La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Nacional

La Patria y la emoción de la marea roja

En una columna publicada el 26 de julio del 2000, Carlos Iván Zúñiga Guardia ‘El Patriota' plantea: ¿Qué nos dice la presencia de miles de jóvenes en su marea roja, cantando con ilusión en el Estadio el himno de su Patria?

En mi última entrega comentaba el artículo ‘Los Santos Lugares', de Ernesto Sábato. Él decía que sus maestras le enseñaron a escribir con mayúsculas las palabras Justicia, Patria y Libertad. La vida cotidiana, la del calvario doloroso de nuestra América, ofreció a Sábato la visión de otra escritura. Esas mismas palabras fueron escritas con minúsculas y otras veces, casi siempre, entre comillas.

Me ocupé el sábado pasado de la Justicia y del modo de escribirse. Hoy me propongo hablar de mi Patria, sobre todo, hablar del tema con los jóvenes.

Los panameños siempre hemos luchado por escribir la voz Patria con mayúscula. Hemos sabido amarla y defenderla y nos han irritado las flagelaciones que históricamente ha soportado. No hay en América país que haya estado tan sometido a la injuria como Panamá.

FICHA

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia.

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé.

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, Ciudad de Panamá.

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 inició su vida política como un líder estudiantil que rechazó el Acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden de Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.

En una época el nombre de nuestra Patria era sinónimo de estafa. Si la construcción del Canal francés culminó en la quiebra con el auspicio de la estafa, esa crisis o estafa recibió el nombre de Panamá. En Francia, en México y en muchísimas partes del mundo, el nombre de Panamá era equivalente a concepto de estafa. Si se quiso bautizar absurdamente el hecho delictivo con un calificativo patrio, se debió dar en todo caso el del país de sus autores.

Durante decenas de años se tejió una leyenda negra sobre los protagonismos y las causas de nuestra independencia de 1903. A pesar de los esfuerzos del panameño para alcanzar su independencia en el décimo nono y a pesar de las luchas durante el siglo veinte para lograr el perfeccionamiento de nuestra soberanía, siempre se nos señaló, y hasta por los mismos hermanos latinoamericanos, como colonia yanqui, como país mediatizado y como esbirro del imperialismo.

Si un escritor se ocupaba de Panamá, como lo hizo el ecuatoriano Aguilera Malta en su obra Canal Zone , se nos definía como ‘un cabaret con calles'; otro escritor, el magnífico uruguayo Mario Benedetti, al condenar la invasión de 1989, no la calificaba como la náusea de Estados Unidos, sino como la náusea de Panamá, sin dejar de elogiar a los que nos causaron otras náuseas en el país. Hasta algunas poetisas y poetas locales nos han ridiculizado con sus ‘visiones de Panamá' que sólo consagran exaltaciones a lo que hay en el istmo de deleznable.

En este mismo orden de ideas, si los empresarios de las compañías fruteras descubrían una enfermedad maligna en los bananos no le ponían por nombre United States, sino que la estrenaban con el nombre Panamá. Hasta hace poco algunos periodistas y senadores colombianos al describir a Panamá decían que era un ‘muñón sangriento que aún destilaba sangre de colombianos traidores'.

Las últimas puñaladas injuriosas nos ubican como traficantes de drogas, como lavadores de dinero y como centro de prostitución infantil. Se nos ha pretendido llevar a tal grado de debilidad moral, que cualquier Perico de los Palotes se siente autorizado para vilipendiar a su gusto a la Patria panameña.

Desde que la población del Istmo adquirió las características de Nación, ha sido víctima de las peores imputaciones. Por eso, durante la colonia, durante la unión a Colombia, a lo largo de la era republicana, ante tales lesiones e irrespetos, la Patria, nuestra Patria, buscó y encontró los mecanismos de defensa y de creación para ser y perdurar.

‘Hemos sabido amar y defender la Patria y nos han irritado las flagelaciones que históricamente ha soportado. No hay en América país que haya estado tan sometido a la injuria como Panamá'.

