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23 de Sep de 2019

Nacional

Del lejano poblado de Shung Shang a la conquista de Panamá: la historia de Fermín Chan

La vida del empresario ha sido recogida en el libro ‘Fermín Chan, un legado de unidad', del periodista y autor panameño Raúl Altamar Arias

Del lejano poblado de Shung Shang a la conquista de Panamá: la historia de Fermín Chan

Fueron muchas los hechos que movieron al país en el año 1929. Algunos se reportaron y se olvidaron. Otros no se reportaron y con el pasar del tiempo han sido vistos bajo una nueva luz. Uno de estos fue la anodina llegada de un inmigrante procedente del remoto poblado de Shung Shang, cerca de la costa del sur de China, en la provincia de Cantón.

Un día indeterminado del año 1929, el joven de 17 años desembarcaba tímidamente en Colón, vestido con sus mejores galas, una camisa blanca y corbata estampada, el cabello nítidamente cortado y peinado a la usanza de la época.

Después de un pesado viaje de tres meses, y una peregrinación previa a través de Macao y Hong Kong, el joven llegaba solo a un sitio desconocido, con la idea de instalarse permanentemente. Venía sin dinero. No conocía el idioma. No tenía mayores estudios que los primarios y dos o tres años de secundaria. Su patrimonio se limitaba a su pequeña maleta de bambú y su contenido. Su conexión con la desconocida tierra, un tío y su hermano Alfonso, a quienes poco había tratado.

Atrás quedaba su mundo conocido, su familia, su pueblo, sus amigos. Pero era lo que se esperaba de él y de otros hijos varones: un sacrificio, en la esperanza de que pudiera progresar en este lado del mundo, para enviar dinero a su familia, azotada por la pobreza endémica, los conflictos políticos y la represión del gobierno comunista.

El joven llamado Chan Fun Tin no conservaría ni su nombre. Al registrarse ante las autoridades migratorias panameñas, como era la costumbre, este fue castizado: De ese momento en adelante sería llamado Fermín Chan.

PRESENTACIÓN DEL LIBRO

Así cuenta el periodista y escritor Raúl Altamar Arias la llegada a Panamá del hombre destinado a convertirse en una leyenda en su país de adopción, pilar de la comunidad china, negociante que sobrepasaría las fuertes barreras étnicas de la época para convertirse en uno de los más respetados empresarios y miembros de la sociedad, acogido en la corta lista de ‘Protagonistas del Siglo XX Panameño'.

La historia fue registrada en el libro Fermín Chan, un legado de Unidad (Live Graphics Studio, 2017), reunida tras una larga investigación, en que el autor debió recurrir a lecturas de periódicos viejos y entrevistar a un buen número de familiares, amigos y colegas. Fue un proceso estimulante, como lo describe el periodista, en que fueron saliendo anécdotas desperdigadas, hechos desconocidos, impresiones que permitieron a Altamar Arias reunir esta semblanza, que fue discutida este pasado mes de abril en una plática realizada en el centro comunitario de Bella Vista, ante la presencia de las hijas del empresario, algunos nietos, sobrinos y amigos.

‘Iniciando el proceso de entrevistas, esperaba recoger impresiones positivas y alguna que otra negativa sobre él, lo que sería normal para cualquier ser humano. Para mi sorpresa, ninguna de las personas que entrevisté, amigos, socios, conocidos, empleados, tuvo más que elogios hacia su persona', recuerda el periodista y escritor.

El libro cuenta la evolución del hombre y el empresario, desde los primeros tiempos como colaborador del establecimiento propiedad de su tío Kat Yun, (Sing Kee) en el barrio chino en Salsipuedes.

Los talentos del callado joven, de trato agradable, fueron aprovechados como vendedor en el interior de la República. Eran tiempos en que ‘iba y venía por la carretera Panamericana, vendiendo mercancías, estableciendo relaciones que más tarde serían importantes para él', cuenta Altamar.

