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14 de Oct de 2019

Nacional

El Gran Chang, el mago que hechizó a una generación

Durante las primeras décadas del siglo XX su espectáculo de magia fascinó a audiencias en los cinco continentes. Quienes tuvieron la oportunidad de verlo, nunca lo han olvidado

Y a sea como ‘El gran Pablo', ‘El gran Chang', ‘Li-Ho Chang' o solamente Chang, su nombre aparece entre las listas de los magos más sobresalientes del siglo XX. Sus giras por los cinco continentes fueron tan exitosas que hay quien asegura que ganó con ellas más dinero que Houdini.

Hoy, su leyenda sigue viva en internet, donde el buscador Google arroja una larga lista de resultados indexados a su nombre: afiches que anunciaban su espectáculo en Nueva Zelanda, Australia, Brasil, México, Argentina, África, India, la península Malaya, Hong Kong, Shanghái; portadas de revistas especializadas de la época (‘Un completo review de su espectáculo', decía la revista Genie, the conjuror`s magazine , de octubre del 57); recuerdos de juguetes licenciados con su nombre ("Chang, el mago que contesta"). Su nombre de pila era Juan Pablo Jesorum. Era panameño.

ORÍGENES

Juan José Pablo Jesorum nació en la ciudad de Panamá en 1889. Su padre era un inmigrante chino que llegó a trabajar en la construcción del canal francés. Su madre era panameña. A temprana edad quedó huérfano y tuvo que trabajar para sobrevivir.

Siendo apenas un adolescente, ya había mostrado interés por los trucos de magia, pero nunca se imaginó que el destino lo convertiría en un profesional. Su vida cambió de un día para otro en 1907, cuando observó un cartel que colgaba en un muro de la ciudad anunciando el horario de espectáculos del Gran mago Raymond, célebre entertainer de la época, que había incluso recibido elogios de la familia real inglesa.

A pesar del alto costo del show ($12 por palco; $2 por asiento; y 80 centavos galería) y el bajo salario de Juan Pablo, no faltó un día a las presentaciones.

Para el último espectáculo, no tenía cómo pagar y pidió un amigo que le prestara su uniforme de bombero. (Como en ese tiempo los teatros se incendiaban frecuentemente, era obligada su presencia, por lo que pudo entrar así vestido de forma gratuita).

Cuando el Gran Raymond lo descubrió espiando tras bambalinas, le llamó la atención. Como el mago no hablaba español, lanzó los improperios en inglés, a lo que Juan Pablo le respondió en la misma lengua, que dominaba, antes de abandonar el salón avergonzado.

Cual no sería sorpresa cuando días más tarde, el propio Raymond en persona se presentó ante él. Después de haber hecho vanos intentos de localizarlo, por fin lo había encontrado por medio de un fotógrafo conocido de ambos. Quería proponerle que le acompañara en su gira por Sudamérica, en calidad de ayudante y traductor.

Así, a los 17 años se introdujo en este mundo del espectáculo y la magia, a la sombra de uno de los más celebres profesionales de la época.

La gira inicial lo llevó por Asia, Europa y África. El panameño tenía tanto talento que pronto se convirtió en el asistente en jefe y gerente de escena para todo el show.

Después de cuatro años de trabajar para Raymond, en 1913 Juan decidió lanzar su propio espectáculo. Inicialmente se hizo llamar el Gran Pablo y encarnó a un mago árabe. Pero eventualmente, pensó que debía aprovechar sus facciones orientales, por lo que se lanzó bajo el nombre de Li Ho Chang.

Los records de periódicos de las primeras décadas del siglo XX muestran el éxito que tuvo en Estados Unidos y algunas ciudades de Sudamérica. En esta época unos de sus trucos más populares consistía en introducir frente a la audiencia una serie de vestidos de mujer representativos de diversas naciones del mundo. Después pedía al público que eligiera un nombre y una nacionalidad. Tras acordarse uno, por ejemplo, Ingrid de Dinamarca, esa supuesta mujer salía del baúl.

También convertía un conejo en una caja de dulces. Ponía a una chica sobre una mesa y después la hacía flotar en el aire, para luego desaparecerla detrás de una sábana.

Para 1928 había amasado una verdadera fortuna con su trabajo, por lo que decidió retirarse. Se fue a Nueva York y se lanzó a una aventura comercial con la idea de llevar películas habladas a Sudamérica (los llamados talkies). Pero la infraestructura en esta región no estaba lista para ese proyecto y en seis meses perdió todo su dinero.

Para recuperar su fortuna perdida, decidió dedicarse de nuevo al mundo del espectáculo. Sus renovado show fue lanzado en 1929 en la ciudad de Nueva York y Jacksonville, Florida, pero pronto se dio cuenta de que era más popular en Sudamérica y allá se dirigió. Para 1936, había recuperado su fortuna, pero esta vez siguió actuando hasta su muerte.

