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07 de Aug de 2020

Nacional

La dramática historia de Héctor, un chico migrante

El joven quiso cortarse la venas tras el acoso escolar de sus compañeros por ser extranjero. 'Mamá, no quiero seguir aquí...', escribía Héctor en una hoja que arrancó de su cuaderno de Historia, antes de intentar suicidarse, hace ya tres meses

En el patio central de un colegio en  Bella Vista,  como cada lunes, hay una horda de jóvenes  en fila para  hacerle honor a la bandera patria. 

La dramática historia de Héctor, un chico migrante
La dramática historia de Héctor, un chico migrante

El sol es una flecha afilada sobre sus cabezas. 

Al finalizar el himno y antes de irse a sus aulas, un grupo de chicos, cinco para ser exactos, se agrupan  en círculo como hienas feroces que rodean a su presa, vociferan a un  niño que está  atrapado en el centro: “¡Chamo, me sapeaste! ¡Vete a tu país! ¿Te crees mucho porque eres venezolano? ¡Lleva pa' que aprendas quién manda aquí! ¡Hambriento, muerto de hambre!”. Héctor está en la mitad.

Héctor es el alumno nuevo de trece años de edad. Sus ojos color miel tratan de conseguir un espacio entre sus compañeros para poder escapar.  Tapa sus oídos,  aturdido, intentando evadir con la sordera los insultos.  Va enfundado de su uniforme: pantalones azul marino y un suéter celeste que acentúa sus costillas. Quiere acelerar. No puede: tres bofetones en la mejilla. Un empujón lo tumba al suelo y una patada en el estómago lo deja sin habla. Hay niños y una inspector a a cinco metros. Callan. Héctor se cuestiona: “¿por qué estoy aquí?”. Suda de la rabia. Sus mejillas chillan de furia, no de dolor. “Tenía más rabia que otra cosa, no sentí los golpes”, relata. No es la primera vez, ya son cuatro con esta. “No aguanto ir al colegio”, le decía a su madre Jenny, hace una semana, agitando sus brazos con cicatrices queloides en sus muñecas.

A Panamá han entrado miles de venezolanos: más de 120 mil en lo que va de 2019, de los cuales 15 mil se han quedado aquí. El año pasado entraron 145,736, pero salieron 147,172, lo que supone que 1,436 abandonaron el Istmo. Antes de eso ingresaban más del doble: en 2017 fueron 268,682, por lo que el gobierno panameño puso el control de requisito de visa de turista por treinta días para cualquiera que quisiera llegar desde Venezuela. Ellos son parte de los 3.4 millones de venezolanos que han abandonado su país desde que asumió al poder Nicolás Maduro.

Héctor no quería, pero llegó en 2018, cuando su madre pudo comprar los boletos de avión y logró mudarse con él y su hermano. Al mes de aterrizar, comenzó la escuela. 

Héctor viene del país que se convirtió en una pista de despegues. Pero, el joven que sueña ser como Cristiano Ronaldo y se baña con gel sus delgados cabellos negros hasta dejarlos tiesos siempre se rehusó a abandonar su país. “¡Mamá, vete tú, yo no quiero dejar Maracaibo!”, le exclamaba a Jenny cuando le asomó la intención de irse a Panamá.

Jenny huyó de Venezuela asfixiada por la inseguridad, la escasez, la dictadura. Dos años antes de migrar, quince tiros le arrebataron a su exesposo (el padre de Héctor) para robarle una camioneta en una callejuela oscura de Maracaibo. “ Venezuela es como la fiesta de la muerte”, evoca limpiándose las manos sudorosas en su jean.

Jenny es maestra en educación integral, pero ha cambiado de oficio: ahora es manicurista.

Cuando decidió emigrar, llegó sola. “Debía ahorrar para comprarle el boleto a mis hijos. En Venezuela el sueldo mínimo es $4. “Allá se sobrevive”, dice.

Inconforme con la decisión de su madre, el joven con espíritu pujante y rebelde le reprochaba todos los días. Jenny, con la paciencia de madre, le prometía tardes de fútbol y un buen colegio con amigos. Lo inscribió en una escuela por referencia de una clienta. Tenía el afán de que su hijo superara el duelo de ser migrante. “Nada mejor que hacer amiguitos a su edad”, cuenta la mujer.

En el colegio AS (nombre ficticio), un viejo convento transformado en una sencilla escuela, bulle la energía. El patio, que aún hereda el vestigio de su pasado con una escultura del sagrado corazón de Jesús, acoge a 800 estudiantes, desde donde salen disparados a sus salones para recibir las clases que el horario marca. Salones que reciben alumnos con secciones de la “A” a la “F”. Si pasas un día caminando despacio por sus pasillos, puedes escuchar historias de fantasmas que los alumnos han inventado. El AS también es una escuela de malos estudiantes, al menos esa es la fama que tiene en la ciudad. Dicen que al estudiante expulsado o aplazado en sus materias de otros colegios, allí lo reciben. “Qué feo es lo que dicen”, sonríe Albín, el portero.

