 y reconocer  inmediatamente su independencia de Colombia, lo que le había ganado  las críticas más violentas de la prensa y de sus enemigos,  quienes aducían que su temeraria política era ilegal, autocrática e  inevitablemente conduciría a una guerra contra las potencias europeas o las naciones latinoamericanas.


Personalidad
De acuerdo con el testimonio de quienes lo conocieron, Roosevelt era una persona “extraordinaria”: un brillante intelectual, graduado como abogado de la Universidad de Harvard, autor de más de veinte libros de historia y biografías, un soldado heroico, un exitoso político, un aristócrata defensor de los débiles,  gran deportista y pionero de la conservación ambiental. Era también osado, verboso, obstinado e impaciente.

Su hija Louise, de su primer matrimonio, alegaba que su patológica  necesidad  de  ser el centro de atención  lo llevaba a comportarse como  “la novia de cada boda, el cuerpo de cada entierro, y el bebé de cada bautizo”.

Durante su visita  a Panamá mostraría esa personalidad hiperactiva, así como su amor por el peligro y los límites. Ni siquiera el torrencial aguacero que llevó al río Chagres a su máximo nivel en quince años, ni la  avalancha de tierra que paralizó  el tren durante varias horas serían suficientes para distraerlo de su agenda de trabajo.

“Hemos visto las obras de construcción del Canal en las peores condiciones climática que se hubiera podido esperar. Y ese era precisamente mi deseo”, le comentaría posteriormente en una carta   a su hijo Kermit, en la que también le decía que “no había tenido diez minutos libres”.

La apretada agenda incluyó  hacer  dos veces el recorrido por la ruta del ferrocarril Panamá-Colón,  una gira turística por  la bahía de Panamá hasta las islas Naos, Perico y Flamenco, una cabalgata por  Colón, la visita a las barracas de los trabajadores, a  las excavaciones de Culebra.

Como si temiera estar siendo engañado,  se salía continuamente del programa para ver más allá.  Cuando lo llevaron al hospital de Ancón, se metió en las oficinas y en las habitaciones, haciendo preguntas a las cocineras, a los comensales...  Cuando lo esperaban para un gran almuerzo en el hotel Tívoli, especialmente construido para él, prefirió sentarse entre  los cientos de obreros a comer un almuerzo de treinta centavos, que consistía en sopa, carne, puré de papa, guisantes, chili con carne, pudín de ciruela y café.

Mientras que su esposa optaba por protegerse de los mosquitos y demás amenazas tropicales  cubriendo  cada centímetro de su cuerpo —las fotografías la muestran con un vestido largo de cuello alto, guantes, sombrero y velo—, Roosevelt optó por usar la típica vestimenta masculina de los panameños, un traje de hilo blanco y sombrero.

Panamá se prepara

Para los habitantes de la joven república, de 350 mil habitantes,  donde había pocos actos sociales de esa magnitud,  la visita de Roosevelt significaba un mundo de emociones.

Según David McCullough, autor de la gran obra “El paso entre los mares”, el  país se había estado preparando desde hacía meses para la visita. Las calles se habían barrido, las fachadas de las casas habían recibido nuevas capas de pintura.

El presidente Manuel Amador, su anfitrión, había declarado un día de “alegría y exaltado entusiasmo”, y el gobierno  insistió  a la ciudadanía que  debía comportarse como si “todos los pensadores, sociólogos y filósofos del universo estuvieran  analizando lo que pasaba en el país en un penetrante escrutinio”.

Discursos en la Catedral
Bajo la mirada atenta de miles de ciudadanos apostados en las calles y balcones vecinos, a las 4 de la tarde del día 15, se presentó Roosevelt en la entrada de la Catedral junto a Amador y otros funcionarios del gobierno panameño, enmarcados por un espectacular montaje de banderas de ambos países,

En un elogioso discurso, Amador llamó a su visitante “comandante en jefe de las fuerzas panamericanas”, “aliadas para desarrollar la más grande obra de ingeniería del mundo”.