Fue precisamente en el poblado de Penonomé, donde encontró una relación que sería especial, con su cliente, el comerciante Fung Leck Cassiano.

Según narra el periodista en el libro, la esposa de Fung, Emma Chang de Fung, madre de 8 hijas en edad casadera, vio en él las cualidades de buen esposo para una de ellas y lo acogió cálidamente en la familia. Pronto se relacionaría con la tercera de ellas, una mujer inteligente, extrovertida y hermosa de nombre Luisa.

Se casaron en el año 1944 en la Iglesia del Cristo Rey, un matrimonio que aportaría al joven inmigrante estabilidad y que dado el carácter gregario de su esposa lo ayudaría a vencer su natural timidez y abrirle puertas en la sociedad.

Eran tiempos difíciles para los chinos en el país. En el año 1941, Panamá estrenaba una nueva Constitución que en su artículo 23 establecía la prohibición de los inmigrantes ‘de la raza amarilla y las razas originarias de la India, el Asia Menor y el norte de África'.

De alguna forma, eso no impidió a Chan proseguir sus actividades. Al casarse en 1944, ya era un industrial incipiente y promisorio. En el año 1942 había abierto junto con su hermano Alfonso una fábrica de confecciones textiles: la Fábrica La Victoria, instalado inicialmente en un depósito propiedad del comerciante Tony Domínguez en el barrio de Santa Ana.

En medio de las políticas estatales discriminatorias y las dificultades para la comunidad china, resulta agradable leer en el libro de Altamar sobre la estrecha relación que mantenían Fermín y Luisa con los comerciantes vecinos: el mismo Domínguez, propietario de la Villa de Caracas; Alberto Pereira, de Calzados Pereira; Ramón Anzola, de Forrajes, S. A.; y Víctor Hanono, del Almacén Marlboro. Con frecuencia, dice Altamar, todos ellos coincidían en La Victoria, de Los Chan, y Luisa mandaba a comprar puerco asado y pan, que todos compartían pasando momentos amenos'.

Para entonces, la fábrica tenía apenas 12 empleados y mucha competencia, pues era la época dorada de las industrias textiles en el país, en la que proliferaban nombres como Panabrisa, Tejidos y Confecciones, Durex, Dayán Hermanos, Industrias modernas, e Industrias Everfit.

La Victoria empezó dedicada a confeccionar camisas de manta sucia y unos pantalones hechos con telas de denim, una novedad en el país, que Chan y su primo vendían exitosamente en el interior de la República a los campesinos. Curiosamente, ligado a esos orígenes, el llamado diablo fuerte o blue jean es todavía conocido en algunas partes lejanas del país como ‘pantalón chino'.

Pero poco tardarían los nuevos empresarios en encontrar su verdadero nicho: los uniformes escolares para escuelas privadas, un segmento del mercado que requería de trato especializado. Los alumnos de María Inmaculada, Las Esclavas, La Salle, el Colegio Javier, y muchos otros, se convirtieron en sus clientes, lo que sellaría el destino de la fábrica, ligada por siempre a la vida de los jóvenes escolares del país, que, recoge Altamar, ‘todos los años finalizan el periodo de vacaciones con el ritual de acudir a la fábrica a comprar sus uniformes, donde son atendidos por empleados y miembros de la familia'.

A mediados de la Década del 50, la empresa iba viento en popa, pero Chan y su hermano Alfonso se separaron en 1957. En el año 1963, la fábrica se haría con 159 empleados, demasiado grande para el local de La Central y se trasladaría a su actual ubicación en la Avenida México.

Con esta movida, el nombre del empresario llegaría a ser muy conocido, lo que se recoge en una de las anécdotas presentadas por Altamar en el libro: en una ocasión, se le preguntó a unos estudiantes quién había confeccionado la primera bandera del país, a lo que una de las jóvenes del grupo, con entusiasmo y seguridad, alzó la mano y exclamó, creyendo conocer la respuesta: ‘Fermín Chan'.

