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17 de Oct de 2019

Nacional

Un asesino anda suelto

Después de interrogar a medio pueblo, la policía se concentraba en el equipo de profesores de la Escuela Normal de Santiago. Las pesquisas por el asesinato del profesor Armando Urzúa llevaron a la detención del profesor Gonzalo Brenes, quien insistía en su inocencia

‘No quedará impune el asesinato del profesor Armando Urzúa', prometió el recién estrenado presidente Arnulfo Arias, veintinueve días después de juramentarse el 1 de octubre de 1940 y a dos de la muerte del compositor chileno, en la ciudad de Santiago de Veraguas ( ver entrega anterior ).

Presionado por un grupo de prominentes ciudadanos de la provincia – entre ellos Octavio Medina, Luis Fábrega, Leopoldo Fábrega, Julio Sierra, Francisco Céspedes, Melitón Arrocha, Temístocles Céspedes, Julio Alcedo, Rodrigo Arosemena, Ana Richa, Demetrio Pinzón y otros más- Arias nombró una comisión con la idea de acelerar y dar fuerza a la investigación del horrendo crimen que consternaba a la población del país.

Una semana después, la comisión, liderada por el magistrado Adriano Robles y el doctor Rolando Chanis, empezó a rendir informes de los avances de las pesquisas, que inicialmente se mantuvieron en secreto para no alertar a los sospechosos.

Según los informes de la policía, el profesor de música y canto, una persona respetada y querida por compañeros y estudiantes de la Escuela Normal, había expirado el martes 28 de octubre entre 10 y 11 de la noche, a pocos minutos de entrar en su habitación.

El o los asesinos debían ser amigos o conocidos suyos, pues el occiso les había abierto la puerta y conversaba con ellos sentado en la cama, mientras se agachaba para quitarse los cauchos que protegían sus zapatos de los charcos de lluvia. Estando en esta posición, se le había propinado el golpe fatal.

Esta tesis se fortalecía con el testimonio de una vecina, una señora muy seria, que aseguró haber escuchado a Urzúa conversar tranquilamente entre las diez y once de la noche en su habitación.

Después de interrogar a medio pueblo, la policía se concentraba ahora en el equipo de profesores de la Escuela Normal de Santiago, un grupo que, dado el relativo aislamiento de la escuela, mantenía una buena cohesión.

GONZALO BRENES

Era fácil que entre todos los profesores interrogados llamara la atención de la prensa Gonzalo Brenes, un brillante compositor y llamativo soltero de 33 años, proveniente de una respetada familia chiricana que, al contrario de la mayoría de los profesores, era muy bien conocido en el ambiente nacional.

Brenes había sido diputado suplente, y se había dado a conocer al estrenarse con gran pompa el musical ‘La cucarachita mandinga', una farsa basada en cuentos infantiles transmitidos de generación en generación, que cosechó gran éxito al presentarse en el Teatro Nacional en diciembre de 1937 y enero de 1938. La pieza era de Rogelio Sinán, pero la música era toda de Brenes.

Desde muy joven, Brenes había sobresalido en el pobre ambiente cultural del país. En 1927, se había graduado con el primer puesto en el Instituto Nacional. Su inteligencia y talento capturaron la atención de su maestro Richard Newman, quien intercedió para que el Gobierno Nacional le otorgara una beca para continuar sus estudios musicales en el Conservatorio de Leipzig, Alemania, uno de los más reconocidos centros europeos, que apenas tenía cupo para unos 300 estudiantes.

Tras culminar sus estudios en 1931, había vuelto a Panamá, donde, influido por el movimiento de ‘nacionalismo musical', entonces en boga en Europa, se dedicó a componer piezas infantiles basadas en el folklore con la idea de fortalecer la identidad de las nuevas generaciones.

Entre su primer cancionero, escrito entre 1931 y 1937, sobresalían las piezas ‘La paloma Titibú' y ‘El caballito moro', con letras de la poetisa Ofelia Hooper.

En Santiago de Veraguas, la trayectoria y personalidad de Brenes le habían ganado el respeto y cariño de alumnos y, aparentemente, la amistad de su colega Urzúa, destacado compositor por cuenta propia.

