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17 de Oct de 2019

Nacional

Salomón García se confiesa: ‘yo maté al profesor Urzúa'

Familiares y amigos cercanos de Gonzalo Brenes se sintieron aliviados cuando un borracho apresado en Penonomé terminó confesando la autoría del asesinato del profesor, pero el supuesto homicida nombró al compositor como autor intelectual y material del mismo

‘Te escribo desde la celda de la oficina de investigaciones en la que me han recluido. No te asustes, es un cuarto aceptable. Duermo bien, como bien. Me visitan mis amigos y alumnos. No estoy, pues, incomunicado, y sus visitas me hacen gran bien. Recibí tu carta y me emocionó mucho'.

‘Me he traído libros, papel de cartas y música para la celda. Estoy sacando en limpio mis últimas canciones infantiles y pretendo hacer algo más'.

‘Ten confianza como yo la tengo de que este horrible trance de mi vida ha de hacerme más bien que mal. Este sí que es tema para uno de tus famosos cuentos. No tienes idea de cómo me ha sido adversa la suerte esta vez. Los famosos indicios parecen complicarse, pero yo no les temo, pues mis nervios han sufrido tanto en los primeros días y se ha exaltado en mí la conciencia de mi absoluta inocencia en este asunto, a tal grado que hoy estoy lleno de ánimo, de confianza y lucidez para transitar los escabrosos caminos de los interrogatorios a los que me someten'. Afectísimo, Gonzalo.

Así escribía, el 13 de noviembre de 1940, desde su celda de Santiago de Veraguas, el compositor panameño Gonzalo Brenes a su buen amigo Rogelio Sinán, coautor del musical panameño ‘La Cucarachita Mandinga'.

Tres años antes, con el exitoso estreno de la obra, Brenes había disfrutado de gran popularidad. Ahora, como él mismo sugería, la diosa de la fortuna le era esquiva. El compositor se encontraba en prisión preventiva, como único sospechoso del horrendo crimen del profesor chileno Armando Urzúa, ocurrido el 28 de octubre en esa misma ciudad.

Dos días después de que Brenes escribiera la carta, familiares y amigos cercanos como Sinán suspiraron aliviados. Había aparecido el culpable. La radio y periódicos anunciaban que un borracho que se dirigía en chiva hacia la capital había terminado confesando la autoría del horrendo asesinato.

Pero si creyeron que ello terminaría el vía crucis de Brenes, se equivocaban. Apenas veinticuatro horas más tarde, el supuesto homicida nombraba al compositor como autor intelectual y material, colocándolo en una situación aún más comprometida.

DOS PERSONAJES DIFERENTES

Los dos protagonistas no podían ser más distintos. El primero, de 33 años, educado en uno de los centros de enseñanza más prestigiosos de Europa y conocido como una persona de exquisita sensibilidad y refinamiento, un patriota que rescataba oscuras melodías tradicionales para darles forma y dejarlas listas para ser ejecutadas por una orquesta.

El segundo, de 51, era un extranjero desconocido, de cabello rizado, nacido en Maraví, Ecuador, sin educación formal; un aventurero llegado a Panamá en 1919, sin talento para elevarse de su condición de simple trabajador manual.

El músico tenía el respaldo de la buena sociedad chiricana, en especial las señoras amigas de su madre, que lo conocían desde niño y defendían al ‘artista, al hombre bueno, persona de paz, incapaz de cometer un crimen de esa magnitud'.

García arrastraba un largo historial policivo: había sido detenido más de 25 veces, acusado, entre otras cosas, de golpear a una mujer, de hurto, de injuria, de negarse a pagar por una botella de licor, irrespetar a la policía, de molestar al secretario de Relaciones Exteriores, de destrozar una cantina, de no querer pagar una comida.

Desde su llegada a Santiago, había protagonizado varias grescas más, contraviniendo un decreto alcaldicio que prohibía emborracharse en días de trabajo.

LA VERSIÓN DE SALOMÓN GARCÍA

A los pocos días de ser detenido en Penonomé e interrogado en Santiago, el ecuatoriano ya había ofrecido un recuento bastante detallado del asesinato.

Se trataba de un testigo de excepción, pues desde septiembre de ese año trabajaba para la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena como encargado de la limpieza del salón de música, usado por Brenes y el profesor chileno asesinado.

Con Urzúa no tenía ninguna relación. En una oportunidad había tratado de saludarlo, pero, al no devolverle este la atención, más nunca lo intentó.

Con Brenes, la cosa era diferente. Conversaban a diario y, según el encargado de limpieza, el profesor hasta desahogaba con él las frustraciones que le ocasionaban los sucesos ocurridos en el salón de clases.

Pocos días antes del asesinato, lo había visto presa de una furia incontenible tras un incidente con un estudiante del coro.