OTRAS INCURSIONES

Con la fábrica de ropa La Victoria, también vino la seguridad económica y la disponibilidad de efectivo para invertir en otros negocios, la oportunidad que siempre buscó Chan para incidir en el bien de la comunidad.

Cuando él y otros inversionistas se dieron cuenta de que faltaban lugares de esparcimiento para la juventud, crearon una sociedad que instaló la primera cancha de bolos, Bolerama, donde toda una generación de panameños pasaría momentos de sano relajamiento. Cuando se dieron cuenta de que faltaban centros sociales para la comunidad china, se unió para fundar el restaurante la Gran China, en la Avenida Balboa, cerca de la Avenida México, que funcionó durante años como un centro social donde se reunían las familias y se celebraban quinceaños, matrimonios y otras actividades.

En los setenta y ochenta, Chan incursionó también en la Zona Libre y con la exportación a Estados Unidos. Pero las dificultades económicas que surgieron con la crisis del fin del gobierno militar y las sanciones impuestas por Estados Unidos, lo obligaron a cerrar.

Lo que siempre quedó fue el nombre de Fermín Chan intacto, ligado al más alto sentido de pulcritud y ético, respetado en todos los sectores de la sociedad panameña. Por eso fue llamado a formar parte de varias juntas directivas de importantes entidades como la Cruz Roja, el Patronato de la Ciudad del Niño, la Asociación Nacional de Scouts de Panamá, la Asociación Cristiana de Jóvenes, el Ejército de Salvación y la Cruz Blanca.

En la junta directiva del Banco Nacional se sentó durante 17 años, junto a otros empresarios locales como Carlos Eleta Almarán, Stanley Fidanque, Costaros Vamvas, Rafael Alemán, Tobías Garrido, Guillermo Company, Arturo Vial y George Novey. Como dice Altamar, allí su palabra siempre fue bien recibida. ‘Hablaba poco', dice el escritor, ‘pero cuando lo hacía, era escuchado atentamente por el peso de sus sugerencias'.

Todo esto lo logró, dice su hijo, Fermín Tomás Chan, con una educación autodidacta y su capacidad para desenvolverse bien con cualquier tipo de personas, a pesar de que no hablaba mucho. ‘Tenía una inteligencia multidimensional. Le gustaba la arquitectura, el diseño. Sabía de matemáticas', dice su hijo, citado en el libro.

‘Yo estudié secundaria, estudié Economía en una universidad prestigiosa de Estados Unidos (Notre Dame); estudié una maestría, y con todo eso, me di cuenta de lo que se necesita para ser un director de un banco central de mi país. Y mi papá, con una educación rural llegó a ser presidente de la junta directiva del banco', reconoce su hijo con admiración.

Uno de los aportes del que Fermín Chan se sintió tal vez más orgulloso fue su apoyo a la comunidad china panameña. Durante años fue presidente de la Sociedad China de Panamá, e impulsó asociaciones de profesionales chinos y un sin número de actividades para apoyar a sus paisanos. De estas obras, destaca la creación del Centro Cultural Chino Panameño, con el respaldo del gobierno de la República China (Taiwán). En este centro estudian los hijos de inmigrantes chinos, manteniéndose en contacto con su propia cultura y la cultura panameña por igual. Alrededor del 40% de sus estudiantes no son chinos pero están en contacto con los usos y costumbres de China y de su lengua.

Fermín Chan fue condecorado en varias ocasiones por el gobierno panameño. En 1975 recibió la Orden de Vasco Núñez de Balboa en el grado de Gran Cruz y del gobierno de la República China (Taiwán) le otorgó la Estrella Brillante y la Condecoración Wa Kwongen en dos ocasiones. De manos de los presidentes de la República China, Chiang Ching-kuo y Lee Teng-hui, recibió las medallas de honor Kuomintang.

En el año 1997 el Ministerio de Educación de Panamá lo honró como Ciudadano Ejemplar en su Campaña “Panamá sí tiene valores”.