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06 de Dec de 2019

Nacional

Omar Torrijos, herido por los rebeldes en la Serranía de Tute

El futuro Jefe Máximo de la Revolución Panameña y su compañero de armas Rubén Darío Paredes dirigieron las operaciones para sofocar el alzamiento en las montañas veragüenses en 1959

Omar Torrijos, herido por los rebeldes en la Serranía de Tute

En la madrugada del sábado 4 de abril de 1959, un poblado montañoso de Veraguas casi desconocido se convirtió en el epicentro noticioso del país cuando un grupo de jóvenes casi adolescentes se internaba en la Serranía de Tute anunciando una revolución armada para derrocar al gobierno del presidente Ernesto de la Guardia.

El lunes 6, decenas de periodistas recorrían el pueblo de Santa Fe en busca de noticias. Algunos hacían fila para utilizar la única línea telefónica del poblado y leer sus escritos a un colega en Panamá; otros deambulaban alrededor del improvisado centro de operaciones de la Guardia Nacional en las faldas de la cadena montañosa, donde unos 50 oficiales daban soporte al pelotón que, al mando del capitán Omar Torrijos Herrera, había partido el domingo en busca de los rebeldes.

Del otro lado de la sierra, en la costa Atlántica, otro grupo, al mando del teniente Rubén Darío Paredes, cuidaba de que no escaparan por el Calovébora. Mientras tanto, las carreteras hacia Veraguas eran estrictamente vigiladas.

Torrijos y sus hombres habían subido el día domingo unas diez horas por las empinadas laderas de Cerro Banquillo y Cerro Peñón, portando pesadas armas y provisiones. Ocasionales ráfagas de vientos de hasta 50 y 60 millas por hora los obligaban a agarrarse para no caer.

En la noche no terminaban las incomodidades. El frío era despiadado. Los guardias se preguntaban cómo los alzados, sin experiencia y sin entrenamiento, podían lidiar con esos inconvenientes.

Los alzados

El arquitecto Samuel Gutiérrez y sus 20 hombres, algunos jóvenes adultos, otros menores de 20 años, miembros del MAR (Movimiento de Acción Revolucionaria) llevaban un día de ventaja. Por el momento, se habían acomodado en un improvisado campamento a media hora de distancia.

El MAR había sido formado en febrero de ese año por activistas de diversas procedencias, sin homogeneidad política o ideológica. Algunos se declaraban nacionalistas y demócratas. Otros tendían hacia el socialismo. Ninguno tenía fe en el estado de cosas. Despreciaban al gobierno de la Coalición Patriótica Nacional y de la Guardia Nacional y no creían que estos se sintieran motivados a corregir el rumbo del país por la presión de las críticas o las protestas.

Durante meses, el arquitecto Gutiérrez, Polidoro Pinzón, Alvaro Menéndez Franco, Jaime Padilla Béliz y otros de los líderes del movimiento habían soñado con fundar una ‘II República'. Para ello necesitaban destruir las estructuras existentes. El Movimiento 18 de febrero, iniciado por Fidel Castro y el Che Guevara en la Sierra Maestra cubana, era el ejemplo a seguir.

En un inicio consideraron robar un banco e irse a Costa Rica a comprar armas, pero, al conocer que el abogado Tito Arias organizaba una invasión con parecido propósito, prefirieron adelantar sus planes para crear sinergias y negociar su participación en el futuro gobierno.

Confiaban en que, al igual que había sucedido en Cuba, una vez iniciada la lucha armada la población se uniría a la causa.

Lunes 6 de abril

Tras dormir a la intemperie la noche del domingo 5 de abril, en Cerro Banquillo, los hombres del capitán Torrijos se levantaron al amanecer.

Como muchos de los jóvenes alzados, Torrijos era oriundo de Veraguas y había pasado por las aulas de la Escuela Normal de Santiago. ‘De no haber tenido el uniforme, yo hubiera compartido sus trincheras', diría años después, ya elevado al rango de ‘Jefe Máximo de la Revolución de la Panameña' por la Constitución de 1972, hecha a su medida.

Cualesquiera fueran sus sentimientos personales, en 1959 no tenían importancia. Era militar, entrenado en la Academia Militar Gerardo Barrios de El Salvador. Seguía instrucciones. El comandante Bolívar Vallarino había ordenado acabar con la insurgencia. Era lo que se disponía a hacer.

Como a las diez de la mañana, en Bajos de la Laguna, el capitán llevaba la delantera. En una hondonada, cuando menos lo sospechaba, le salieron al frente dos de los revolucionarios armados.

—Ríndanse —les gritó Torrijos inmediatamente verlos, con la autoridad que le daban sus años y rango.

—¡Aquí no se rinde nadie, carajo! —fue la respuesta de uno de ellos, que alzó su arma, alistándose para echar mano al gatillo.

Torrijos intentó disparar, pero según la versión de uno de los periódicos del día, su arma se encasquilló y optó por arrojarla a los atacantes antes de correr a refugiarse detrás de una roca cercana, protegiéndose con las manos mientras los jóvenes le disparaban, uno con una escopeta y el otro con un rifle M1.

Transcurrió apenas una fracción de segundo, cuando los guardias alcanzaban la ladera y disparaban en su defensa. En la confusión del momento, el cabo Jorge Andrade se cayó por un precipicio.

