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19 de Sep de 2019

Nacional

Porras figura del centenario

Sería ingrato, ilícito y contrario a la historia ignorar el legado insuperable de la luciérnaga más brillante que ha tenido la República

Porras figura del centenario

El inexorable movimiento del tiempo nos va llevando a la fecha del primer Centenario de la República. Venturosamente algunos diarios vienen promocionando el acontecimiento con escritos sobre la vida y obra de algunos panameños notables. Varias opiniones se valorizan por el acierto histórico de su contenido y otras erigen a la categoría de figuras emblemáticas a personajes de gran significado, pero opacando otras de rango superior. En cuestión de preferencias nadie pude tener el monopolio de los justos y es sabio respetar las predilecciones de los publicistas. Sin embargo, lo que debe prevalecer es el análisis objetivo de los aportes que los notables del Istmo hicieron en bien de la nacionalidad. Suman decenas las figuras que se destacaron por su presencia civil y luminosa en numerosos episodios de la historia. No resulta difícil distinguir a muchos en sus respectivos escenarios de lucha. ¡Son tantos! Seria largo mencionarlo y de hacerlo podría correr el riesgo de omitir involuntariamente algunos nombres meritorios.

Se impone, por lo que viene expuesto, una tarea seleccionadora de la figura símbolo del centenario y si acaso entre los vivos no existe el consenso patriótico y justiciero, habría que incursionar en el panteón de la historia y celebrar un plebiscito entre los inmortales de la panameñidad. Uno a uno irán pronunciando su palabra solemne y justa como lo hicieron en vida, y emergerá de ese cónclave la efigie de un varón que fue en la guerra espada en defensa de sus ideales y en la paz fue creador de instituciones y piedra angular del nuevo Estado panameño. Ese hombre representativo de una Era es, sin duda, el Doctor Belisario Porras.

Es Porras el conductor símbolo de la dura travesía republicana. Sabía que la República había nacido con duras cadenas opresoras, pero tenía fe en el futuro de la patria y por esa fe se dedicó a crear las instituciones que fortalecerían el presente y se identificarían con ese futuro promisorio. Es que no hubo estadista que no entendiera el difícil nacimiento patrio y que, por lo mismo, no confiara la suerte del Istmo a la fundación o perfeccionamiento de organizaciones democráticas y educativas para que en ellas se nutrieran de convicciones soberanas y cívicas las nuevas generaciones.

Porras, por su mesianismo y por su historial tan lleno de leyendas como de episodios reales, fue un caudillo extraordinario de la democracia. No tuvo por pedestal ni los asaltos cuartelarios ni los quebrantamientos del orden constitucional. Supo enfrentar democráticamente a sus adversarios y por eso su caudillaje se fortalecía y recreaba en las urnas.

Porras luchó y venció entre grandes. Fueron grandes sus adversarios y grandes sus seguidores. Como gobernante vivió horas fatales o amargas, 'como un sorbo de mares', pero supo dignificar el cargo ante las impertinencias del imperio (caso W. Price).

Si los códigos napoleónicos marcaron un hito en la historia de la juridicidad, los códigos de Porras dieron personalidad jurídica propia a la nueva República. Si antes los caminos que unían el territorio nacional surcaban las olas del mar, Porras dio rutas terrestres al territorio patrio. Porras fue un integrador, fue un reformador, fue un previsor, y en la vida de la institucionalidad en materia de personas fue un revolucionario. El Registro Civil correspondiente al nacimiento, matrimonio y defunción de las personas, por siglos en poder exclusivo de la Iglesia, pasó a ser una función del Estado. Fundó el Registro Público y centralizó el control de los títulos de propiedad, control que con el desarrollo de la sociedad se extendió a otros documentos esenciales del comercio y de la economía.

Porras tiene el mérito de haberse opuesto al Tratado de 1903 e hizo estudios en los que exponía los fundamentos de sus críticas. En 1916, como presidente de la República, ya construido el Canal, abogó ante la Asamblea Nacional por un nuevo tratado que estableciera nuevas relaciones. El doctor Eusebio A. Morales confeccionó un borrador de tratado que Porras puso en conocimiento de su Gabinete. El 2 de abril de 1921, el doctor Ricardo J. Alfaro, en misión especial encomendada por el presidente Porras, planteó al Gobierno de Estados Unidos la necesidad de un nuevo pacto que sustituyera el de 1903 y calificó que las interpretaciones que el Gobierno de Estados Unidos daba a las cláusulas del tratado vigente eran ‘opresivas'. Porras inició el histórico proceso revisionista, limitado, pero inédito, que tomó un giro abrogacionista el 9 de enero de 1964. Sus ilusiones no prosperaron, porque entonces vivía el colonialismo su ominoso esplendor universal.

Además, Porras es expresión clasista o natural de aquellas mayorías que nacieron en cunas campesinas y que llegaron a ser grandes a costa de todos los sacrificios. Pero su mayor grandeza es haber llegado al Olimpo del Poder y bajar de él empobrecido pero cubierto con la toga del honor.

Ignorar la autoría histórica de Porras y el brillo de su obra podría interpretarse como un olvido fruto de la ignorancia o de la envidia. El trance me hace recordar la fábula ‘El sapo y la luciérnaga' que recoge José Ingenieros en El hombre mediocre: ‘Un ventrudo sapo graznaba en su pantano cuando vio resplandecer en lo más alto de las toscas a una luciérnaga. Pensó el sapo que ningún ser tenía derecho de lucir cualidades que él mismo no poseería jamás. Mortificado por su propia impotencia, saltó hasta ella y la cubrió con su vientre helado. La inocente luciérnaga osó preguntarle: ¿por qué me tapas? Y el sapo congestionado por la envidia, solo acertó a interrogar a su vez: ¿por qué brillas?'.

Es el doctor Belisario Porras, sin duda, la figura emblemática del centenario. Su genio fue arcilla modeladora del espíritu del Estado. Sería ingrato, ilícito y contrario a la historia ignorar el legado insuperable de la luciérnaga más brillante que ha tenido la República.

‘Es el doctor Belisario Porras, sin duda, la figura emblemática del centenario. Su genio fue arcilla modeladora del espíritu del Estado.

FICHA

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia.

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé.

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, Ciudad de Panamá.

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 inició su vida política como un líder estudiantil que rechazó el Acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden de Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.