También manifestó  que “en el corazón de los panameños” estaba muy fresco el recuerdo de su defensa del istmo durante los hechos de noviembre de 1903.

En respuesta, Roosevelt dijo que se sentía muy contento de que la primera visita de un presidente de Estados Unidos a un territorio extranjero tuviera como destino a Panamá y reiteró que el único  deseo de su gobierno era ver a la república aumentar su riqueza, prosperidad y reputación, como una tierra de orden y libertad.

Cada palabra de Roosevelt fue interrumpida por los vítores de los panameños. Una vez terminado el acto, el presidente lideró una caravana que lo llevó desde la Plaza de la Catedral hasta su hotel, escoltado por  oficiales del gobierno y doscientos jóvenes panameños de la aristocracia a caballo.

En la noche, fue recibido en el palacio presidencial, para una cena seguida de un espectáculo de fuegos artificiales, que vio junto con su esposa Edith y los Amador, en el balcón de la mansión.  Al terminar la cena, ambas parejas acudieron a una recepción en el  Club Comercial, donde fueron recibidos por trescientos invitados al ritmo del himno de Estados Unidos.

Allí, según los testigos, Roosevelt tuvo una palabra amable para todos y propuso un brindis “primero por los caballeros de este país, que son muy buena gente, y segundo, por  las damas, que son todavía más buena gente”  (“good fellows).

Al día siguiente se levantó a las cinco de la mañana, y ya bajo un cielo despejado, pudo hacer la parte más ansiada de su visita, a las excavaciones del Corte Culebra.

Allí, entre el lodo resbaladizo y  las piedras,  no dudó en subirse a una  enorme excavadora de la que tomó el mando durante veinte minutos, mientras se le tomaban las fotografías que en las décadas posteriores han sido publicadas una y otra vez como representativas de su periodo presidencial y su espíritu aventurero.

Balance
La visita de Roosevelt llevó las relaciones entre ambas naciones a su punto más alto, un encanto que se iría rompiendo en las siguientes décadas de convivencia, caracterizadas por enfrentamientos  políticos y económicos y disputas sobre la propiedad del canal y de la zona que lo rodeaba.

Si para Roosevelt el canal fue su mayor logro, el manejo y decisiones tomadas en relación a él constituyeron también la mayor debilidad de su política  y terminaría por dañar la imagen de Estados Unidos entre sus vecinos latinoamericanos, que en adelante  verían a este país como un implacable devorador de tierras y riquezas ajenas.

De lo que no hay duda, es de que  el mismo  Roosevelt disfrutó inmensamente  su aventura panameña.

En la carta a su hijo, ya mencionada, le manifestaba su fascinación por el paisaje,  que describía como una verdadera “selva tropical, de palmeras, tallos de banano, palmas de fruta de pan, bambús, coposas ceibas y hermosas mariposas y pájaros de plumajes brillantes, que revoloteaban entre orquídeas y otras hermosas flores”.

“Este viaje ha revivido todo mi entusiasmo por la naturaleza. Qué no hubiera dado por quedarme para coleccionar especímenes. También es un buen lugar para la caza, porque  hay abundancia de venados, jaguares,  tapires  y grandes aves a las que llaman pavos salvajes”.

Para alimentar el espíritu de aventura que compartía con su hijo, le comentó que “los cocodrilos abundaban en los ríos” y le contó una anécdota que había escuchado: ese mes de agosto, un “enfermero estadounidense  había ido a darse un chapuzón y fue sorprendido por un cocodrilo que le agarró una pierna y lo dejó malamente herido”.

En cuanto a las obras del Canal, reconoció que “por supuesto” tenían dificultades con su propia gente, pero le pronosticó que, a diferencia de los franceses, los estadounidenses sí lograrían construir el Canal:  “Nos tomará más tiempo y costará más que lo que se piensa ahora, pero creo que se está haciendo el trabajo a un alto nivel de eficiencia y honestidad”.

“Stevens y sus hombres están cambiando la faz del continente; están haciendo la mayor obra de ingeniería de los tiempos,  y los efectos de su trabajo se continuarán sintiendo  tanto como nuestra civilización permanezca”.