Temas Especiales

27 de Oct de 2020

Nacional

Crimen en la Escuela Normal de Santiago

El año de 1940 se presentaba como complicado y confuso. Se cernía la amenaza del nazismo y de la expansión de la guerra.

En la sala de música de la Escuela Normal de Santiago, la tensión flotaba en el aire mientras el profesor Gonzalo Brenes y un grupo de jóvenes se congregaban para la práctica del coro.

Algunos de los estudiantes practicaban las piezas designadas para el ensayo. La mayoría se mostraba impaciente, y se ubicaba en uno de dos grupos, las niñas a un lado y los varones al otro.

Era una de las primeras prácticas del nuevo ‘coro mixto', tras la fusión de dos grupos cuya rivalidad empezaba a causar problemas en la escuela.

Días antes, algunos de los varones, dirigidos por el profesor chileno Armando Urzúa, se habían negado a ponerse a disposición de Brenes, encargado del coro de niñas.

Aunque normalmente habían mantenido buenas relaciones, los hechos habían hecho surgir una pequeña rivalidad entre ambos maestros, dos estrellas deslumbrantes en el ambiente pueblerino de Santiago, y que a partir de ese día debían trabajar juntos.

GRANDES MAESTROS

Solo con grandes maestros se podía educar a un gran pueblo. Esa había sido la consigna del presidente Juan Demóstenes Arosemena (1936-1939), al promover la construcción de la Escuela Normal de Santiago, destinada a impulsar la transformación de las provincias interioranas.

La República no puede seguir siendo tan solo dos ciudades situadas en una de las zonas estratégicas más importantes del mundo, y sujeta a la codicia de las potencias, decía el presidente.

La Normal había abierto sus puertas el 5 de junio de 1938, en un edificio majestuoso de corte colonial, con grandes áreas de dormitorios y jardines. Arosemena soñaba con que ella impulsara lo nacional en un país cuyas raíces se desintegraban bajo la influencia extranjera. El mismo había supervisado la contratación de los mejores profesores disponibles en América Latina, entre ellos el compositor chileno, encargado de la cátedra de canto y música.

NO LLEGABA URZÚA

Eran ya las 4 y Urzúa no llegaba a la práctica. Brenes se mostraba impaciente. ¿Donde estaba el profesor? Nadie lo había visto ese día. Su ausencia no podía presagiar nada bueno.

Preocupado, pidió a algunos de los estudiantes que lo buscaran en su casa, a unos minutos de la escuela.

Una media hora después, regresaban, anunciando que habían tocado la puerta pero el profesor no contestaba.

¿Estaría enfermo?, se preguntó Brenes. Inmediatamente, canceló la clase, para buscar a uno de los pocos colegas que poseía un automóvil, y solicitarle que lo llevara al hospital. Se les unió otro maestro y un par de estudiantes.

En el centro médico no sabían nada de Urzúa.

No era posible que el profesor hubiera desparecido. Decidieron acudir nuevamente a su hospedaje. En automóvil, se acercaron prontamente por la poco concurrida calle, y estacionaron el vehículo frente al cuarto que ocupaba, en un ala del edificio de la Gobernación.

Uno de los jóvenes saltó por encima de la ventana, y pudo observar, a través de una rendija, que la cama estaba ocupada. Decidieron forzar la puerta.

Al entrar al aposento se encontraron con un macabro espectáculo. El cuerpo del profesor yacía sobre la cama, cubierto por un bulto de ropas.

Un chorro de sangre se extendía por el piso.

El profesor Brenes quitó las piezas que cubrían el cadáver. Una almohada. Un mosquitero. Una bata de baño.

Un grito surgió al unísono: sobre los ojos abiertos del cadáver de Urzúa, en la frente, había tres heridas de las que salía parte de la masa cerebral.

En el cuello tenía un cordel que rodeaba la piel llena de moretones.

LLEGA LA POLICÍA

El rumor corrió velozmente y a los pocos minutos llegaban el jefe de la Policía y el gobernador.

Pero ya la habitación estaba llena de curiosos que se movían libremente, abrían ventanas y puertas, y hurgaban entre los bienes del occiso.

El capitán puso orden inmediatamente. A los curiosos ordenó que salieran al patio. A uno de sus ayudantes, que fuera a buscar al doctor Arrieta González, para que levantara el cadáver.

Había caído la noche cuando los oficiales iniciaron los interrogatorios. ¿Cuándo se había visto por última vez al profesor? ¿Tenía enemigos? ¿Cuál podría haber sido el móvil? No era el robo, pues allí parecían esta todos sus bienes, inclusive su libreta bancaria, con ahorros superiores a los $900, una alta suma en la época.

La propiedad de la Gobernación tampoco había sido tocada.

EL MUNDO

Los sucesos confirmaban las sospechas de los supersticiosos que asociaban los años de 366 días con tragedias.

En realidad, era una época complicada y confusa. En Europa, sonaban los tambores de guerra. En Panamá, Arnulfo Arias, un joven médico de quien se decía era admirador de los nazis, había tomado posesión ese octubre.

Pero las batallas europeas, el temido nazismo, y la nueva constitución de corte nacionalista impulsada en Panamá por el joven presidente pasarían a segundo plano a partir de ese día, en el que el país entero se entregaría a especular sobre la tragedia ocurrida en Santiago de Veraguas.

QUIÉN ERA URZÚA

Los días siguientes, la policía de Veraguas, apoyada por una comisión de expertos enviada de Panamá, empezó a recoger pistas.

De los datos reunidos, salía a relucir la personalidad de Urzúa, un hombre que aparentemente, carecía de enemigos o de vicios, y al que nada parecía motivar, excepto la música.

Era soltero, y no se le conocían aventuras amorosas. Tampoco parecía tener amigos. Entre sus bienes se encontraron solo dos fotografías: una de un balneario de Chile, con un paisano en traje de baño, y la otra, de un joven del pueblo, que aparecía desnudo, y con una dedicatoria.

Nunca llevaba dinero consigo, pues sus ingresos terminaban en una cuenta de ahorros, para comprar una casa para su madre en Chile.

Los vecinos no habían visto a nadie entrar ni salir. Solo la vecina de la casa inmediata aseguró haber escuchado la noche del crimen voces que provenían de la habitación.

Era una charla normal, en la que Urzúa hablaba en voz alta y su interlocutor lo hacía en tono más bajo. No pudo identificar con quién conversaba, pero debía ser un amigo o al menos conocido.

El joven de la foto dedicada fue interrogado, pero tenía una coartada creíble.

La habitación estaba llena de huellas dactilares, pero estaba contaminada por los numerosos curiosos que habían acudido.

Por lo demás, aunque muchos querían cooperar, no añadían pistas útiles y a los pocos días, los policías extendieron el proceso a los pueblos vecinos, llegando a La Mesa, Las Palmas y Cañazas. Cualquier varón era sospechoso, sobre todo, si tenía alguna herida en el cuerpo.

Después de ocho días consecutivos de diligencias el crimen parecía un misterio impenetrable.

Cundia el miedo y algunos alumnos dejaban la escuela, presionados por sus padres. La población estaba pesimista. El misterio no iba a ser solucionado. Era un crimen perfecto, planificado al detalle. Solo podía haber sido cometido por un extranjero.