La expresión feliz de Isaiah Berlín, citado recientemente por Carlos Fuentes, al indicar que todo nacionalismo es respuesta a una herida infligida a la sociedad, explica y justifica la razón de ser del nacionalismo panameño y su carácter político, cultural y humanista. El nacionalismo panameño no es negativo, no es de rechazo a otras culturas, ni es ideológicamente antiyanqui o antieuropeo o antiasiático o antiafricano. El nacionalismo panameño es afirmativo, es históricamente afirmativo de lo nuestro, de nuestros valores ancestrales, de nuestra vocación de libertad puesta en vigencia en las jornadas autonomistas de los años 1821, 1830, 1831, 1840, 1855, 1860,1861 y 1903, y en cuanta fecha que registra actos de afirmación nacional. El nacionalismo panameño ha estado siempre dirigido a la creación y consolidación de la Patria y es la respuesta inteligente y constructiva a todas las heridas perpetradas a nuestra sociedad.

Es obvio que el nacionalismo positivo y creador descansa en dos realidades: la existencia de un pueblo y la existencia de una Nación que se suman como actores en la búsqueda consciente de un ideal que se llama Estado. De allí que Ortega y Gasset afirmaba con rotundidad que ‘en la Nación existe un alma dinámica que se proyecta hacia el porvenir'. El pueblo como elemento primario de la Nación, como parte de ese todo, tiene su alma, sus corrientes íntimas, sus mensajes reivindicadores que corren de generación en generación, y todo lo convierte en un conjunto espiritual que garantiza la existencia del ser nacional.

Sobre la base de las premisas expuestas llegaríamos a entender todos los hechos generacionales de la sociedad panameña, de relevo incesante, creando y recreando actos de afirmación nacional, unos simples, otros heroicos, que han dado linaje cívico a la Patria.

La respuesta de Narciso Garay Díaz, por ejemplo, ante la imposición del Fallo White, es un acto de afirmación nacional; las luchas de Acción Comunal y del Frente Patriótico, la creación del Instituto Nacional y de la Universidad de Panamá, el Tratado General de 1936, son actos trascendentes de afirmación nacional; el minuto de silencio guardado en señal de duelo en todo el país el 18 de noviembre de 1933, a las 6:40 de la tarde, al cumplirse 30 años de la firma del Tratado Hay-Bunau Varilla, fecha declarada como de Dolor, de Meditación y de Lucha, fue un acto memorable de afirmación nacional. Las luchas reivindicatorias de 1947, el desgarramiento del 9 de enero de 1964, el simbolismo de la siembra de banderas, las jornadas democráticas de la Cruzada Civilista, la entrega del Canal el 31 de diciembre de 1999, todos estos hechos fueron actos de afirmación nacional que consolidaron el concepto Patria.

En cada ocasión en que repasemos los actos de grandeza del panameño dirigidos a enaltecer a la Patria, los ultrajes inferidos quedarán reducidos a su mínima dimensión y en nada desvalorizan lo que cada panameño, raizal o no, sienta por su Patria.

¿Qué nos dice la presencia de miles de jóvenes en su marea roja, cantando con ilusión en el Estadio el himno de su Patria? ¿Nos dice, acaso, que somos un cabaret con calles o maléficos corruptos de niñas?

Todo lo contrario, se pone de manifiesto esa ya vieja corriente interior, espiritual, que nos une en el presente y en los sueños, y nos identifica como hijos de una Patria común. Un nieto mío, de 19 años, allí presente, me dijo: ‘Abuelo, cuando cantábamos el Himno Nacional sentí una gran emoción. Eso fue lo máximo. Me sentí orgulloso de ser panameño'. Ese fenómeno inspirador, de emoción colectiva, se llama Patria.

El hermoso escrito de Sábato fue dedicado a todos los latinoamericanos hijos de la Patria grande, y nos compromete a vivir con honor el significado espléndido de las palabras Patria, Libertad y Justicia, y sólo recreándolas de generación en generación, las juventudes cantarán, con sentido orgullo, el himno de su Patria. De su Patria con mayúscula. ¡Así es!