Primer día de clases

En el primer día de clases de Héctor había emoción. Se levantó a las 4:30 de la mañana. Trató de no hacer ruido. No despertó a su mamá ni a su hermanito, con quienes comparte habitación tras mudarse al país. Miró a su clóset y escogió su mejores tennis, de los cuatro que pudo traerse. No desayunó, “para qué, en la escuela debe haber una buena empanada”, pensó. Debía salir pronto, no conocía la ciudad y desconocía el tiempo que tardaría desde Fernández de Córdoba a Bella Vista. Salió de su casa. Se ajustó el audífono a su oreja. Escuchó Daddy Yankee mientras revisó la dirección de la escuela en su celular en Waze. Ese día se sintió enérgico y creativo. Se le atravesó un pensamiento: “Haré amigos para jugar fútbol y Xbox. Ya no estaré solo”. Le gustó la idea y caminó hacia la estación, debía llegar a la parada Santo Tomás. Ya había visto la fachada de la escuela, en una foto en Internet. Nada tendría que salir mal. Llegó al lugar. Hubo un saludo entusiasta. Sus nuevos compañeros actuaban cordiales. Hasta que Héctor lanzó una frase: “Epa chamo, me pasas el lápiz”. Desde ese momento ya Héctor no era el nuevo, era el venezolano.

“Muchas veces siento que no quiero estar aquí. Comencé a comprender cuál es el verdadero concepto de la palabra xenofobia. ¡No me gusta ser migrante!”

Desde la estampida de migrantes de la tierra petrolera, algunos panameños se han sentido amenazados, se han quejado. Piensan que les arrebatan las plazas de trabajo y que menosprecian su patria.

“Nos están robando el país. Los excluidos somos nosotros”, decía Zulay Rodríguez, exvicepresidenta de la Asamblea Nacional cuando planteaba al pleno su polémico proyecto migratorio.

Esta postura ha salpicado también en las escuelas, lo que presenta el riesgo de que lo alumnos inmigrantes sufran de bullying. Héctor es uno de ellos.

El Ministerio de Educación (Meduca) registró este año, un total de 25,502 estudiantes extranjeros en centros educativos de todo el territorio nacional. De ellos, según una fundación (que pidió que no se revelara su nombre, dedicada a la defensa de los migrantes y refugiados), unos 6 mil padres han denunciado a la organización acoso escolar a sus hijos. Una desgracia que no solo es provocada por los estudiantes, sino por quienes deberían protegerlos: los profesores.

“Una vez tuve una pelea con un compañero. Me cantaban 'La chama'. Un día me agarraron subiendo las escaleras. Un grupo grandote me gritaba: '¡venezolano, vete!'. Me dio en la cara, y no hice nada, no tenía nadie que me defendiera. Los inspectores también se metían conmigo. Y cada vez que yo metía un gol en un partido de fútbol me decían: ustedes los venezolanos ¿qué se creen?, ¿que se puede adueñar de la escuela?”. Héctor cuenta su historia. Se desliza los dedos en su pelo negro azabache, apoyando la frente en la palma de la mano. Está inquieto. Súbitamente, por primera vez se le quiebra la voz, y tartamudea. Le pide a Jenny, su madre, que siga hablando. “Mamá, no quiero seguir aquí. Tú me has cuidado mucho. Cuida a Moisés”, escribía Héctor en una hoja que arrancó de su cuaderno de Historia, antes de intentar cortarse las venas con una Gillette oxidada, hace ya tres meses. “Fue un estudiante estrella y llevaba siete meses sintiéndose marginado”, dice Jenny.

Ahora, meses después de abandonar el AS, ese que nunca fue suyo, sigue siendo el niño extrovertido que salió de Venezuela, pero tiene lunares corrosivos. Hurgando en su historia se descubre que a Héctor ya no se le llenan los ojos de lágrimas como antes. Su cuerpo de cerilla parece robustecido. Se ha enamorado de una panameña en su nueva escuela. Juega fútbol los martes y jueves. Y acompaña a su mamá al mercado de mariscos los domingos: le encanta el patacón con camarones y salsa rosada. “Tenía mucho tiempo que no comía eso”, dice.

Héctor se ha repuesto y una frase se le queda estacionada en la boca. “Estoy curado. Ya no me importan. Se creen que me han hecho daño, pero son ellos los que perdieron un amigo”, habla con voz pausada. Sonríe y sigue comiendo, sujetando un whopper sandwich con sus manos heridas y las memorias de sus viejas fiestas de su soleado Maracaibo.

Se pregunta uno de dónde le sale tanta energía. Parece olvidársele que es un niño con cicatrices queloides en sus muñecas.