Siendo los únicos profesores de música del plantel, Urzúa y Brenes compartían el mismo salón de clases y mantenían actividades comunes, como entrenar al coro escolar. Aunque habían sucedido algunos hechos desagradables alrededor de este coro, el personal de la escuela no tenía razones para pensar que entre ambos hubiera una tensión permanente y fueron varios los que comentaron haberlos visto regularmente conversando y riendo durante las comidas en las escuela.

EL BOCHINCHE

Cuando se supo que la policía de Santiago estaba interrogando a los profesores de la Normal, los locutores de radio de la ciudad capital, ávidos de mantener la sintonía de sus radioescuchas, hicieron un festín, especulando que Brenes era sospechoso y llegando a incluso a decir que había confesado el crimen, lo cual la policía se apresuró a desmentir.

En David, su madre, sumamente preocupada, contrató a un abogado defensor, Abraham Telembí Pérez, quien de inmediato partió en automóvil rumbo a Santiago. Sin embargo, al presentarse al Tribunal, el juez no aceptó su intervención aduciendo que ‘Brenes no es sindicado en las presentes sumarias'.

Para las decenas de miles de panameños que seguían el caso de cerca, fue una sorpresa encontrarse, el día 13 de noviembre, con que las primeras planas de todos los periódicos del país anunciaban la detención de Brenes, por instrucción del magistrado Adriano Robles, del Segundo Distrito Judicial.

La policía se había presentado en la escuela justo cuando Brenes preparaba su clase de música, para conducirlo al Cuartel Central de Santiago.

‘Soy inocente', repetía el profesor mientras se lo llevaban con las manos en la espalda, ante la mirada atónita de colegas y estudiantes.

Pese a los reiterados reclamos de su inocencia, la policía había encontrado varios indicios en su contra. Dos pares de sus zapatos estaban manchados de sangre humana. Sus manos, aparentemente limpias, fueron sometidas a una prueba química, y mostraron restos del líquido entre los finos relieves de las yemas de los dedos y en la cutícula de las uñas.

El compositor adujo que esto era resultado de la exposición al cadáver, el día 29 ( ver primera entrega ), pero no pudo explicar las manchas en el segundo par de zapatos.

En retrospectiva, algunos testigos habían comentado a la policía que el día posterior al crimen, antes del levantamiento del cadáver, Brenes había mantenido una actitud sospechosa. Se había mostrado ‘demasiado' ansioso ante la tardanza de Urzúa y, al descubrir el cadáver, ‘había corrido a tocar el cuerpo y los objetos del cuarto, como para que sus huellas dactilares quedaran claramente marcadas en la habitación'.

Había otras piezas en el rompecabezas. El propietario de un restaurante ubicado en el kiosco de la plaza, un español de nombre Joaquín Marcos, denunció que la madrugada del día 29, cinco horas después de la supuesta hora del crimen, Brenes había estado en su restaurante pidiendo un té y dos huevos fritos.

- ¿Qué lo trae por aquí a estas horas?- le preguntó supuestamente Marcos.

- Estoy muy contrariado y quise tomar el fresco- le habría contestado Brenes, alzando ligeramente los hombros.

Al ser confrontado con las declaraciones del español, el profesor aseguró que la visita al restaurante no había sido el martes, sino el lunes 27, el día anterior al crimen, pues el martes, insistió, estaba en el salón de música de la escuela, lo que podía ser corroborado por el guardia de seguridad que le había abierto la puerta.

Pero al ser interrogado este último, aseguró que el martes él no estaba de servicio y que sí, había visto a Brenes de madrugada en el salón de música, pero la semana anterior.

Por cuatro días, Brenes fue, sino el único, el más fuerte sospechoso del crimen. Hasta que el día 16 de noviembre, un ecuatoriano de nombre Salomón García fue detenido en Penonomé.

García residía en Santiago de Veraguas y viajaba Panamá, pero como alcohólico que era, al llegar a Penonomé había cogido tremenda borrachera. Cuando la policía se le acercó para pedirle su identificación, empezó a hacer alarde de estar involucrado en la muerte de Urzúa. Inmediatamente fue apresado y enviado a Santiago.

Al día siguiente ya había confesado; ‘yo cometí el crimen'. Pero el misterio no había sido resuelto.

Continúa la próxima semana .