Documentos encontrados muestran que alcanzó el cenit de su carrera entre los años 1935 y 1937, con una gira que empezó en el teatro Roxy de Estados Unidos. De allí prosiguió durante 52 semanas hacia varias ciudades de Estados Unidos y México, país donde hizo cuatro meses de actuación. El espectáculo siguió a Chile, donde se presentó en treinta ocasiones en el Teatro Victoria de Santiago.

Llegó a Argentina, en 1936 y entre ese año y el siguiente rompió records de presentación en el Teatro Avenida de Buenos Aires, con 610 shows consecutivos. El espectáculo se llamaba ‘Un viaje al infierno'. El afiche anunciaba que se trataba de un ‘grandioso espectáculo, fantástico y de misterio', por Chang, ‘mitad Demonio. Mitad Hombre'. Para ejecutarlo, llevaba consigo 40 toneladas de equipo y más de 30 personas, entre ellas un coro de bailarinas.

De acuerdo con recortes de periódicos argentinos encontrados en internet, el show consistía de dos actos y 38 números de magia realizados por Chang y ‘su compañía de fantasmas, espíritus, diablesas platinadas y la famosa orquesta sinfónica cubana de Don Galón'.

El show abría con una escena de baile que incorporaba efectos de luces negras para crear una especie de danza infernal, seguida de al menos dos horas de magia. Algunos eran trucos tradicionales como hacer aparecer palomas, anillos y trucos de cartas.

Los más extravagantes incluían nombres tenebrosos como ‘Las cavernas del infierno', ‘La coctelera de Chang', ‘La danza de los esqueletos', ‘Fusilamiento de una señorita', ‘Una lección en despistar' o ‘Sherezade y el Sultán'. Especialmente este último impresionaba. Se trataba de una secuencia de ballet y teatro en que un actor se suicidaba; el cuerpo se cremaba y Chang usaba sus poderes mágicos para devolverlo a la vida.

Durante las dos horas que duraba este show, Chang usaba más de 25 kimonos se seda, cada uno en representación de una clase y una profesión diferente según las tradiciones chinas ya fuera mandarines, sacerdotes, jueces, magos, médicos, astrólogos, o el héroe, el traidor, la mujer buena, el victimario del teatro.

De todos los públicos, Chang consideraba a los latinoamericanos como lo más impresionables. Le gustaba contar que una vez en un pueblo de Ecuador, como parte de su show, había supuestamente decapitado con una cuchilla a un voluntario de la audiencia y mostrado su supuesta cabeza sangrante al público. El truco siempre impresionaba, pero en esta ocasión los parientes del hombre presenciaban el show y en medio de los gritos del público, su esposa se desmayó y su hijo fue corriendo a llamar a un policía. Este llegó enseguida, pero Chang devolvió al hombre a su estado original y todos se tranquilizaron.

‘Había fantasmas, vientos fríos, sonidos y juego de luces extraordinarios para la época'.

ERNESTO ENDARA

En una ocasión llegó a Panamá para presentarse en el Teatro Tropical. El escritor Ernesto Endara, quien presenció el show, contó su experiencia en una columna del Panamá América: ‘Nunca había visto algo así en mi vida', escribió. ‘Las velas se encendían y se apagaban solas; flores saltaban de sus floreros y caían en los muslos de las señoras. Había fantasmas, vientos fríos, sonidos y juego de luces extraordinarios para la época. Por último, atravesaron volando por encima del público enormes pájaros dorados que relumbraban con las luces. En el centro de aquel tumulto suntuoso, el mago Chang parecía levitar envuelto en su espléndido vestuario oriental'.

A medida que envejecía, Chang fue reduciendo el tamaño de su espectáculo. Para la década del 60 se desempeñaba con un par de ayudantes en convenciones, eventos privados y teatros pequeños en Argentina, Japón, Caracas, Surinam, Trinidad y varias ciudades en Estados Unidos. En 1971 trabajaba en cruceros.

Era algo minúsculo comparado con lo que había sido, pero su show siguió gustando sobremanera. Lo que lo hacía tan especial, según los conocedores, era la personalidad de Chang y su capacidad de entretener al público, sobre todo haciéndose pasar por un auténtico oriental, que decía haber sido el astrólogo de la última emperatriz china, para lo cual fingía un cómico acento que en realidad no tenía, pues hablaba perfecto español.

Jesorum mantuvo grandes amistades en la escena mundial del espectáculo, especialmente entre los magos. Amaba participar en los encuentros de colegas y nunca se perdía la Assamblea 76 en Miami. Murió de cáncer el 27 de abril de 1972 en Mérida, Yucatán.

( Agradecimiento a Lupe Nielsen, de Nielsen Gallery, quien proporcionó una interesante investigación propia que sirvió de base para este artículo ).