‘Voy a matar a Urzúa, pero necesito tu ayuda. Te doy 200 dólares si me acompañas', le habría dicho Brenes.

Como el dinero no le venía mal, García aceptó y el domingo se sentaron a hacer los planes.

ASÍ OCURRIÓ TODO

El martes 29 de octubre, en horas de la noche, Salomón García se dirigió hacia la calle tercera - la que desembocaba en el mercado público-, por ‘la esquina del callejón'. Al alcanzar la oscura y poco transitada calle en la que se ubicaba el edificio de la Gobernación, donde residía el profesor chileno, se topó con un joven que alimentaba a su caballo.

‘Esto es peligroso. Váyase de aquí', le espetó el ecuatoriano, un testimonio que sería corroborado por el mismo joven, Faustino Aguilera, días después.

Minutos más tarde, llegaba Brenes, según la versión de García, completamente vestido de negro y con un sombrero del mismo tono oscuro. Llevaba el saco cerrado sobre la camisa y el cuello levantado le tapaba la cara. En las manos, envuelto en un trapo oscuro, tenía el arma homicida, un martillo mecánico.

Juntos, se dirigieron a la habitación del maestro chileno. La puerta estaba abierta.

‘Te estaba esperando', le habría dicho Urzúa a Brenes, invitándolo a pasar.

Ante la mirada de los visitantes, y con mucha familiaridad, Urzúa se quitó el saco; se sentó sobre la cama y se inclinó para quitarse uno de los cauchos que protegían los zapatos de los charcos de agua tan comunes en la lluviosa ciudad.

Seguido, bajó la cabeza para quitarse el segundo caucho, pero en esta ocasión, Brenes aprovechó el descuido para atestarle un fuerte golpe en la parte posterior de la cabeza con el arma homicida.

Rápidamente, García le introdujo la punta del mosquitero en la boca y, con el cordón de la bata de baño, le amarró el cuello con gran fuerza, para evitar que gritara. Mientras, Brenes le propinaba dos martillazos más en la frente.

La sangría corría sobre la cama y el piso. De las heridas de la cabeza de Urzúa salía la masa cerebral. Sin duda estaba muerto. García tapó el cadáver con el mosquitero. No le pareció suficiente y añadió la bata. Encima, colocó la almohada. En el piso, puso una palangana para evitar que la sangre llegara hasta la puerta.

Inmediatamente, se escondieron en el cuarto contiguo. Allí esperaron en silencio durante varios minutos, hasta estar completamente seguros de no haber llamado la atención de los vecinos. Entonces, salieron por el corredor del edificio y llegaron al patio de una casa vecina, le dieron la vuelta y se fueron por la paredilla de la calle tercera.

Brenes se habría deshecho del arma homicida, pero quedó nervioso. Al día siguiente, buscó a su compañero de andanzas para amenazarlo: ‘Cuidado con decir algo, que te mato'.

Una semana después, cuando Brenes se convirtió en el foco de atención de la policía como sospechoso, García abandonó Santiago. No planeaba decir nada sobre el homicidio, dijo, pero al emborracharse, y ser detenido por la policía en Penonomé, ‘se le escapó'.

REACCIÓN DE BRENES

En Europa, el ejército francés se desmoronaba ante la invasión alemana. En Panamá, el gobierno organizaba un plebiscito para que el pueblo aprobara o rechazara el borrador de la segunda constitución de la República: más poderes para el presidente Arnulfo Arias. Nacionalización del comercio. Razas prohibidas. Panamá para los panameños.

En Santiago de Veraguas, Brenes era sometido a un duro contrainterrogatorio de diez horas. La policía intentaba quebrarlo y forzarlo a inculparse, pero en ningún momento cambió su versión de los hechos. Él era completamente inocente.

El 16 se hizo un careo entre los dos sospechosos. García repetía su relato, cuando fue interrumpido por Brenes: ‘Este hombre está completamente loco. Deben examinarlo'.

Pero el otro no se intimidó: ‘El loco es usted, que ha planeado este crimen'.

Finaliza la investigación

El magistrado Adriano Robles tenía dos posibles homicidas, un móvil, una versión de los hechos. Y todo estaba documentado en un expediente de 440 páginas. La investigación estaba cerrada. Los sospechosos serían trasladados a Penonomé, donde se ubicaba el Tribunal Superior del Segundo Distrito Judicial, para preparar el juicio. Si todo salía bien, ambos serían condenados.

En realidad, las pruebas contra Brenes -la sangre en los zapatos, en sus manos, el testimonio del restaurantero-, mostrarían ser puramente circunstanciales.

Lo más serio eran las acusaciones de García, pero era la versión de uno contra la del otro.

De un lado estaba el individuo de brillante trayectoria, respaldado por una familia respetada y querida, con medios para contratar a un costoso abogado criminalista.

En la esquina opuesta, un ‘don nadie'.

Finaliza la próxima semana