—‘¿Está bien, capitán?' —gritó uno de los guardias a Torrijos, tras cerciorarse de que sus atacantes estaban inmovilizados.

Tenía varias heridas en el antebrazo, una en la mano derecha, otras dos en el muslo izquierdo y la espalda. El cabo Andrade tenía el omóplato dislocado.

Fueron los jóvenes quienes se llevaron lo peor. Sus cadáveres fueron dejados en el mismo lugar donde cayeron. No serían levantados sino hasta el jueves, cuando el fiscal del Circuito de Veraguas, Carlos Tovar, los encontró en estado de descomposición.

Uno era Eduardo S. Blanco, de 19 años, estudiante de segundo año de la Facultad de Filosofía y uno de los principales dirigentes de la Federación de Estudiantes de Panamá. Como contaría su madre en los días siguientes, había salido el viernes 3 de la casa, muy temprano, vistiendo las mismas ropas con que ahora yacía en el suelo: pantalón de diablo fuerte y camiseta con las figuras de un barco y un ancla. No dijo para dónde iba.

El otro era Rodrigo Pinzón, de 30 años. Era contador de la Carretera Panamericana. Tenía una banda en el brazo con la insignia MAR. Era un rebelde como sus hermanos Polidoro y Mario, con un largo historial en protestas estudiantiles.

El capitán Torrijos fue atendido en Santa Fe por el doctor Jorge Reyes Medina, quien de inmediato ordenó que se le trasladara a la capital, lo que hizo al día siguiente, como consta en una fotografía publicada en la primera plana de La Estrella de Panamá , fechada el miércoles 8 de abril, que lo mostraba caminando, poco después de llegar al Aeropuerto de Paitilla, con el brazo derecho vendado.

En su reemplazo, fue enviado a Santa Fe el teniente Bolívar Martínez.

Jueves 9 de abril

Tal y como lo sospechaban los guardias, después de casi una semana en la serranía, los novatos guerrilleros estaban pasando trabajo. La primera noche, en especial, había sido aterradora. Bajo las estrellas, y en la soledad de la montaña, los ruidos de las alimañas nocturnas y los vientos asustaban sobremanera.

La muerte de dos de sus compañeros el día lunes los había desmoralizado y varios del grupo decidieron abandonar la lucha, al darse cuenta de que no estaban preparados para ella.

Las largas marchas por la montaña, el frío, el hambre, la falta de apoyo, hacían estragos. Las galletas que portaban, de nutrientes concentrados, que les habían saciado el hambre y brindado una relativa sensación de bienestar los primeros días, pronto se agotaron. Bebían agua de los riachuelos, quebradas y ríos que se encontraban en la ruta; tomaban naranjas de los árboles. Esporádicamente veían a uno que otro campesino y se acercaban a pedirles alimentos.

Pero no era mucho lo que podían ofrecer. Las familias que residían en las pocas chozas aisladas padecían de pobreza extrema. Uno de los alzados narraría haber visto en uno de los bohíos con piso se tierra, reposando sobre un cuero de res, a una niña de 8 a 10 años, desnutrida y pálida, que tosía incesantemente. Muchos estaban afectados por la leishmaniasis, las tenias y otros parásitos.

Santa Fe era uno de los sitios más pobres de la provincia de Veraguas, la más desigual de Panamá, uno de los países más desiguales de la región latinoamericana, la más desigual del mundo.

El ingreso per cápita del país era de $300, pero en esas áreas, los campesinos vivían de lo que producían con métodos de agricultura primitiva. Entre los años 1945 y 1959, el PIB de Panamá había crecido un 3.4% anual, pero la población aumentaba a tal ritmo que, ajustado, el crecimiento per cápita había sido de .6% En la ciudad había 18 mil personas desempleadas.

El 22% de la población de 10 años y más del país era analfabeta. En Veraguas, superaba el 50%.

El problema básico se derivaba de las estructuras económicas semifeudales que todavía persistían: un grupo de privilegiados controlaba los bienes del país.

Por una parte estaban las compañías norteamericanas que ejercían un poder sobre la economía usurpando los recursos naturales y pagándolos a precios de baratillo —un ejemplo era el canal—. Por otro lado estaba la élite blanca que acaparaba la tierra y los medios de producción.

Panamá tenía la segunda peor distribución de la tierra de América Latina. El primer lugar lo ocupaba Paraguay.

Mientras que en Costa Rica, por ejemplo, el 81% de los agricultores eran dueños de sus tierras, en Panamá solo el 14% de los jefes de cultivo panameños eran propietarios de las suyas. Un 9% arrendaba la tierra que trabajaba, retribuyendo a su propietario con los cultivos. El 67.3% restante cultivaba tierras que eran principalmente del Estado o de terceros, laborando con métodos primitivos.

La situación se agravaba por el hecho de que el 60% de la población (600,000 personas) vivían del agro; 200,000 de ellas en condiciones de pobreza extrema o pobreza.

(Información tomada de Los héroes y mártires del Cerro Tute , de Herbert George Nelson Austin, y de los diarios La Estrella de Panamá , Panamá América , El País , La Hora y El Día , correspondientes al mes de abril de 1959. El relato continúa la próxima semana ).